Una mujer se arrodilla para rezar frente a una imagen de la “Divina Misericordia” de Jesucristo en el interior de la Catedral de San Patricio, en Nueva York, el 13 de abril. (OSV News/Shannon Stapleton, Reuters)
He escuchado innumerables testimonios de personas que, impulsivamente, rezaron a Dios: “Quisiera acercarme más a ti”, y luego se encontraron atravesando todo tipo de pruebas y sufrimientos. La moraleja de estas historias es siempre la misma: al final, en medio del sufrimiento, se acercaron más a Dios y llegaron a conocer una felicidad mucho más profunda.
Por supuesto que les creo, y sus testimonios confirman todo lo que me han enseñado acerca de la providencia de Dios.
Pero debo reconocer que, apenas escucho historias así, se activa en mí un fuerte instinto de evitar el sufrimiento. Como la mayoría de las personas, tengo una profunda aversión al sufrimiento, precisamente eso que estas buenas personas parecen haberse buscado al acercarse tanto a Dios. Por eso tomo una decisión muy clara: nunca jamás voy hacer una oración de ese estilo.
En ese sentido, me comporto como mis hijos cuando eran pequeños. Cuando llegaba la hora de dormir o de cambiarles el pañal, intentaban hacerse invisibles dándose vuelta para no verme. Si ellos no podían verme —pensaban—, quizá yo tampoco podría verlos. Y así tal vez lograrían evitar cualquier interrupción de sus juegos que los obligara a dejar lo que estaban haciendo.
La maniobra me resultaba divertida. Cuando les convenía, confiaban en mi criterio de adulto, pero en el fondo creían saber qué era lo mejor para sus vidas. No terminaban de confiar en que yo supiera usar mis poderes de adulto con inteligencia.
Espero que Dios también encuentre algo divertido en mi actitud, porque mi desconfianza no es tan distinta de la de ellos. Creo en la omnisciencia y la omnipotencia de Dios. Si a Dios le faltara conocimiento o poder, toda mi manera de entender el mundo se vendría abajo. Si Dios no fuera providente, entonces no sería Dios.
Sí, creo; pero ayuda mi falta de fe.
Al final, es una cuestión de confianza. A mis hijos les hicieron falta cientos de cambios de pañal para aceptar que los deseos de su padre eran, probablemente, el mejor camino para sus vidas.
Y yo también he llegado, poco a poco y no sin cierta resistencia, a esa misma conclusión respecto de mi Padre celestial.
Me parece que el sufrimiento es uno de los caminos más habituales para crecer en la vida espiritual. Ojalá pudiera ser de esas personas que, al contemplar un amanecer, un campo de flores silvestres o una cordillera, sienten de manera espontánea el deseo de alabar y dar gracias a Dios. Pero no soy así. Al amanecer, lo primero en lo que pienso es en el café. Y frente a las flores, pienso en los antihistamínicos.
La oración —ya sea de adoración, arrepentimiento o acción de gracias— muchas veces me cuesta. Pero hay un tipo de oración que me sale de manera natural: la súplica. Pedirle cosas a Dios no me cuesta, sobre todo cuando estoy pasando por un momento difícil. En medio del dolor físico, la tristeza o la preocupación, he pasado noches enteras rezando —pidiendo fuerzas o rogando que Dios me libre de lo que estoy viviendo— sin darme cuenta de cómo pasaba el tiempo.
“Señor, por tu gran amor, ¡respóndeme!”
Hace más de mil años, san Juan Damasceno definió la providencia como “la voluntad de Dios por la cual todas las cosas son gobernadas según la recta razón”. Todas las cosas, incluso aquellas que yo habría dispuesto de manera diferente. En esa definición no hay lugar para el azar: ni un solo cabello queda fuera de su cuidado, ni un gorrión pasa inadvertido.
“No teman”, dijo Jesús; “basta que tengan fe” (Lucas 8,50). Y, sin embargo, el miedo sigue presente en mí.
En 1931, Jesús se apareció a una religiosa polaca llamada Faustina y le dijo: “Pinta una imagen según el modelo que ves, con la inscripción: ‘Jesús, en ti confío’”. En la devoción a la Divina Misericordia que promovió, santa Faustina nos enseñó a repetir esa frase no una, sino tres veces. Para personas como yo, no hay nada exagerado en repetirla. Lo que necesito es confiar.
Porque Dios ciertamente pone a prueba a los justos, pero sus pruebas son distintas de cualquier otra. Él no espera el resultado para descubrir cómo nos irá ni obtiene un conocimiento nuevo de lo que hacemos. Somos nosotros quienes ganamos todo al reconocer nuestras debilidades, carencias, miedos y las maneras en que intentamos esquivar lo que nos duele. Las pruebas son para nuestro bien, no para el suyo.
Quizás no soy el único al que le cuesta confiar plenamente. Hace algunos años, tomé un café con un académico a quien admiro profundamente. Me contó que nunca había dudado de la existencia de Dios, pero que le costaba creer en su bondad. Después de todo, la naturaleza puede ser cruel y despiadada; y la humanidad —corona de la creación, hecha a imagen de Dios— no es menos violenta y, en cierto modo, es capaz de una crueldad única.
Entiendo sus dudas. Mi amigo académico tampoco habría dispuesto las cosas de esta manera.
Y luego está Gerard Manley Hopkins, SJ, el poeta que escribió sus «Sonetos terribles» con una cortesía y una reverencia desgarradoras.
“Eres, en verdad, justo, Señor, si yo contiendo
contigo; pero, Señor, lo que reclamo es justo.
¿Por qué prosperan los caminos de los pecadores? ¿Y por qué
todo cuanto emprendo ha de terminar en decepción?
Si fueras mi enemigo, y no mi amigo,
¿cómo podrías, me pregunto, hacer algo peor
que derrotarme y frustrarme como lo haces?”
Su manera contenida de plantear el argumento me resulta familiar. Se dirige dos veces al Señor como «señor», manteniendo una distancia prudente y respetuosa. Solo está haciendo preguntas, porque las cosas no están saliendo como las había planeado. Pero las circunstancias terminan llevándolo a protestar y, finalmente, a desahogarse por tantos fracasos. Debajo de este soneto se percibe una rabia que primero reprime, luego deja salir y que, finalmente, abandona en el último verso:
“Mío, Señor de la vida, haz que mis raíces reciban lluvia”.
Ese es el cambio que quisiera experimentar también en mi propia vida. Lo que vemos aquí es el final de la lucha de un hijo por confiar en el poder de su Padre.
Hopkins conoció el sufrimiento. Su familia le dio la espalda cuando decidió convertirse al catolicismo. Padeció los dolores y las dificultades de la enfermedad de Crohn y vivió durante años sumido en una profunda melancolía. Como poeta, publicó muy poco. Como profesor, nunca sintió que fuera realmente eficaz. Murió de fiebre tifoidea a los 44 años.
Y, sin embargo, sus últimas palabras fueron: “Estoy tan feliz, estoy tan feliz”.
Esta es la mirada que queda del otro lado de los “Sonetos terribles”. Ser felices es, en definitiva, lo que todos anhelamos. Y es también lo que nuestro Padre quiere para nosotros. Por alguna buena razón, estoy seguro, no podemos llegar al verso 14 del soneto sin pasar primero por los otros 13, los terribles.
La vida puede ser difícil. La naturaleza puede ser brutal. Las personas pueden ser crueles. Pero la providencia de Dios nunca se ve superada por las circunstancias. Lo que necesitamos es confiar.