Santo Tomás de Aquino aparece representado en una pintura en la Casa de Estudios Dominicanos de Washington. (Foto OSV News/Nancy Wiechec)
El otro día me topé en internet con un clásico ejemplo de contenido diseñado para provocar y generar clics. La publicación decía mucho sobre el estado de nuestra sociedad, tan dividida, y también sobre los algoritmos que determinan lo que veo. Planteaba una de esas preguntas en las que hay que elegir entre dos opciones: ¿eres un cristiano “a lo Charlie Kirk” o un cristiano “a lo Dolly Parton”?
No tenía ninguna intención de entrar en la disputa, pero sí leí media docena de los cientos de comentarios. Al volver rápidamente a la realidad, esto me hizo pensar en las fracturas, divisiones y disputas internas que existen dentro de nuestra propia Iglesia.
Esto también me hizo recordar un momento y un lugar en los que me plantearon una disyuntiva similar. Estaba participando de un almuerzo de trabajo en un ámbito católico, en el que se conversaba sobre una amplia variedad de temas relacionados con la Iglesia. Yo me sentía como sapo de otro pozo. Todos eran personas muy instruidas, pertenecientes a la corriente tomista de la fe católica. Como era el recién llegado al círculo, era bastante evidente que querían saber si yo era “de los nuestros” o “de los otros”.
Cuando se referían a sí mismos —y cito textualmente— como “discípulos” de santo Tomás de Aquino, por dentro sentí un cierto rechazo. Para mí, esa palabra está reservada exclusivamente a los seguidores de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. En el mejor de los casos, ser “discípulo” de un “discípulo” me parecía redundante.
Estas personas eran mucho más inteligentes que yo, y pensé que, si expresaba mi objeción, probablemente me dejarían sin argumentos con alguna referencia erudita al IV Concilio de Constantinopla. Así que preferí guardármela. Sin embargo, a medida que avanzaba el almuerzo, fueron profundizando en el tema y dejaron cada vez más claro que la devoción a santo Tomás de Aquino era un componente esencial de la verdadera fe católica. Incluso llegaron a sugerir que, sin ese compromiso, la salvación de una persona podía estar en peligro.
Como suelo hacer, dejé que mi boca se adelantara a mi cerebro y respondí: “Saben, la gente llevaba más de mil años llegando al cielo antes de que siquiera naciera santo Tomás de Aquino”. Si hubiera habido una vela en esa habitación, se habría apagado por falta de oxígeno. Me imaginé a mis compañeros de almuerzo afilando los tenedores de ensalada para lanzarse contra el hereje de la mesa. Esas imágenes desaparecieron de mi cabeza solo porque el pánico empezó a ocupar su lugar.
Mis años como guionista de televisión y toda la experiencia que había acumulado presentando ideas en oficinas de producción acudieron en mi auxilio. Balbuceé una suerte de retractación: aunque mi referencia cronológica sobre el gran santo era correcta, eso no restaba valor a su sabiduría ni a la influencia que había ayudado a tantas personas a alcanzar su destino final durante los más de 750 años transcurridos desde su muerte.
Funcionó: las antorchas y los tridentes quedaron guardados y el almuerzo continuó. Pero podía notar que mis compañeros de mesa ya no estaban tan seguros de mi ortodoxia doctrinal.
En los años siguientes, fui comprendiendo mejor el enfoque tomista y el paradigma teológico más reciente del ressourcement. Pero sigo siendo un completo aficionado en ambas disciplinas. Así que, si alguna vez llamaron a santo Tomás de Aquino «el buey mudo», ¿qué puede hacer alguien como yo, que en realidad es el buey más tonto de la sala?
Hay una respuesta, y es KISS. No me refiero a la banda, sino a las siglas en inglés de “Keep It Simple, Stupid” (“Hazlo sencillo, tonto”). Ese enfoque suele ser infalible ante los dilemas teológicos profundos e incluso ante los problemas cotidianos más simples, con énfasis en lo de “tonto”. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento hay muchísimas enseñanzas fáciles de comprender, y por lo general son también las más importantes. Dios vio que su creación era “buena”. Jesús dijo que había solo “dos” grandes mandamientos, y cuánto cambiaría este mundo si simplemente cumpliéramos esos dos. La fe no debería ser tan complicada como un modelo de Lego de la Mona Lisa de 4763 piezas. Y no lo es. Jesús dejó una Iglesia para que se encargara de ello.
Antes solía utilizar expresiones como “católico romano” para identificarme. Ya no intento hacerlo, porque el rito latino es solo una de las varias expresiones de la única y verdadera Fe, todas bajo el paraguas que sostiene el papa. “Católico” a secas debería ser suficiente para todos nosotros, sin necesidad de agregarle ningún apellido.
Y a todos esos teólogos que se dedican a librar sus propias batallas en internet sobre si alguien es un cristiano “a lo Charlie Kirk” o “a lo Dolly Parton”, les sugeriría que simplemente digan que son cristianos de Jesucristo.
Recuerden... KISS.