Últimamente, el beato Fulton Sheen parece perseguirme.
Alguien que asistió a su beatificación el mes pasado me preguntó hace poco qué me parecía más importante de su vida y su obra.
Dos días después, durante una Ultreya de Cursillos de Cristiandad, un joven colombiano comentó que la lectura de “Vida de Cristo”, de Sheen, le había ayudado a comprender mejor el sentido de la fe cristiana. En el libro, Sheen escribe que ninguna otra religión está tan identificada con su fundador como el cristianismo. Esa idea impresionó al joven, que animó a los demás a conseguir el libro, por supuesto, en español.
Ese mismo día, alguien me envió un enlace de YouTube a una grabación generada por inteligencia artificial que imitaba la voz de Sheen. El mensaje era fiel a la doctrina católica, pero no era auténtico. Hablaba de san Pío de Pietrelcina, quien fue canonizado después de la muerte de Sheen. No creo que alguien tan riguroso y cuidadoso con los datos históricos como él hubiera llamado santo a Pío antes de que Roma lo declarara oficialmente como tal.
Al día siguiente, me encontré con otra falsificación de Sheen en YouTube: “Cinco cosas que la Iglesia católica nunca consideró pecado”. Una vez más, el mensaje era fiel a la doctrina católica, pero era evidente que Sheen no podía ser su autor. El texto citaba el Catecismo de la Iglesia Católica, publicado más de una década después de la muerte del obispo, en 1979. También hacía referencia a los escritos privados de quien el imitador digital del beato presenta como santa Teresa de Calcuta.
Pero hay un detalle importante: madre Teresa todavía vivía cuando murió Sheen. Sus escritos privados, que ella había pedido que se quemaran, no se publicaron hasta años después de su propia muerte, ocurrida en 1997.
En el seminario, donde nos enseñaban a analizar las Escrituras, aunque no a predicarlas, nuestros profesores nos explicaban que algunas cartas del Nuevo Testamento probablemente no habían sido escritas por los autores a quienes se atribuyen, sino por discípulos que continuaron su labor. Alguien profundamente familiarizado con las enseñanzas de san Pablo, por ejemplo, podría haber escrito un texto inspirado en ellas e incorporado algunos de sus escritos, que más tarde se atribuiría al apóstol. Esto podría haber ocurrido con las cartas pastorales a Timoteo y Tito, y quizá también con la carta a los Efesios y la Segunda carta a los Tesalonicenses.
Estas hipótesis de los estudiosos no afectan la canonicidad de las cartas, sino que parten de la idea de que vincular un mensaje con un autor venerado podía contribuir a darle autoridad. Este tipo de escritos tiene un nombre específico y era común en los primeros siglos, incluso en la literatura profana: pseudepígrafos.
La resurrección de Sheen, casi como la de Lázaro, en algunos rincones de YouTube —donde suelen usar una fotografía suya acompañada de una pista de audio— podría describirse como un “pseudovideo”. Son contenidos diseñados para atraer clics, pero ¿cuál es su verdadero propósito?
Por suerte, no hacen falta imitaciones de Sheen. En YouTube también se pueden encontrar grabaciones auténticas, desde fragmentos de sus programas de televisión hasta entrevistas que concedió a otras personas.
Aun así, creo que sus escritos son una forma mucho mejor de acercarse a su legado. Mi padre, que era protestante, veía religiosamente los programas de televisión de Sheen, Life Is Worth Living (La vida vale la pena vivirla), la noche de su estreno. Eran conferencias con un contenido de gran calidad.
El estilo de Sheen era teatral. El actor Martin Sheen contó que había adoptado el apellido del obispo porque el predicador le recordaba a un actor de Shakespeare. Confieso que su manera de hablar en público me resulta un poco exagerada. Su prosa también es intensa, pero me gusta más que sus videos. Los libros permiten desarrollar las ideas con mayor profundidad y prescinden de los recursos propios de un programa de televisión, incluidos algunos chistes que no siempre daban en el blanco.
Sheen sabía comunicar ideas complejas de manera accesible, pero también era un verdadero intelectual. Tenía una formación y una cultura poco comunes entre los obispos y sacerdotes de hoy. Había leído muchísimo y podía citar a Marx al hablar del filósofo alemán Feuerbach. Al mismo tiempo, cuestionaba a los sacerdotes que no siempre se detienen a pensar de dónde provienen sus propias ideas.
Sería interesante saber qué diría Sheen sobre el neomarxismo que hoy vuelve a cobrar fuerza en la política. En cierta ocasión, al referirse al clero, planteó esta pregunta:
“¿Por qué Marx y Engels, Proudhon y Lenin? ¿Por qué el proletariado no siguió a Cristo? Porque, en cierta medida, Cristo era invisible. Las Iglesias no lo hicieron tan visible como deberían en los barrios marginales, entre los trabajadores y entre quienes habían sido excluidos de la sociedad”.
Hace cincuenta años, Sheen ya advertía que vivíamos en “un mundo poscristiano”. Veía que algunos sectores del clero se preocupaban tanto por las cuestiones externas que terminaban dejando de lado lo esencial: Cristo. Hace años, durante mi trabajo en las misiones, conocí a un sacerdote que se quejaba de que Sheen no podía comprender el compromiso radical de los sacerdotes más jóvenes.
En su libro de 1974, Those Mysterious Priests (Esos misteriosos sacerdotes), que ojalá hubiera leído mucho antes, Sheen habla de la falta de oración contemplativa entre quienes se dedican a la acción social. Cita al filósofo Merleau-Ponty, quien afirma: “El activismo no deja espacio para la intimidad espiritual”. Tiempo después, me enteré de que aquel sacerdote que consideraba a Sheen un caso perdido había abandonado el sacerdocio. Creo que Sheen, que para entonces ya había fallecido, no se habría sorprendido.
El beato lamentaba el debilitamiento de la vida espiritual de los sacerdotes, sobre todo porque habían dejado de imitar a Cristo, que fue a la vez sacerdote y víctima. Sheen cita a san Agustín, quien escribió: Ideo Victor Quia Victima, que traduce como “Vencedor precisamente porque es Víctima”. Esta atención a las paradojas recuerda a G. K. Chesterton, quien también habría sabido apreciar cómo Sheen logró comprender las ideas modernas y rebatirlas con tanta eficacia.
En un momento en que las vocaciones sacerdotales están disminuyendo en Estados Unidos, creo que el énfasis de Sheen en la espiritualidad sacerdotal resulta especialmente valioso. Con razón se lo suele elogiar por promover la práctica de dedicar una hora diaria a la adoración eucarística. Sin embargo, su visión no era fruto únicamente de la adoración y la meditación bíblica. Tenía sus raíces en el pensamiento tomista, pero también se nutría de una amplia cultura general. Sheen era filósofo, además de predicador; pastor, pero también conocedor de las obras de los grandes psicólogos clásicos. Era un orador que apreciaba la poesía, la citaba y tenía un profundo conocimiento de la literatura.
Los sacerdotes de hoy podrían aprender mucho de él, si tan solo se tomaran el tiempo de leerlo. Sheen ironizaba sobre aquellos sacerdotes que habían asimilado inconscientemente las ideas de moda, cuando podrían haberlas conocido mejor a través del estudio: “No es que los sacerdotes lean a Marx. Un cínico podría decir que no han leído de Marx más de lo que han leído de santo Tomás de Aquino”.
Me sorprende comprobar que algunos sacerdotes jóvenes de tendencia conservadora, a quienes admiro, a veces están más atentos a los aspectos externos de la liturgia, como las vestiduras y el incienso, que a la formación teológica e histórica. Los seminarios deberían formar sacerdotes que nunca dejen de estudiar, porque nada puede reemplazar la lectura. Quizá ahí radique el mayor valor de Sheen.
