Dolly Parton aparece en una valla publicitaria en Los Ángeles en 2024. (Shutterstock)
Julia Roberts contó una vez una anécdota sobre los días que compartió con Dolly Parton durante el rodaje de Steel Magnolias. A Roberts le sorprendía que Dolly no se solidarizara con sus quejas por el sofocante calor de Luisiana.
“Cuando era niña, quería ser rica y famosa”, le dijo Parton. “Ahora soy ambas cosas. Así que no voy quejarme”.
Era la esencia de Dolly: directa, ingeniosa y con los pies en la tierra. Tenía esa capacidad de despertar conciencias sin caer jamás en la santurronería. Y lo que hizo con su fama y su fortuna —regalar libros a niños que daban sus primeros pasos en la lectura, otorgar becas y ayudar a las víctimas de desastres naturales— la convirtió en algo verdaderamente excepcional: una de esas raras figuras públicas estadounidenses a las que todo el mundo parece querer.
Dolly era una institución nacional tan arraigada que cuesta creer que realmente se haya ido. Pero, en cierto modo, no lo ha hecho. Su música, sus obras benéficas y su humildad, libre de prejuicios, seguirán tocando vidas y forjando un legado que trasciende a la mujer de carne y hueso que fue Dolly Parton.
Tal vez por eso pensé en Dolly mientras leía un libro proveniente de un universo aparentemente muy distinto, poco después de conocerse la noticia de su muerte.
Rebecca, de Daphne du Maurier, es un thriller gótico publicado en 1938, un melodrama ambientado en el mundo de la aristocracia terrateniente inglesa, un escenario muy lejano de Pigeon Forge, Tennessee, el pueblo natal de Parton. La novela está narrada desde la perspectiva de una mujer cuyo nombre nunca conocemos y que vive a la sombra de la primera esposa de su marido, la fallecida Rebecca que da título a la obra.
Joan Fontaine protagoniza la adaptación cinematográfica de Rebecca.
La protagonista comienza a sentir unos celos obsesivos hacia Rebecca y por la evidente influencia que esta, aun después de muerta, sigue ejerciendo sobre su esposo, el aristócrata Maxim de Winter. Significativamente, Rebecca nunca aparece en la novela ni habla por sí misma: cuando comienza la historia, ya ha muerto. Cuando De Winter lleva a su nueva esposa —joven, ingenua y de una clase social más baja— a Manderley, la extensa propiedad familiar junto al mar, ella se siente insegura, sola y desorientada. No tiene un trabajo ni una ocupación que dé sentido a sus días, y todas sus necesidades y deseos están cubiertos.
En ese vacío se instala el fantasma figurado de Rebecca, una mujer de quien, al igual que de la fallecida Dolly Parton, se nos hace entender que era más grande que la vida misma: hermosa, talentosa en muchos ámbitos y, aparentemente, querida por todos.
Más allá de que una de ellas es un personaje de ficción y la otra fue una persona real, existe una diferencia fundamental entre Rebecca y Dolly: Dolly llevó una vida con propósito y puso su fama y su riqueza al servicio de los demás. Como miembro de una clase privilegiada y ociosa, los intereses de Rebecca no parecen ir más allá de Manderley y de los círculos sociales que la rodean.
Gracias a la magistral y evocadora prosa de Du Maurier y a la inquietante adaptación cinematográfica de Alfred Hitchcock, Rebecca es recordada, con toda razón, como una obra de terror claustrofóbico. Pero también es una sombría reflexión sobre la tragedia de tenerlo todo y, al mismo tiempo, no representar nada.
Resulta difícil no advertir cuánto de la acción de Rebecca transcurre durante una comida, mientras los personajes esperan la siguiente o mientras la preparan. ¡Y qué comidas! Du Maurier despliega su prodigioso talento literario para describir los abundantes banquetes de tés, almuerzos y desayunos, con una frecuencia y una extensión que rivalizan con las de J.R.R. Tolkien. Como la protagonista no tiene nada verdaderamente significativo que hacer, el acto de consumir se convierte en el eje de sus días y en la manera de medir el paso del tiempo.
Con toda la extravagancia gótica de la novela, es fácil olvidar que los personajes de Rebecca habitan la misma campiña inglesa que célebres personajes de ficción británicos como el Sr. Sapo y Bertie Wooster. Sin embargo, los personajes de Du Maurier parecen tener más dinero que sentido común. Cuando la narradora le cuenta a Beatrice, la aficionada a los caballos hermana de De Winter, que no caza ni sabe montar demasiado bien, su cuñada no logra comprender qué piensa hacer la joven esposa durante todo el día en el campo.
Beatrice y su familia parecen, por momentos, personajes salidos de Right Ho, Jeeves: se nos cuenta que Roger, su único hijo, al que nunca llegamos a conocer, se interesa principalmente por los caballos y ha sido enviado a Oxford simplemente porque su familia no sabe qué otra cosa hacer con él. Pero mientras Kenneth Grahame y P. G. Wodehouse retrataron con humor y cierta gentileza a la aristocracia rural ociosa, Du Maurier presenta un mundo vacío de propósito.
El decadente y hermético círculo social de los De Winter es una especie de invernadero donde florecen el asesinato, los celos y la obsesión —aunque, dicho así, suena un poco como la trama de una clásica balada country—. La autora consigue seducir al lector con ese mundo, hasta que la realidad irrumpe como un balde de agua fría cada vez que descubrimos que Manderley y sus habitantes son apenas una preocupación pasajera para los vecinos de clase media y trabajadora de los De Winter.
Cuando los protagonistas trasladan brevemente su turbio drama a la casa de un amable médico jubilado, en una tranquila zona de Londres, surge un contraste marcado, y casi cómico, entre la feliz vida familiar que él ha construido tras décadas de servicio y los frutos podridos de la cómoda y ensimismada existencia de los De Winter. Al final, para resolver su dilema, la protagonista de Du Maurier y su esposo reducen aún más los límites de su mundo y optan por una vida aislada y sumida en un aburrimiento asfixiante.
Dolly Parton se presenta en el Festival de Glastonbury en 2014. (OSV News/Cathal McNaughton, Reuters)
¿Qué tiene que ver todo esto con Dolly? Para los lectores estadounidenses del siglo XXI, la enorme riqueza heredada que aparece en Rebecca puede parecerles algo muy lejano. Sin embargo, nuestras vidas son mucho más cómodas y fáciles de lo que los personajes de la novela jamás habrían podido imaginar. Y, aun así, nuestra sociedad también es víctima de ese consumo sin rumbo que Du Maurier retrata: tenemos servicios de entrega a domicilio al alcance de un clic, pero un tercio de nuestros jóvenes lucha por encontrarle sentido o propósito a su vida.
Se dice que Dolly alguna vez dijo: “Descubre quién eres y hazlo con propósito”. En una época en la que a muchos les cuesta precisamente eso, su ejemplo de poner los dones recibidos al servicio de los demás ofrece un camino a seguir. Ese fue el principio que marcó la vida de Dolly. También podría haber cambiado la historia de Rebecca. Y podría hacer lo mismo con la nuestra.