En los últimos meses, al conversar con distintos católicos, ha surgido un tema inesperado: la demografía. Más concretamente, los baby boomers.
Los boomers somos quienes nacimos entre 1946 y 1964. Somos una generación enorme que ha tenido un impacto desproporcionado en cada etapa de la vida, desde las escuelas primarias abarrotadas hasta los hogares de ancianos llenos.
Otros grupos generacionales no siempre han visto con buenos ojos esta influencia, desde los miembros de la Generación X, que crecieron a nuestra sombra, hasta los millennials, también numerosos y con un peso demográfico considerable, que esperan su turno.
Nada de esto resulta particularmente sorprendente. Lo que quizá sí lo sea es que esta diferencia generacional esté provocando tensiones en algunas parroquias.
Las historias que he escuchado vienen de ambos lados.
Me han contado que muchos sacerdotes relativamente jóvenes consideran que los boomers están entre sus feligreses más difíciles. Según esta visión, a los boomers les gustan las Misas con guitarra y no sienten mucho entusiasmo por el latín. Mientras que algunos sacerdotes más jóvenes quieren celebrar ad orientem —es decir, mirando hacia el este y dando la espalda al pueblo—, los católicos mayores son más propensos a considerar esta práctica impersonal y poco acogedora. No todos, por supuesto, pero muchos boomers tampoco parecen sentirse cómodos arrodillándose o recibiendo la Comunión en la boca. Y cuando ven a jóvenes con velo o a seminaristas vestidos con sotana, recuerdan una época que no necesariamente añoran.
La primera vez que un sacerdote joven usó sotana en una parroquia a la que asistía, tanto el párroco como los feligreses mayores reaccionaron con cierto rechazo. A mis hijos, en cambio, les pareció genial. “Parece Matrix”, explicó mi hijo.
Las redes sociales a veces permiten ir directo al punto, y un tuit que vi recientemente resumía muy bien ese resentimiento.
“Llegué temprano a la iglesia esta semana y alcancé el final de la Novus Ordo. El himno final se refiere a Jesús como nuestro ‘amigo’. Es tan, pero tan de boomer que resulta insoportable”.
Por supuesto, “Qué amigo tenemos en Jesús” es un himno cuyos versos se remontan a mediados del siglo XIX, y la idea también aparece en las Escrituras. Pero eso no cambia el sentido de la crítica. Para algunos, los boomers, con su delicada Misa Novus Ordo, sus guitarras y sus cálidos apretones de manos durante el saludo de la paz, son simplemente… ¡insoportables!
Estas tensiones también se hacen sentir en las casas parroquiales, al menos en aquellas diócesis que todavía tienen la suerte de contar con más de un sacerdote viviendo bajo el mismo techo. Los sacerdotes mayores sienten que a menudo son juzgados por haber “arruinado la Iglesia”, ya sea por la crisis de abusos sexuales del clero o, de manera más general, por el Concilio Vaticano II.
En las parroquias donde hay sacerdotes y feligreses más jóvenes, puede existir un deseo de recuperar liturgias y espacios de culto que consideran más reverentes. Incluso algunas campañas para recaudar fondos destinadas a renovar las iglesias buscan devolver estos espacios a un estilo más tradicional.
La Misa puede seguir siendo Novus Ordo, pero el latín empieza a abrirse paso de manera gradual: primero el Agnus Dei, luego el Pater Noster. Sin embargo, lo que para algunos representa una mayor reverencia puede resultar excluyente para otros.
Como suele suceder cuando dos o tres católicos se reúnen para quejarse, aquí también abundan los estereotipos y las generalizaciones. Y, sin embargo, no puedo evitar sonreír al pensar que todo vuelve. Los boomers ahora aparecen como defensores del statu quo, aunque en su imaginación siguen siendo la generación de Woodstock.

Fieles se arrodillan mientras reciben la Comunión durante una Misa según el rito tridentino, celebrada en el Altar de la Cátedra de la Basílica de San Pedro, en el Vaticano, el 15 de mayo de 2011. Fue la primera vez en varias décadas que este rito se celebró en ese altar. (CNS/Paul Haring)
La ironía es que ambos bandos están reaccionando ante la velocidad casi vertiginosa de los cambios que hemos vivido durante décadas. Dependiendo del punto de vista, son los otros los que parecen aferrarse al pasado, cuando, en realidad, todos buscamos algo firme a lo que aferrarnos en medio de una transformación constante.
La verdad es que los boomers no provocaron el Concilio Vaticano II. Los mayores de nuestra generación apenas tenían 16 años cuando comenzó. Los cambios que desencadenó fueron una respuesta a las profundas transformaciones de aquella época. Para muchos, recuperar elementos de la Iglesia anterior a Trento y, al mismo tiempo, celebrar la liturgia en la lengua vernácula representaba un salvavidas.
Del mismo modo, hoy, en medio de las grietas y fracturas provocadas por las guerras culturales y por la destrucción creativa del capitalismo del siglo XXI, recuperar enseñanzas firmes, liturgias centenarias e himnos que generaciones enteras han cantado podría ser el salvavidas que otra generación necesita.
David Brooks, en su libro How to Know a Person (Random House Trade Paperbacks, $20), habla de nuestra necesidad de recuperar habilidades sociales fundamentales para poder vernos realmente unos a otros. Pero, escribió, la habilidad más importante es “la capacidad de comprender por lo que está pasando otra persona”. Lo peor, añadió, es mostrarnos indiferentes ante el otro.
Hace poco conversé sobre esto con un sacerdote que no es boomer, un sacerdote al que le gusta celebrar ad orientem y que luce muy bien con sotana. Quizá no tenga que ser una cosa o la otra, reflexionó. Quizá puedan ser ambas. ¿Cómo evitar convertir esto en un “nosotros contra ellos”? ¿Cómo hacemos para que sea una sola parroquia?
La solución no vendrá desde arriba. Pero quizá tenga que comenzar en la casa parroquial. Servir a toda la comunidad parroquial es, después de todo, el mandato. Y si todos afirmamos pertenecer a una Iglesia lo suficientemente grande como para acogernos a todos, quizá nuestra parroquia y nuestros corazones deberían ser igual de grandes.
