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Entre la hambruna y el tifus: cómo las Hermanas de la Caridad de Montreal asistieron a los inmigrantes irlandeses

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La historia que apareció en mi portal de noticias parecía sacada de una película. Aunque ocurrió hace 180 años y al otro lado del continente, sigue siendo una historia que interpela a cualquier persona, sin importar la época o el lugar en el que viva.

Para nosotros los católicos —especialmente quienes tenemos raíces irlandesas—, tiene un significado particularmente profundo y conmovedor.

Era el verano de 1847 en Montreal, mientras al otro lado del océano se vivía una de las peores tragedias humanas de la época: la gran hambruna irlandesa. No voy a detenerme en las cuestiones políticas que la rodearon, porque harían falta muchas más palabras para hacerles justicia. Pero, si les interesa profundizar en el tema, recomiendo el libro Paddy’s Lament (Mariner Books, $11.40), de Thomas Gallagher.

En pocas palabras, una plaga destruyó los cultivos de papa, alimento básico de la población, y como consecuencia un millón de irlandeses murió de hambre. Además, debido a la emigración masiva, Irlanda perdió una cuarta parte de su población. Para ponerlo en perspectiva, sería como si hoy desaparecieran 82 millones de estadounidenses.

Cientos de miles de hombres, mujeres y niños irlandeses huyeron hacia América del Norte. La mayoría se instaló en Estados Unidos y otros tantos llegaron a Canadá. Y, dicho de manera amable, no fueron precisamente recibidos con los brazos abiertos. Las dificultades que enfrentaron aquellos que llegan como “extranjeros” a una tierra desconocida es similar a las que viven hoy tantos inmigrantes.

En Montreal, la situación fue especialmente dura. Mientras crecían el miedo y el rechazo, empezaron a llegar barcos cargados de inmigrantes irlandeses afectados por tifus. Para agosto de ese año, ya habían desembarcado unas 75.000 personas, y la cantidad de enfermos era tan grande que las autoridades comenzaron a levantar improvisados galpones de aislamiento. Ningún hospital quería recibirlos, y casi no había médicos ni enfermeras dispuestos a acercarse.

En aquella época se sabía que el tifus era una enfermedad mortal y muy contagiosa, aunque todavía no se comprendía que se transmitía a través de los piojos que infestaban a los inmigrantes hacinados en los barcos, conocidos después como “coffin ships” (barcos ataúd).

Los cadáveres eran arrojados al puerto, y hubo multitudes enfurecidas que incluso intentaron tirar al mar a algunos sobrevivientes. Soldados británicos vigiaban los galpones de aislamiento día y noche para evitar que los enfermos salieran. Había decenas de ellos, y algunos eran enormes. Pero ni siquiera eso lograba calmar el temor de los habitantes de Montreal: en medio del pánico, hubo quienes intentaron prender fuego los galpones con los irlandeses todavía adentro.

El alcalde de Montreal enfrentó con valentía a las multitudes enfurecidas y, cuando la situación llegó a su punto más crítico —con decenas de barcos repletos de enfermos y moribundos—, el obispo de la ciudad salió a buscar ayuda. Y la encontró en la congregación de las Hermanas de la Caridad de Montreal, conocidas como las Monjas Grises.

Muchas de ellas eran muy jóvenes cuando entraron en aquellos galpones de aislamiento para cuidar a los enfermos y acompañar a quienes estaban muriendo, aun sabiendo el riesgo que corrían. Varias terminaron contagiándose y murieron. Pero, de manera casi increíble, siguieron llegando más religiosas dispuestas a ayudar: las Sisters of Providence (Hermanas de la Providencia) e incluso las Sisters of Hôtel-Dieu (Hospitalarias de San José), una orden de clausura que recibió un permiso especial del obispo para salir del convento y atender a los enfermos.

Como en una película, el ejemplo de estas mujeres empezó a conmover a la gente de Montreal. Algunos se sintieron avergonzados; otros, profundamente inspirados. Poco a poco comenzaron a llevar comida y artículos esenciales para los inmigrantes. Más sorprendente todavía fue que muchas jóvenes empezaron a pedir ingresar a la congregación de las Monjas Grises. Cuando finalmente terminó la epidemia, habían muerto entre 3.500 y 6.000 inmigrantes irlandeses, además de decenas de religiosas y voluntarios que se ofrecieron a ayudar.

No lograron curar a nadie. En aquella época, el tifus simplemente mataba o daba una mínima posibilidad de sobrevivir. Pero lo que hicieron esas religiosas —lo mismo que la Iglesia ha hecho durante siglos, ya fuera en los galpones de Montreal, en las ciudades devastadas por la peste en la Europa medieval o en las calles más pobres de Calcuta— fue hacerles sentir a quienes sufrían y estaban solos que Jesús seguía allí, junto a ellos.

Me alegra haberme encontrado con este pequeño episodio de una historia casi olvidada; un momento en el que el capítulo 25 del Evangelio de Mateo se hizo carne en la vida sencilla y entregada de aquellas religiosas. Su recuerdo merece mucho más que unas pocas líneas en una publicación de redes sociales. Por eso, recomiendo tomarse el tiempo para conocer más sobre esta historia en los Irish Famine Archives (Archivos sobre la Hambruna Irlandesa) disponibles en internet.

Ojalá también nosotros podamos dejarnos interpelar por su ejemplo, como les ocurrió a tantos habitantes de Montreal que, al ver esa fe puesta en acción, se sintieron movidos a ayudar. Tal vez hoy no existan barcos cargados de enfermos llegando al puerto, pero sí siguen existiendo incontables personas que necesitan ayuda. Y eso nos da infinitas oportunidades de hacer lo mismo que hicieron las Monjas Grises: darle vida al Evangelio a través de nuestras acciones.

Robert Brennan
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Robert Brennan