Categories: Fe y Vida

Cómo transformar los encuentros sociales en oportunidades de apostolado

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Mi esposo y yo siempre hemos sido personas muy sociables. Nos gusta que nuestra casa esté llena de vida y sea acogedora, un lugar donde los demás se sientan bienvenidos y puedan aparecer sin previo aviso ni formalidades. Nuestros hijos suelen decir que nuestra casa parece una estación de tren, y no siempre lo dicen como un cumplido.

Pero a nosotros nos encanta que sea así. Con los años, y a medida que hemos madurado y —espero— nos hemos vuelto menos mundanos, nuestras reuniones sociales no solo se han vuelto más frecuentes, sino también más enriquecedoras. Ya no buscamos únicamente disfrutar de la compañía de los demás; queremos que cada encuentro nos ayude a crecer espiritualmente, tanto a nosotros como a nuestros amigos. En pocas palabras, vemos cada ocasión como una oportunidad de apostolado.

Si eso suena demasiado serio o aburrido, les aseguro que no lo es. El apostolado es perfectamente compatible con una o dos copas de vino, o con mover los muebles de la sala para hacer espacio y terminar todos bailando.

Con los años hemos llegado a convencernos de que no existen los encuentros espiritualmente neutros. Toda interacción, por breve que sea, deja una huella: nos acerca un poco más al cielo o nos aleja de él. Por eso, para un cristiano, las reuniones donde se comparten opiniones, se intercambian ideas y las personas conversan, discrepan o llegan a acuerdos tienen una importancia que va mucho más allá de ese momento.

Imaginemos una cena llena de conversaciones inteligentes y personas interesantes. Sin embargo, el ambiente general está marcado por el cinismo; abundan los chismes, las comparaciones malintencionadas y los temas superficiales o vulgares. Los invitados volverán a sus casas con el corazón un poco más endurecido y la mente algo más oscurecida. Quizás no hayan cometido ningún pecado, pero estarán menos preparados para resistir la tentación cuando este se presente.

Ahora imaginemos lo contrario: una cena alegre y animada donde se habla bien de quienes no están presentes, en lugar de criticarlos sin piedad. Donde las experiencias dolorosas se comparten no para llamar la atención, sino para ofrecer consuelo y esperanza a otros. En una reunión así no habrá lugar para la arrogancia ni para las actitudes condescendientes; en cambio, las personas se tratarán con amabilidad, sinceridad y generosidad. Incluso los temas más delicados o complejos pueden abordarse cuando se hace con, respeto, sensibilidad y prudencia.

De una reunión así, los invitados se marchan mejores de lo que llegaron y un paso más cerca del Reino de los Cielos.

Además de procurar reunir alrededor de nuestra mesa a las personas adecuadas y fomentar conversaciones enriquecedoras, hemos puesto en marcha otras iniciativas. Una de las más recientes se llama “Cócteles y Mandamientos”. La experiencia ha tenido tanto éxito que incluso hay parejas en lista de espera.

Invitamos a diez matrimonios a nuestra casa para compartir, cada dos meses, un encuentro informal con bebidas y una breve reflexión sobre uno de los Diez Mandamientos. Después pasamos a una conversación abierta sobre la santificación del domingo, el respeto a los padres o el verdadero significado de codiciar los bienes ajenos. Gracias a estos encuentros pudimos descubrir que existe una enorme necesidad de dialogar con seriedad y profundidad sobre las cuestiones más importantes de la vida.

Cada una de esas parejas, igual que mi esposo y yo, enfrenta a diario el desafío de ordenar correctamente su vida, comprender cuáles son sus verdaderas responsabilidades y esforzarse por cumplirlas. En nuestras conversaciones presentamos los Mandamientos como principios que hacen posible una vida plena y noble, en la que la persona vive en una relación armoniosa con Dios y con quienes la rodean. Poco a poco, las parejas han comenzado a ver los Mandamientos no como una lista de normas arbitrarias, sino como un regalo de un Dios amoroso y cercano, que conoce a sus hijos y sabe qué necesitan para desarrollarse plenamente.

Las ideas, las experiencias y las preguntas se suceden de manera natural, y las conversaciones resultan fascinantes. Cada uno de los Mandamientos, formulado en pocas palabras, abre la puerta a reflexiones mucho más profundas de lo que uno podría imaginar. En la hora y media que tenemos apenas alcanzamos a explorar una pequeña parte de todo lo que contienen.

Han surgido momentos muy hermosos. Alguien comparte, con total sencillez, la paz que encontró al perdonar a un padre difícil. Otra persona habla de su deseo de poner a Dios por encima de todo y de lo difícil que resulta vivirlo en la práctica. Nos ayudamos mutuamente, nos animamos unos a otros y terminamos la reunión siendo mejores —mucho mejores— de lo que éramos al llegar.

Quizás estés pensando que para formar parte de "Cócteles y Mandamientos" hay que ser una persona seria y algo aburrida. Nada más lejos de la realidad. Son personas divertidas, como cualquiera de tus amigos o conocidos. Cuando haces de tu vida social una forma de apostolado, te aseguro que la disfrutas más, no menos. Y, de paso, puede que te acerque un poco más al cielo.

Grazie Pozo Christie
La Dra. Grazie Pozo Christie ha escrito para USA TODAY, National Review, The Washington Post y The New York Times. Vive con su marido y sus cinco hijos en el área de Miami.
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Grazie Pozo Christie

La Dra. Grazie Pozo Christie ha escrito para USA TODAY, National Review, The Washington Post y The New York Times. Vive con su marido y sus cinco hijos en el área de Miami.