Escribir columnas es, en ocasiones, como meter un mensaje en una botella y arrojarlo al océano. En la mayoría de los casos, el autor no sabe si alguien lo encontrará, si lo leerá o si, después de hacerlo, se detendrá a reflexionar sobre lo que ha leído.
Leo columnas de opinión constantemente, pero rara vez intento ponerme en contacto con sus autores, tanto si estoy totalmente de acuerdo con ellos como si discrepo profundamente. Por eso, nada de esto me sorprende.
Sin embargo, mi reciente columna sobre la brecha entre los baby boomers y los millennials en algunas parroquias sí generó comentarios y sugerencias, y estoy agradecido por ello.
La reflexión más extensa y, quizá, más profunda fue la de monseñor Arthur Holquin, STL, quien escribe una columna en Substack llamada “Liturgy and Truth” (“Liturgia y verdad”). Él define su misión como “un esfuerzo de toda una vida “—ahora en mi quincuagésimo segundo año de sacerdocio— por pensar con la mente de la Iglesia”.
Lamentablemente, esto parece haber colocado a Holquin en primera línea de las llamadas guerras litúrgicas. Algunos de sus lectores más descontentos han criticado su columna, calificándola de “la crítica sin sentido de un baby boomer”. Uno llegó incluso a decirle al monseñor que “no veía la hora de que murieran los sacerdotes de [su] generación, para que la Iglesia pudiera ‘volver a la fe ortodoxa’”.
A la luz de este comentario tan hiriente, Holquin consideró que quizá yo había sido demasiado generoso en mi deseo de ayudar a ambos bandos a comprenderse mutuamente.
Tolerar tanto una misa con guitarra como la postura ad orientem debería ser posible, argumentó. Después de todo, la Iglesia del Vaticano II “nunca nos pidió que fuéramos idénticos, sino que fuéramos communio”. Sin embargo, su preocupación es que esta hostilidad hacia los frutos del Concilio Vaticano II también constituye un desafío a la autoridad. No se trata solo de una cuestión estética o generacional, sino de una postura mucho más amplia: que “el rito reformado y el Concilio que le dio origen fueron errores que había que esperar a que pasaran, y que debían corregirse no mediante argumentos, sino simplemente con el paso del tiempo y la muerte de los hombres ordenados para servirlo”.
Puede existir un catolicismo que admita ambas cosas, como recomendé en mi columna, pero Holquin advierte que “la caridad hacia las preferencias no es lo mismo que la caridad hacia el rechazo de la autoridad del Concilio”. “No voy a mezclar ambas cosas solo para alcanzar una paz más fácil”, añadió con un resoplido que comparto.
Otro sacerdote, el padre Ben, algo más joven que Holquin, contó su experiencia. “Soy un sacerdote de 48 años y a menudo me encuentro en medio de esta [división]. Mi diócesis… tiene mucha menos división generacional entre los sacerdotes de lo que suele ser habitual, pero estas tensiones se manifiestan en nuestras parroquias. ¡Gracias por hacer un llamado al amor y no un llamado a las armas!”.
Laura Lynn, de la costa este, escribió que ha reflexionado mucho sobre esta división, al menos en lo que respecta a los estilos musicales, desde su experiencia como música litúrgica. “He interpretado tanto himnos tradicionales como himnos de los años 70 y 80 (dependiendo de la parroquia y del párroco), y sí creo que estos últimos ayudaron de verdad a una generación de católicos para quienes el latín evoca fuertemente una Iglesia muerta e impersonal”.
Laura plantea un punto importante. Hay una razón por la que a lo largo del siglo XX, antes del Concilio Vaticano II, creció con fuerza el movimiento a favor del uso de las lenguas vernáculas. Los conversos y los católicos más jóvenes anhelan lo que imaginan que era la reverencia del rito tridentino, pero no recuerdan cómo era realmente vivir esa experiencia.
Una de las sugerencias de Lynn fue “organizar encuentros de escucha los domingos, con algo para compartir entre las distintas misas, y plantear preguntas guiadas que aborden la división generacional”. Esto requiere mucha habilidad por parte de quien modere el encuentro, pero, para una parroquia dividida, escucharse unos a otros sería un buen punto de partida.
Una queja frecuente que he escuchado es que los cambios que actualmente implementa un párroco entusiasta suelen imponerse de manera tajante y sin una explicación adecuada. La decisión del párroco de imponer cambios que confunden y molestan a algunos, aunque puedan entusiasmar a otros, refleja cierto clericalismo. Tampoco ayuda reprender a quienes presentan quejas. Irónicamente, algunos críticos de la implementación original de las reformas del Concilio Vaticano II también consideraban que no habían sido bien explicadas.
Creo que hoy existe un desconocimiento persistente sobre la estructura y la historia de la Misa, así como sobre las intenciones del Concilio, que limita nuestra experiencia de ella y hace que algunos busquemos algo más. Este desconocimiento no se solucionará con una ocasional “misa explicativa”, pero al menos sería un comienzo. Harán falta sacerdotes con una sólida formación en el Concilio Vaticano II y en la historia de la Iglesia.
También existen devociones y tradiciones que quizá hayan quedado en el olvido durante las seis décadas transcurridas desde el Concilio, y recuperarlas es algo bueno. Son tesoros, al igual que los aportes bíblicos y litúrgicos del propio Concilio. Nos debemos a nosotros mismos y a la Iglesia valorar ambas cosas.
