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Después del juicio Clancy, ¿recuperaremos el verdadero sentido de la misericordia?

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Mis amigas y yo tenemos una regla no escrita cuando alguna de nosotras está embarazada o amamantando: no compartir historias trágicas sobre niños que mueren, padres que mueren o cualquier cosa terrible que le ocurra a una familia.

Las madres están naturalmente predispuestas a proteger a sus hijos. Los cambios fisiológicos y psicológicos que produce el embarazo generan una especie de sexto sentido frente al peligro, acompañado de intensas respuestas emocionales ante las amenazas percibidas. Evitar las noticias es el primer paso para calmar esas reacciones internas. Pero en 2026, hacerlo es prácticamente imposible.

Desde que en enero nació mi bebé, no he seguido las noticias con la misma atención que antes. Pero mientras amamanto a mi bebé, que ahora tiene 8 meses, hay tres historias que siguen apareciendo. He llegado a pensar en ellas como una sola historia.

Pienso en Callan Clancy, que tenía 8 meses cuando, presuntamente, él y sus dos hermanos murieron a manos de su madre. Su muerte ha sido catalogada como “filicidio altruista”, un término que describe los casos en que uno de los padres cree que es mejor que su hijo muera a que quede atrás. El juicio de Lindsay Clancy terminó el mes pasado sin un veredicto; el jurado quedó dividido, con 11 votos a favor y uno en contra de declararla no responsable penalmente.

También he estado pensando en Anne Hathaway, de 43 años, quien espera su tercer hijo. Esa noticia hizo que volviera a circular por internet un video de hace cuatro años, en el que dijo a los presentadores de “The View” que, según su experiencia, el aborto “puede ser otra palabra para decir ‘misericordia’”.

“Sabemos que no hay dos embarazos iguales”, dijo. “No hay dos vidas iguales... cuando permitimos elegir, damos lugar a la flexibilidad”. Insistió en que no se trataba de una conversación moral sobre el aborto, sino de una cuestión práctica relacionada con los derechos de las mujeres y “la libertad que todos necesitamos para elegir y construir nuestras vidas”.

Una tercera historia volvió a aparecer en Canadá, donde el doctor Louis Roy, al declarar en 2022 en nombre del Colegio de Médicos de Quebec, afirmó que la “asistencia médica para morir”, lo que antes se denominaba “muerte por compasión”, podría ser una atención adecuada para bebés menores de un año nacidos con malformaciones y síndromes graves que les dejan pocas posibilidades de sobrevivir.

La ministra federal de Inclusión de las Personas con Discapacidad calificó la propuesta de impactante e inaceptable. Pero escandalizarse no es una defensa suficiente, y el colegio no ha retirado su recomendación.

En cada una de estas historias, la misericordia significa eliminar a quien sufre, en lugar de acercarse a esa persona y acompañarla en su sufrimiento. En todas ellas, una vida que supone una carga demasiado grande para alguien es una vida que puede ser extinguida.

Por eso no puedo apartar la mirada, aunque intente no mirar. Tendré que explicarles este mundo a mis hijos.

No quiero que mi hija ni mis hijos crezcan pensando que tener hijos es incompatible con sus sueños, ni que un niño que llega de manera inesperada no puede ser recibido por adultos dispuestos a reorganizar sus propias vidas para acogerlo.

Lamentablemente, la sociedad occidental ha aceptado en gran medida la idea de que los hijos son piezas que pueden agregarse o quitarse según lo requiera el plan, y que, si una madre no puede criar a un hijo por sí misma, nadie más debería hacerlo.

Esto sostiene un mercado de fertilidad en el que los bebés se encargan a medida y se redactan contratos de gestación subrogada que pueden obligar a una mujer a abortar al hijo que lleva en su vientre si este no cumple con las expectativas de los futuros padres. Es también una característica de la industria del aborto en general, en la que muchas madres consideran que abortar es una alternativa mejor que dar al hijo en adopción, algo que consideran similar al abandono.

Y ha dado lugar a leyes que permiten el suicidio asistido en 13 estados y el Distrito de Columbia, donde la muerte está disponible junto con los cuidados paliativos —y a un costo menor—.

Nada de esto significa que las cargas que llevan las personas sean imaginarias. He dado a luz cuatro veces y he criado a mis hijos lejos de mi familia, en una comunidad en la que todavía estoy tratando de encontrar mi lugar. Con gusto defendería una atención de salud reproductiva menos fragmentada: una atención que acompañe a la mujer desde la concepción de un hijo y durante varios años después del parto, que tome en serio la brusca caída de sus niveles hormonales y que atienda con urgencia a una madre que está al límite, en lugar de ofrecerle un folleto o un buzón de voz al que llamar.

Pero sigo volviendo a lo que uno de los miembros del jurado del caso Clancy dijo a CBS: el jurado entendió el caso como “un punto de inflexión”, algo que podría “hacer que las cosas sean mejores para otras mujeres en el futuro, para otras familias”.

Ojalá alguien le hubiera preguntado qué sería exactamente lo que mejoraría. ¿La atención posparto? ¿La misericordia para las madres que están al límite? ¿O una cultura jurídica en la que matar a los propios hijos deje de considerarse un delito?

Cuando mis hijos tengan edad suficiente para preguntarme cuánto vale una vida cuando no es productiva, les hablaré de su abuela.

La madre de la autora y su hijo. (Foto cortesía de la autora)

Mi madre vivió cuatro años con esclerosis lateral amiotrófica (ELA). En cada consulta, un neurólogo, un terapeuta del habla, un terapeuta ocupacional, un orientador y un nutricionista la acompañaban en cada nueva pérdida y la enviaban a casa con ejercicios, medicamentos y pequeños consejos prácticos para conservar sus fuerzas y mantener su peso.

Luego la preparaban, con toda la delicadeza posible, para lo que probablemente perdería antes de la siguiente consulta.

En mi familia solíamos preguntarnos cómo podían soportarlo. La mayoría de las personas que se dedican a la medicina lo hacen con la esperanza de sanar; todos estos pacientes estaban muriendo, la mayoría en un plazo de cinco años. Sin embargo, ellos eran pequeños Simones de Cirene, que ayudaban con alegría a mis padres a llevar una cruz que habría sido insoportable cargar solos. Eran personas que acompañaban a mi madre en su sufrimiento.

Una de las consultas fue diferente. Nueva Jersey acababa de aprobar la Ley de Asistencia Médica para Morir para Enfermos Terminales, y el equipo estaba legalmente obligado a informar a mi madre que cumplía con los requisitos. Le estaban ofreciendo una salida: de la parálisis que vendría, de los gastos, del miedo a convertirse en una carga.

Mi madre admitió que tenía miedo de serlo. Me dijo que veía lo que sus cuidados exigían de mi padre y de todos nosotros.

Pero ella dijo que no. Prefirió que nosotros cargáramos con ella. Algunos podrían decir que fue una decisión que tomó libremente y que otras personas deberían tener la libertad de elegir lo contrario. Yo lo llamo el último regalo que tenía para dar.

El amor se da y se recibe a través del sacrificio; no del sacrificio de quien está enfermo o resulta inconveniente, sino del de quienes eligen a quien necesita ayuda por encima de su propio tiempo, comodidad y planes.

En el Evangelio, Jesús reprende a los fariseos citando al profeta Oseas: “Misericordia quiero y no sacrificio” (Mateo 9,13), una advertencia contra anteponer las reglas y los rituales a las personas reales. Hoy, esa admonición podría adquirir otro significado.

Hemos perfeccionado una misericordia que no nos cuesta nada, que nos evita contemplar el sufrimiento al eliminar a quien sufre. Pero la misericordia que Dios quiere se niega a sacrificar a los más dependientes en aras del ídolo de una vida sin cargas.

El miembro del jurado tenía razón. Hemos llegado a un punto de inflexión, solo que no al que ella se refería. Una sociedad termina decidiendo qué hará con las personas que más le cuestan. Las madres tienen una capacidad única para acoger a los demás y poner sus necesidades por encima de las propias. Rezo para que quienes hemos recibido esa responsabilidad afrontemos sus dificultades con alegría, perseverancia y esperanza de un futuro mejor, y que encontremos personas dispuestas a acompañarnos y ayudarnos en el camino.

Elise Italiano Ureneck
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Elise Italiano Ureneck