"Escena de la parábola del banquete de bodas: el rey reprende a un hombre que no llevaba traje de boda", autor anónimo, siglo XVI, Países Bajos. (Wikimedia Commons)
Is. 25, 6-10 / Sal. 23, 1-6 / Flp. 4, 12-14.19-20 / Mt. 22, 1-14
La parábola de nuestro Señor en el Evangelio de este domingo presenta, una vez más, un esquema bastante claro de la historia de la salvación.
Dios es el rey (ver Mateo 5, 35), Jesús es el esposo (ver Mateo 9, 15) y el banquete representa la salvación y la vida eterna que Isaías anuncia en la primera lectura del domingo. Los israelitas son los primeros invitados al banquete por los servidores de Dios, los profetas (véase Isaías 7, 25). Por rechazar reiteradamente las invitaciones e incluso matar a sus profetas, Israel ha sido castigado y su ciudad, conquistada por ejércitos extranjeros.
Ahora, Jesús deja en claro que Dios estaba enviando nuevos servidores, sus apóstoles, para convocar al banquete de su Reino no solo a los israelitas, sino a todas las personas, buenas y malas por igual. Esta es una imagen de la Iglesia, que Jesús compara en otro pasaje con un campo sembrado tanto de trigo como de cizaña, y con una red que recoge peces buenos y malos (ver Mateo 13, 24-43.47-50).
Todos hemos sido llamados a este gran banquete de amor en la Iglesia, donde, como anunció Isaías, ha sido destruido el velo que separaba a las naciones de las alianzas de Israel y donde el muro de enemistad que nos dividía ha sido derribado por la sangre de Cristo (ver Efesios 2, 11-14).
Como cantamos en el salmo de este domingo, el Señor nos ha conducido a este banquete: ha renovado nuestras almas en las aguas del Bautismo y ha dispuesto la mesa ante nosotros en la Eucaristía. Como nos dice Pablo en la carta a los Filipenses, en las gloriosas riquezas de Cristo encontraremos todo lo que necesitamos.
Y en el alimento abundante de su Cuerpo y el vino selecto de su Sangre, podemos anticipar el banquete eterno en la Jerusalén celestial, cuando Dios destruirá la muerte para siempre (ver Hebreos 12, 22-24).
Pero ¿estamos vestidos para el banquete, revestidos con el manto de la justicia (ver Apocalipsis 19, 8)? Jesús advierte que no todos los que han sido llamados serán elegidos para la vida eterna. Asegurémonos de vivir de una manera digna de la invitación que hemos recibido (ver Efesios 4, 1).