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R.S. Thomas: la fe incierta de un enigmático poeta galés

R.S. Thomas (1913-2000), pastor anglicano y reconocido poeta galés, era un hombre lleno de contradicciones. Defendía con pasión la lengua galesa, pero escribía en su idioma natal, el inglés. Era un vicario incapaz de sostener una conversación trivial, con un rostro que recordaba al de Heathcliff y un carácter que algunos describían como el de un ogro.

Estuvo casado durante 51 años con la pintora Elsi Eldredge, una artista de gran talento cuya obra quedó eclipsada y, en gran medida, ignorada por el propio Thomas. «Sería difícil encontrar una pareja más extraña fuera de una novela», comentó un vecino. Aun así, ambos vivían en armonía, en una casa donde la temperatura apenas superaba el punto de congelación. A veces pasaban días enteros sin dirigirse la palabra. Elsi coleccionaba ratones muertos y cráneos de conejos; Thomas horneaba pan para llevar a sus feligreses.

Tuvieron un hijo, Gwydion, quien pasó los primeros ocho años de su vida completamente aislado de otros niños. Después fue enviado a un internado. "Crecí en una casa sin electricidad, envuelta en una niebla helada que, al llegar el verano, se transformaba en un lugar lleno de vida, con prados de heno, zarapitos y nidos de avefrías. Tuve una infancia mágica. Y, aun así, me enviaron lejos".

En una ocasión, su padre le explicó el motivo: “Si no te hubiéramos enviado, no habríamos tenido tiempo para escribir y pintar”.

Años más tarde, Gwydion resumió aquella experiencia con amarga ironía: “Alguien tenía que pagar el precio de recorrer aquellas frías casas parroquiales mientras ellos dos llevaban una intensa vida artística. El problema fue que ese alguien fui yo”.

Según Gwydion, Thomas seguía “una rutina absolutamente rígida, día tras día, década tras década”. Después del desayuno, se retiraba a su estudio, como él mismo decía, “a leer y escribir”. A las once comía pan con queso. Por la tarde continuaba leyendo y escribiendo. De cinco a ocho visitaba a los enfermos. A las ocho cenaba y luego se iba a dormir.

La biografía "The Man Who Went into the West: The Life of R.S. Thomas" (El hombre que se fue al oeste: la vida de R.S. Thomas), de Byron Rogers (Aurum Press Ltd., US$18.77), recibió en 2007 el prestigioso Premio Conmemorativo James Tait Black en la categoría de biografía y constituye una excelente introducción a esta figura tan fascinante como contradictoria.

Rogers (1942-2025) tenía 17 años cuando conoció por primera vez al poeta en la iglesia de San Miguel, en Eglwys Fach, la parroquia galesa donde Thomas fue vicario entre 1954 y 1967. En aquella etapa, Thomas escribía sobre los agricultores del centro de Gales.

“Escribía sobre la fe religiosa cuando, para muchos, esta parecía poco más que una fantasía. Criticaba la vida moderna, la tecnología, el avance de los ingleses sobre Gales y a los propios galeses, a quienes responsabilizaba del deterioro de su cultura y de su lengua. En su poesía no había consuelo ni respuestas”.

Y nunca las habría.

Thomas detestaba los himnos, despreciaba las tarjetas navideñas y, en una ocasión, mandó pintar de negro los bancos de la iglesia de su pueblo.

Ni siquiera está del todo claro que creyera en Dios, y mucho menos que aceptara los principios fundamentales del cristianismo. En un documental de la BBC de 1972 afirmó:

“El mensaje del Nuevo Testamento es poesía. Cristo fue un poeta; el Nuevo Testamento es una metáfora y la Resurrección también es una metáfora”.

Sharon Young, la primera esposa de Gwydion Thomas, recordaba la primera vez que conoció a quien sería su suegro. Tenía 19 años. Thomas no quería que su hijo saliera con ella; se negó a dirigirle la palabra y abandonó la habitación de manera abrupta.

Ella quedó desconcertada.

Lo sorprendente era que llevaba leyendo sus poemas desde los 15 años y los consideraba extraordinarios.

Conocer a Thomas fue una experiencia desconcertante, pero también reveladora. “Me enseñó algo sobre el misterio del arte que nadie me había explicado y que, en ese momento, ni siquiera quería saber: que algunas personas son capaces de crear una obra que no refleja en absoluto su personalidad. Que un hombre con tantas dificultades en el trato personal pudiera escribir una poesía tan sublime... era como si, por momentos, algo más hablara a través de él”.

Y, pese a la fama de hombre frío y distante, muchos daban testimonio de su ternura, de su sentido del humor, de su hospitalidad y de su generosidad. Visitaba con fidelidad a los ancianos y a los enfermos, aunque a menudo tuviera poco que decirles.

Sentía una profunda pasión por las aves. De hecho, quienes mejor lo conocían solían decir que parecía querer más a los pájaros que a las personas.

A lo largo de su vida publicó 25 libros de poesía y recibió numerosos reconocimientos literarios, entre ellos una nominación al Premio Nobel de Literatura.

En un breve retrato documental de 1995, Thomas aparece de pie sobre unas rocas frente al mar y reflexiona:

“Si alguien llega a recordarme, supongo que será por algunos de los poemas que escribí. Pero, como persona, espero que otros puedan encontrar algo valioso en mi ejemplo: el de alguien que amó la vida al aire libre, que amó las cosas de esta tierra y que recibió el don de saber verlas y escucharlas”.

Murió cinco años después.

Y resulta difícil leer su poema "The Bright Field" (El campo luminoso), publicado en 1975, sin pensar que, pese a todas sus dudas, en el fondo siempre conservó el corazón de un vicario.

He visto al sol abrirse paso
para iluminar por un instante
un pequeño campo, y seguí mi camino
olvidándolo. Pero aquel era
la perla de gran valor, el único campo que escondía
un tesoro. Ahora comprendo
que debo entregar todo lo que tengo
para poseerlo. La vida no consiste en correr

tras un futuro que siempre se aleja, ni en añorar
un pasado imaginado. La vida consiste en detenerse,
como Moisés, ante el milagro
de la zarza ardiente; ante un resplandor
que, como alguna vez lo pareció tu juventud,
parecía pasajero,
pero que es la eternidad que te espera.

Heather King
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Heather King

Tags: poesia