"Madre de Dios del Sol", icono ruso del siglo XIX. (Museo de Arte Bíblico)
1 Reyes 3, 5.7-12 / Salmo 118 (119), 57.72.76-77.127-130 / Romanos 8, 28-30 / Mateo 13, 44-52
¿Cuánto vale para nosotros la vida nueva que hemos recibido en Cristo?
¿Amamos sus palabras más que el oro y la plata, como proclamamos en el salmo de hoy? ¿Estaríamos dispuestos, como los personajes del Evangelio, a vender todo lo que tenemos para alcanzar el Reino que Cristo nos promete?
Si Dios nos concediera cualquier deseo, ¿seguiríamos el ejemplo de Salomón en la primera lectura? En lugar de pedir una larga vida o riquezas, ¿pediríamos la sabiduría para conocer los caminos de Dios y desear cumplir su voluntad?
El contexto del Evangelio de este domingo, al igual que en las semanas anteriores, es el rechazo que encontró la predicación de Jesús entre muchos en Israel. El Reino de los Cielos ha llegado en medio de ellos, pero muchos no logran reconocer que Jesús es el cumplimiento de las promesas de Dios, un don de su misericordia para que ellos —y también nosotros— tengamos vida.
También nosotros estamos llamados a redescubrir continuamente el Reino, a encontrarlo como un tesoro escondido o una perla de gran valor. Frente al Reino de Dios, todo lo demás pierde valor (cf. Filipenses 3, 8).
Y debemos estar dispuestos a renunciar a todo lo que tenemos —a nuestras prioridades y a nuestros propios planes— para alcanzarlo.
El Evangelio revela lo que san Pablo llama, en la segunda lectura, el propósito del plan de Dios (cf. Efesios 1, 4): que Jesucristo sea el primogénito entre muchos hermanos.
Sus palabras iluminan a los sencillos, a quienes tienen un corazón humilde. Como Salomón en la primera lectura, también nosotros debemos presentarnos ante Dios con humildad y ponernos a su servicio. Que nuestra oración sea la de un corazón dócil, que solo anhele cumplir su voluntad.
Estamos llamados a amar a Dios, a encontrar alegría en su ley y a apartarnos de todo camino de falsedad. Día tras día debemos configurarnos más plenamente con la imagen de su Hijo.
Si vivimos de ese modo, podremos acercarnos a su altar como una ofrenda agradable, confiados en que Dios hace que todas las cosas cooperen para el bien de quienes lo aman y en que, así como nos ha justificado, también un día nos glorificará.