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He estado orando por nuestros “nuevos católicos”. No solamente por los de Los Ángeles, sino también por los de todo el país, ya que las diócesis reportaron cifras récord en cuanto a los hombres y mujeres que se unieron a la Iglesia en esta Pascua.

En la Iglesia tenemos ahora la tarea de acompañar a nuestros nuevos hermanos y hermanas en el camino que recorren con Jesús, hemos de ayudarlos a vivir su fe con alegría y con confianza, ayudándolos también a profundizar en su amistad con Él.

Para reflexionar sobre este desafío, he estado leyendo la historia de los discípulos que iban de camino a Emaús, una historia que tiene lugar al final de la tarde de aquel primer Domingo de Pascua.

Durante la Pascua, escuchamos esta historia en nuestra liturgia porque nos recuerda la primera Eucaristía, celebrada por Jesús resucitado mismo.

La historia sigue el ritmo y la estructura de la Misa, y nos enseña que nuestra vida de discípulos está llamada a ser “eucarística”.

Como cristianos bautizados, vivimos ahora de la Misa y para la Misa.

Ahora vivimos a partir de ese encuentro con Jesús, que nos abre los ojos para que percibamos su presencia viva en el mundo, de Él, que nos alimenta y fortalece para el recorrido que hemos de hacer. Vivimos ahora para la misión que Jesús le confía a cada discípulo: ser testigos de su resurrección.

Y todo esto lo vemos en la historia de Emaús.

Los discípulos estaban alejándose de Jerusalén. Iban tristes, pues sus esperanzas en Jesús se habían desvanecido con su crucifixión. En medio de la desesperanza de ellos, Jesús se acerca para caminar en su compañía, pero ellos no lo reconocieron.

En cada Eucaristía, nosotros también tenemos un encuentro vivo con Jesús. En cada Misa, nos encontramos ante su presencia, desde las primeras palabras que escuchamos ahí: “¡Que el Señor esté con ustedes!”.

Y así como aquellos discípulos que iban en camino a Emaús, nosotros también llevamos a este encuentro todas nuestras heridas y decepciones, nuestras alegrías y nuestras esperanzas. Y traemos a la memoria nuestros pecados y nuestras faltas.

En la historia de Emaús, los discípulos hacen una especie de confesión a ese “desconocido” con el que se encuentran. Le dicen que, aunque algunas mujeres habían descubierto la tumba vacía, no creían que Jesús estuviera vivo, pues “a éÉl no lo vieron”.

Jesús les ayudará a darse cuenta de las cosas y los invitará a comprender sus vidas a la luz de la suya, a la luz del amor que Él manifestó al morir en la cruz y al resucitar.

Éste es el propósito de la Liturgia de la Palabra dentro de la Misa: el de ayudarnos a ver el mundo y nuestras vidas a la luz del plan de Dios. Leemos tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento porque Jesús nos habla en cada una de las páginas de las Escrituras.

En Emaús, “comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a Él”. Jesús hace lo mismo para nosotros en cada Misa.

Cuando los discípulos escucharon su Palabra, sintieron cómo su corazón “ardía”. Y entonces hicieron una especie de profesión de fe, diciéndole a Jesús: “¡Quédate con nosotros!”.

Éste es también uno de los significados de nuestra profesión de fe en la Misa.

Como aquellos discípulos, nosotros también declaramos que creemos en la Palabra que hemos escuchado y que queremos seguirla.

Y Jesús permaneció con ellos, tal y como lo hizo con aquellos discípulos durante aquella primera noche de Pascua.

Él nos conduce al altar, así como condujo a esos discípulos a su mesa, en la cual “tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio”.

Nosotros recordamos estas palabras y acciones de la Última Cena cuando el sacerdote repite estas palabras y acciones en cada Misa. Y también en cada Misa, Jesús viene de nuevo para abrir nuestros ojos y alimentarnos con su cuerpo y con su sangre.

Cuando Jesús “tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio”, se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero Él se les desapareció.

Pero Jesús no se ha ido. Aunque nosotros no lo veamos, Él nos acompaña y está vivo en nuestros corazones, más cerca que el aire que respiramos. Hasta el final de los tiempos Él estará siempre con nosotros y nunca nos abandonará.

Después de su encuentro, los dos discípulos salieron llenos de alegría para hablarles a los demás de cómo sus corazones ardían al escuchar la Palabra de Él, y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Al final de la Misa, el sacerdote también nos envía a nosotros a proclamar el Evangelio con nuestras vidas.

Como aquellos primeros discípulos, Jesús nos envía a ser testigos de su resurrección, a servir a los que nos rodean y a guiar a otros a su propio encuentro con Jesús, a hacerles notar su poder salvador y su amor.

Oren por mí y yo oraré por ustedes.

Y sigamos orando por nuestros nuevos católicos. Démosles la bienvenida y animémoslos con nuestro amor a Jesús y con nuestra manera de vivir la fe católica.

Santa María, Madre de la Iglesia, ¡ruega por nosotros!

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Arzobispo José H. Gomez

El Reverendo José H. Gomez es el arzobispo de Los Angeles, la comunidad católica más grande del país. También se desempeña como Presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos.

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