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Netflix, el crimen y la depravación: una combinación que nos deshumaniza

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Como a muchos, me fascinan los documentales sobre sectas: “The Vow” (esclavitud sexual), “Wild Wild Country” (un “gurú” indio), “Waco: American Apocalypse”.

Y también disfruto de las buenas series de crímenes reales, como “Making a Murderer” o “The Staircase”.

A lo largo de los años vi muchísimas producciones de este tipo, aunque suelo dosificarlas: un par ahora, otra dentro de seis meses.

Pero hace poco escuché hablar de una nueva serie documental de Netflix de cuatro episodios titulada “Trust Me: The False Prophet”.

La serie trata sobre la Iglesia Fundamentalista de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (FLDS), una rama disidente del mormonismo que, por lo que ya sabía, parecía combinar los aspectos más perturbadores de “El cuento de la criada”, “Las mujeres perfectas”, “El bebé de Rosemary”, la Rusia estalinista y los sacrificios infantiles aztecas.

Obviamente, no podía dejarla pasar. Ni siquiera tenía Netflix, pero en cuestión de minutos ya me había suscripto por un mes.

“Trust Me” cuenta la historia de Samuel Bateman, un tipo bastante limitado, de cara inexpresiva, que usaba una campera blanca de cuero al estilo Elvis, manejaba un Bentley y tenía 20 esposas, algunas de apenas 9 años.

Las mujeres de la FLDS están obligadas a usar vestidos largos de estilo campesino, en tonos pastel y mangas largas hasta los tobillos; peinarse con trenzas y voluminosos recogidos; y rodear con admiración a sus maridos polígamos, muchas veces bastante mayores y poco atractivos.

Gracias a Dios, Samuel Bateman fue condenado a 50 años de prisión.

Y apenas terminé esa serie, pasé compulsivamente a otra producción documental de cuatro capítulos: “Keep Sweet: Pray and Obey”. Esta se centra en el líder que antecedió a Bateman, otro aterrador pedófilo polígamo que, afortunadamente, hoy cumple cadena perpetua.

 

Durante unos días me obsesioné con el tema. Me puse a recorrer las cuentas de Instagram de algunas de las mujeres que habían logrado escapar valientemente de esa secta tóxica. También hojeé un e-book de Rebecca Musser —una exmiembro que logró huir— titulado “The Witness Wore Red: The 19th Wife Who Brought Polygamous Cult Leaders to Justice” (Grand Central Publishing, US$19,99). Y seguí viendo una interminable cantidad de videos de YouTube sobre la FLDS.

Encima, Netflix tiene un algoritmo perversamente efectivo que hace casi imposible recorrer el catálogo con tranquilidad. Una vez que “descubre” que acabás de pasar ocho horas viendo historias depravadas y perturbadoras de universos paralelos, el algoritmo empieza a recomendarte cantidades industriales de contenidos similares.

Así terminé, durante una semana entera, despierta a la una de la madrugada pasando automáticamente de un documental a otro: “What Jennifer Did” (una chica que mandó matar a sus padres), “The Perfect Neighbor” (una pelea entre vecinos que acaba en tragedia), “The Shooting at Hawthorne Hill” (un caso de intento de asesinato en el mundo ecuestre), “The Truth and Tragedy of Moriah Wilson” (sobre una ciclista; estas series te hacen pensar que muchos atletas viven con graves problemas psicológicos), “Sins of Our Mother” (más fanáticos mesiánicos y asesinatos familiares), “Murder in Monaco” (un exboina verde convertido en mayordomo que “asfixió accidentalmente” a su jefe millonario y a su secretaria), “The Puppet Master: Hunting the Ultimate Conman” y el caso de Lucy Letby, una enfermera neonatal; mejor no entrar en detalles.

Todo esto, viniendo de alguien que durante años decía, con cierto aire de superioridad: “La verdad, yo no soy de mirar maratones de series”.

 

Estas producciones suelen seguir siempre la misma fórmula. Empiezan, por lo general, con una llamada desesperada y entrecortada al 911 que, más tarde uno descubre, muchas veces hizo el propio culpable. Mientras suena una música oscura y dramática, aparece entonces algún policía, fiscal, detective o forense asegurando que, en décadas de carrera, nunca había visto un caso tan perverso, brutal o escalofriante como ese. Después entra en escena un familiar o amigo, medio oculto entre sombras, mostrando en el celular un mensaje de texto sospechosamente incriminador o “premonitorio”.

A continuación llegan las clásicas imágenes borrosas de la sala de interrogatorios, con fecha y hora en pantalla: un mentiroso patológico, narcisista o sociópata vestido con ropa desaliñada se retuerce en la silla, camina nervioso y termina hundido con la cabeza entre las manos mientras sus mentiras empiezan a desmoronarse.

Todos lucen pálidos, agotados, emocionalmentente destruidos, poco confiables y al borde de un colapso nervioso. (La excepción son quienes lograron escapar de los mormones fundamentalistas: todos tienen dientes perfectos y parecen estrellas de música country o modelos). Todos viven en casas idénticas, apagadas y color arena en algún suburbio de Phoenix o Denver. Todos comen comida rápida. Nadie parece abrir un libro jamás.

Desde nuestra cómoda posición de espectadores, es fácil olvidar que detrás de estas historias hay personas reales: seres humanos condenados a vivir encerrados en su propia locura o intentando seguir adelante mientras cargan traumas inimaginables.

Claro que queremos justicia. Hay algo profundamente satisfactorio cuando finalmente atrapan al culpable. Pero, pasado el impacto inicial, estos documentales rara vez dejan una verdadera enseñanza o una sensación de cierre. Nada se resuelve del todo. Los daños y las heridas se heredan de generación en generación. El tráfico sexual, las drogas y las estafas siguen existiendo.

Y yo misma, sin darme cuenta, había terminado convirtiéndome en parte de la multitud del Calvario, gritando: “¡Crucifíquenlo!” (o “¡Crucifíquenla!”).

Lo que más me inquietó después fue darme cuenta de esto: mientras pasaba horas acostada en la oscuridad, preguntándome cómo personas aparentemente normales podían caer en manipulaciones tan obvias, yo también había entrado en una especie de estado hipnótico, muy parecido al de quienes siguen a un líder sectario.

El mensaje implícito era: “Pensá por mí. No me hagas esforzarme demasiado. No me hagas sentir. Voy a quedarme acá consumiendo todo esto pasivamente, aunque sepa, en el fondo, que mi voluntad y mi capacidad de desear algo mejor se están apagando”.

Entonces me acordé de la chinche asesina, un insecto del que había leído alguna vez: paraliza a su presa con toxinas, convierte sus órganos en una especie de líquido y después los absorbe lentamente.

¿Por qué no estaba rezando por esas personas? ¿Por qué no rezaba, simplemente, para apagar la computadora?

No digo que nunca vuelva a ver un documental sobre sectas o crímenes reales, pero sí cancelé mi suscripción a Netflix.

Y desde entonces vuelvo una y otra vez a un pasaje de Isaías 33, 14-16, sobre el hombre justo:

“Aquel que rechaza el provecho injusto,
que aparta sus manos del soborno,
que se tapa los oídos para no escuchar sobre violencia
y cierra los ojos para no mirar el mal.

“Ese habitará en las alturas;
su refugio será una fortaleza de roca;
nunca le faltarán el pan ni el agua”.

Heather King
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Heather King

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