¿Quiénes somos realmente? ¿Quiénes somos cuando el alma queda completamente desnuda: despojada del ego, despojada de la imagen que tenemos de nosotros mismos, despojada del entusiasmo, las modas y las ideologías que absorbemos sin darnos cuenta y que condicionan nuestro pensamiento, despojada del trauma que cargamos a causa de nuestras heridas, ¿y despojada de nuestras posturas habituales e inconscientes?
¿Cuándo somos sinceros?
En el uso común, la palabra “sincero” viene del latín sine cera, es decir, “sin cera”. Ser sincero sería, entonces, estar “sin máscara”: ser lo que realmente somos por debajo de todas esas capas de ego, autoimagen, ideas, traumas y mecanismos de defensa inconscientes. No es fácil llegar a esa sinceridad, porque la mente y el corazón son complejos y están cubiertos de muchas capas. Cuesta atravesarlas para tocar lo que realmente somos.
Entonces, ¿cuándo somos sinceros? Propongo dos historias como respuesta.
La primera historia proviene de Ruth Burrows, una de las grandes escritoras místicas de la espiritualidad contemporánea. Ella cuenta cómo, un día, sintió que quedó despojada de todas las “máscaras” que la cubrían y pudo ver su interior con total claridad.
Creció en Inglaterra en una familia poco practicante. Sus padres la enviaron a un colegio privado de religiosas no por motivos religiosos, sino porque la educación era mejor que la de las escuelas públicas de la zona.
Allí cursó la secundaria sin profundizar realmente en su fe. Luego, en la preparación para la graduación, las religiosas llevaron a las alumnas a un centro de retiro. Ruth y una de sus compañeras no se lo tomaron en serio y pasaron el tiempo riéndose, cuchicheando y pasándose notas durante las charlas del director del retiro. Finalmente, las religiosas las separaron del grupo y, mientras sus compañeras asistían a las conferencias, Ruth y su amiga tuvieron que permanecer en silencio en la capilla durante horas, bajo la mirada de una monja. Al principio, ella misma reconoce que siguieron resistiéndose a la seriedad, riéndose y haciéndose gestos.
Pero las horas eran largas. Y en uno de esos largos momentos de silencio, Ruth tuvo una experiencia de gracia, de claridad, de sinceridad, de desnudez interior. En ese instante se vio tal como era: una joven dispersa, superficial, sin pensar con profundidad, atrapada en el ego y en las apariencias, pero también, debajo de todo eso, una persona buena y amada profundamente por Dios. Ese único momento de claridad cambió su vida.
Ese instante de gracia llegó a Ruth de manera inesperada, aunque sin duda, en lo más profundo de su corazón, ya había una apertura a esa experiencia.
Mi segunda historia es más sencilla y terrenal, pero precisamente por eso tiene una gran fuerza. Hace algunos años, un amigo muy cercano, de apenas 54 años, estaba muriendo de cáncer. Cuando ingresó en cuidados paliativos, le llevé Historia de un alma, de santa Teresita de Lisieux. Unos días después, mientras hablábamos por teléfono, me dijo:
“Gracias por el libro de santa Teresita. Es lo único que todavía puedo leer. Cuando uno se está muriendo, desaparecen todas las tonterías. De pronto sabes qué es realmente importante y qué no”.
Para él, el proceso de enfrentar la muerte fue una experiencia profundamente transformadora. Lo llevó a una sinceridad radical consigo mismo y con la vida.
Entonces, ¿cómo llegamos nosotros a esa sinceridad? ¿Cómo atravesamos todo lo que se interpone entre nosotros y nuestra verdad más profunda, entre nosotros y esa desnudez del alma?
Necesitamos llevar conscientemente esa búsqueda a la oración cotidiana. De hecho, durante la segunda mitad de la vida, uno de los grandes desafíos de la oración consiste precisamente en despojarnos de todo lo que no somos, para presentarnos ante Dios y ante nosotros mismos tal como somos, sin máscaras ni defensas.
Eso es, en esencia, la oración contemplativa: permitir que Dios nos encuentre allí donde somos más verdaderos.
Una vez, Thomas Merton dijo: “Para Dios, un poco de sinceridad vale muchísimo”. Es una idea consoladora, porque Dios sabe que este camino no es fácil y comprende nuestras luchas. La mayoría de las veces, aunque sea de manera imperfecta, contamos al menos con una pequeña dosis de sinceridad. Y podemos conectar con ella a través de una intención profunda que va más allá de nuestros estados de ánimo y sentimientos.
Merton ofrece un hermoso ejemplo de cómo expresar esa intención en la oración:
“Señor Dios mío, creo que el deseo de agradarte realmente te agrada. Y espero no hacer nunca nada al margen de ese deseo. Sé que, si permanezco fiel a él, Tú me guiarás por el camino correcto, aunque yo no lo conozca”.
Sin embargo, llegar a esa sinceridad y a esa desnudez interior puede producir efectos inesperados. Como señala el propio Merton:
“Que nadie espere encontrar en la contemplación una vía de escape del conflicto, de la angustia o de la duda. Por el contrario, la profunda certeza de la experiencia contemplativa despierta una angustia dolorosa y abre en lo más hondo del corazón interrogantes que son como heridas que no dejan de sangrar”.
Pero no debemos olvidar la enseñanza con la que comenzó todo:
“Para Dios, un poco de sinceridad vale muchísimo”.
