Los siete candidatos al diaconado permanente esperan junto al altar el inicio de la misa de ordenación en la Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles, el 6 de junio. (Peter Lobato)
Cuando Rubén Quezada era niño y vivía en México, ya sabía lo que significaba servir a los demás. Era el encargado de hacer los mandados de la familia: si alguien necesitaba leche, tortillas o cualquier otra cosa, él iba a buscarla y la llevaba a casa.
“Me gustaba hacerlo”, recordó Quezada sobre aquellas tareas de su juventud. “No me pagaban ni nada, pero me gustaba servir”.
Sin saberlo, esas pequeñas tareas cotidianas lo estaban preparando para una forma distinta de servicio que llegaría años después. El sábado 6 de junio, él y otros seis hombres —Anton Trang Dang, Edgar Rafael Jiménez, José de Jesús Martín, Eduardo Martínez Rivero, Enrique Mota Hernández y Paulinus Osy Ofondu— fueron ordenados diáconos permanentes en la Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles.
El arzobispo José H. Gomez impone las manos sobre Rubén Quezada durante la misa de ordenación de diáconos permanentes en la Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles, el 6 de junio. (Peter Lobato)
Para Quezada, una vez terminada la misa de ordenación, era difícil contener la emoción.
“Siento que mi corazón va a explotar”, dijo. “Realmente puedo sentir la presencia de Dios en todo esto. Él ha estado con nosotros desde el principio, acompañándonos en cada paso del camino.
“Solo quiero servirlo con humildad y ponerme en sus manos para seguirlo y escuchar su voz allí donde me llame. Donde Él me envíe, allí estaré”.
En su homilía, el Arzobispo José H. Gomez animó a los nuevos diáconos a ser un signo para quienes tienen el corazón “dividido” y para aquellos que “han dejado de creer que el amor es posible”.
“Los diáconos están llamados a reflejar la bondad de Dios y a vivir como sus amigos”, afirmó el Arzobispo Gomez. “Jesús los envía a dar frutos de amor en un mundo donde el amor se ha enfriado.
“Amen a las personas a las que sirven. Ámenlas como Jesús las ama. Y que, a través de su amor, puedan descubrir esa hermosa verdad: que Dios está con nosotros”.
Los futuros diáconos permanentes se arrodillan ante el altar antes del rito de postración durante la misa de ordenación celebrada el 6 de junio en la Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles. (Peter Lobato)
En la misa del sábado por la mañana, los nuevos diáconos estuvieron acompañados por sus esposas y recibieron el apoyo y los aplausos de familiares, amigos y feligreses. Tras el rito de ordenación —que incluye una serie de promesas, oraciones y la imposición de manos del obispo sobre cada candidato al diaconado—, las esposas ayudaron a sus maridos a revestirse con la estola y la dalmática propias de su nuevo ministerio. Al final de la celebración, también fueron reconocidas por su participación y apoyo a lo largo de los cinco años de formación.
Tanto María Guadalupe “Lupita”, esposa del diácono Quezada, como Cindy Dao, esposa del diácono Dang, contaron que al principio afrontaron el proceso de formación con cierta inquietud, ya que para ninguna el inglés es su lengua materna.
Dao explicó que por momentos la formación le resultó desafiante, pero que contó con la ayuda de sus cuatro hijos, quienes colaboraron traduciendo gran parte de los materiales del programa.
El recién ordenado diácono permanente Anton Trang Dang recibe el Libro de los Evangelios de manos del Arzobispo José H. Gomez durante la misa de ordenación celebrada el 6 de junio en la Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles. (Peter Lobato)