Candace Owens habla en la CPAC en Washington D. C. en 2023. (Shutterstock)
Existe una frase muy común entre los usuarios de X (antes Twitter): “Twitter no es la vida real”. La usan para recordarse mutuamente que las polémicas que explotan en esa red social en realidad no ocupan la atención de la gran mayoría de las personas, especialmente de quienes ni siquiera usan X.
Y tengo la sensación de que lo mismo ocurre en otras plataformas de internet. Basta con hacer una prueba: ¿te suenan estas polémicas recientes? Hasan Piker diciendo que a veces está bien robar en tiendas “como un pequeño gusto”; Candace Owens insinuando que hay algo sospechoso detrás de Erika Kirk; o la comentarista conservadora Brett Cooper afirmando que Nick Fuentes y “Sneako” tienen “aura”, mientras que “Clavicular” no la tiene.
Prácticamente todas las personas mencionadas fueron protagonistas de extensos perfiles periodísticos y artículos de opinión. Muchos de esos textos eran críticos y advertían sobre cómo ciertas figuras populares de internet contribuyen a generar confusión moral.
A medida que más personas se interesan por el cristianismo en internet —especialmente por el catolicismo— también crece la preocupación por influencers que se benefician al difundir contenido religioso falso o publicaciones provocadoras pensadas únicamente para generar interacción. Además, el hecho de que las teorías conspirativas hayan comenzado a instalarse cada vez más en el debate público también debería preocupar a los católicos, sobre todo porque, hasta hace relativamente poco en la historia de Estados Unidos, los propios católicos solían ser blanco de ese tipo de sospechas y teorías paranoicas.
Cuando hay tanto en juego, ¿cómo pueden las personas de buena voluntad defender la verdad y la claridad? Aunque pueda sonar demasiado ingenuo u optimista, creo que, en lo que respecta a los influencers, quizá estemos atrapados en un círculo que termina alimentando una especie de pánico moral. Y tal vez la mejor respuesta sea, simplemente, cambiar de tema con amabilidad.
Basta mirar el programa de YouTube de Candace Owens, que tiene casi 6 millones de suscriptores. Según algunas métricas, su contenido alcanza un promedio de 3 millones de reproducciones y descargas al mes. Owens suele difundir rumores y teorías sobre celebridades, desde la primera dama francesa Brigitte Macron hasta la actriz Blake Lively. Pero lo más preocupante es que también ha promovido complejas teorías conspirativas sobre el asesinato de Charlie Kirk, implicando no solo a la propia esposa de Kirk, sino también a místicos judíos del siglo XVII y a antiguas sectas heréticas, a las que agrupa bajo la expresión “la Iglesia de Satanás”.
Ese tipo de lenguaje aparece con frecuencia en espacios antisemitas de internet; un ejemplo reciente y muy conocido fue el del presunto autor del incendio de una sinagoga en Mississippi. La insistencia de Owens en presentar el Talmud y el judaísmo bajo una luz sospechosa forma parte de una creciente ola de antisemitismo en Estados Unidos y en internet.
Hasan Piker se dirige a la multitud durante la manifestación March For Our Lives de 2022 en Los Ángeles. (Shutterstock)
Pero para adelantarse a las teorías conspirativas, primero hay que explicarles esas ideas a las personas comunes que no viven pendientes de podcasts, sin perder de vista dos desafíos bastante complicados: a) mantener su atención y b) no sonar como un loco (buena suerte con eso).
Y la verdad es que esas personas son muchísimas. En un país de 330 millones de habitantes, solo unos 70 millones escuchan podcasts o los ven en YouTube. Eso representa apenas poco más del 20% de los estadounidenses. Y, siendo realistas, ¿cuántos prestan verdadera atención al contenido que consumen? Si ahora mismo unos ninjas irrumpieran en mi casa y me pidieran resumir los cinco puntos principales del último podcast que escuché, probablemente no podría hacerlo. Y sospecho que a más de uno le pasaría lo mismo.
Algunos católicos quizá conozcan a Candace Owens por su etapa en The Daily Wire o por su mediática conversión al catolicismo. También se ha aliado públicamente con otra conversa conocida, Carrie Prejean Boller, quien recientemente fue apartada de la Comisión de Libertad Religiosa del presidente Donald Trump tras, según se informó, “secuestrar” un panel televisado de la comisión. Boller, que lleva muy poco tiempo como católica, ha tergiversado públicamente enseñanzas de la Iglesia sobre el sionismo y ha pedido de manera insistente que obispos reconocidos salgan en su defensa.
El testimonio público de estas mujeres puede —y quizá debe— ser examinado críticamente. Pero quienes consideran preocupantes sus posturas también deberían reconocer que la polémica es, precisamente, parte de su marca personal. Intentar vencerlas en su propio terreno es, en cierto modo, perder desde el principio. La periodista británica Mary Harrington escribió recientemente en UnHeard que los influencers que viven de las teorías conspirativas y de la “crítica permanente” en realidad no están interesados en la verdad, sino en generar interacción y llamar la atención.
“La victoria no es el objetivo”, escribe Mary Harrington. “Tampoco se busca construir algo a partir de ella. Resolver las cosas no resulta tan atractivo; lo que mantiene enganchada a la audiencia es la búsqueda permanente”.
Desde hace semanas, siento que mi feed de X está inundado de discusiones sobre Hasan Piker, un streamer de izquierda en Twitch con cerca de 3 millones de seguidores. Al igual que Candace Owens, también ha hecho comentarios muy polémicos sobre Israel y los judíos, y en el último año ha sido protagonista tanto de perfiles elogiosos como de duras críticas en los medios.
Pero no estoy segura de que ni Piker ni Owens merezcan realmente semejante nivel de atención y dramatismo. Una encuesta reciente mostró que el 60% de los votantes registrados ni siquiera había oído hablar de Piker. Y en el caso de Owens, un 27% de los votantes verificados dijo no saber quién es; además, entre quienes sí la conocen, casi el doble tiene una opinión negativa de ella frente a quienes la ven favorablemente.
Alzar la voz contra las mentiras y los discursos de odio puede ser un deber moral. Pero, en internet, donde la atención es la moneda más valiosa, la indignación pública frente a un streamer o youtuber polémico muchas veces solo termina dándoles más visibilidad y alentándolos a ir todavía más lejos con sus provocaciones y declaraciones escandalosas. Cuando personas o medios serios les prestan demasiada atención, corren el riesgo de legitimarlos y reforzar la imagen que ellos mismos quieren proyectar: la de supuestos valientes que desafían al “establishment”. Guardar silencio no siempre es cobardía moral; a veces, negarse firmemente a entrar en ese juego también puede ser una forma de mostrar que ciertas ideas no merecen aceptación social.
Si cada reacción solo alimenta aún más su maquinaria constante de contenido, ¿qué pasaría si simplemente dejáramos que estas figuras polémicas de internet terminaran agotándose solas? Quizá eso sea más útil que intentar ganarle una discusión a alguien cuyo modelo de negocio consiste justamente en convertir la provocación en entretenimiento.
Todos hemos escuchado la frase de que “lo único necesario para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada”. Pero, en este caso, quizá un poco de indiferencia bien entendida no sea algo tan malo. Tal vez la energía mental que gastamos preocupándonos por influencers oportunistas que supuestamente están corrompiendo a los jóvenes estaría mejor invertida en pensar cómo hacer más accesibles los deportes juveniles o cómo revertir la caída del voluntariado en Estados Unidos.
Y quizá funcione. En Dallas prohibieron los teléfonos celulares durante la jornada escolar y los chicos empezaron a volver a las bibliotecas para sacar libros. El mundo de los influencers solo nos perjudica si se lo permitimos. Así que no se lo permitamos.