La mayoría de los cristianos considera la Pascua el momento más importante del año litúrgico. Y lo es: es la celebración de la victoria de Cristo sobre la muerte. Sin embargo, las mismas Escrituras sugieren que la Pascua no es tanto un punto de llegada, sino el comienzo de algo aún mayor que está por venir.

Para comprenderlo, es necesario recuperar una visión más antigua y profundamente bíblica de la relación entre la Pascua y Pentecostés.

En el Antiguo Testamento, la Pascua señala la liberación de Israel de Egipto. Es la noche en que la sangre del cordero salva al pueblo de la destrucción y marca el inicio de su camino hacia la libertad. Pero la historia no termina en el Mar Rojo. La liberación no es un fin en sí mismo. Dios liberó a Israel para algo más grande: la alianza en el monte Sinaí. Cincuenta días después de la Pascua, en Pentecostés, el pueblo recibe la Ley. Esa libertad comienza entonces a tomar forma y sentido. No solo son liberados de la esclavitud, sino que pasan a constituirse como un pueblo llamado a vivir en alianza con Dios.

El Nuevo Testamento sigue esa misma lógica, pero llevándola a una dimensión mucho más profunda. Cristo es nuestra Pascua. Con su muerte y resurrección, nos libera del pecado y de la muerte. Los primeros cristianos comprendían tan bien esta relación que, en muchos idiomas, la palabra para “Pascua” es simplemente Pascha, la misma utilizada para la Pascua judía. No se trata solo de una imagen poética: la cruz y la Resurrección representan el nuevo Éxodo.

Pero, una vez más, la historia no termina ahí.

En el Evangelio de Juan, especialmente en el discurso de despedida, Jesús insiste en lo que vendrá después. Les dice a sus discípulos que es “mejor” para ellos que él se vaya, porque solo entonces vendrá el Paráclito. Y eso resulta difícil de entender si pensamos la Pascua como la culminación de todo. ¿Cómo podría haber algo mejor que la presencia visible de Cristo resucitado?

La respuesta está en Pentecostés.

Cincuenta días después de la Resurrección, el Espíritu Santo desciende sobre los discípulos. Lo que el Sinaí significó para Israel, Pentecostés lo es para la Iglesia. La Ley ya no queda escrita en tablas de piedra, sino en el corazón humano. Los discípulos, antes llenos de miedo e incertidumbre, se transforman en testigos valientes. No solo son perdonados: son renovados por completo. Se convierten, de un modo real, en el Cuerpo de Cristo, animado por su mismo Espíritu.

Visto así, el tiempo litúrgico entre Pascua y Pentecostés adquiere un sentido mucho más profundo. No es simplemente una especie de descenso gradual después de la alegría del Domingo de Pascua. Es un tiempo de espera y preparación. La Iglesia antigua entendía muy bien esto a través de la práctica de la mistagogía. Los recién bautizados recibían una formación más profunda sobre los misterios que acababan de recibir, como si recorrieran nuevamente el camino de los apóstoles durante aquellos 40 días en los que Cristo resucitado les habló del Reino.

Y nosotros también estamos llamados a vivirlo así. La Pascua ya sucedió. La victoria ya fue alcanzada. Pero el don todavía no se ha completado plenamente, al menos hasta que esa gracia transforme por completo nuestra vida.

Si la Pascua es liberación, Pentecostés es transformación. Y toda la vida cristiana se desarrolla en esa tensión —y también en esa promesa— entre ambas realidades.

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Scott Hahn