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Artemis II: incluso los no creyentes pensaron en Dios al orbitar la Luna

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Hemos vuelto a la Luna.
Para ser más precisos, volvimos y la orbitamos. Pero, en el proceso, la tripulación de la nave Artemis II se convirtió en la primera en viajar tan lejos de la Tierra. Este ensayo general para futuras misiones lunares tuvo uno o dos contratiempos: un inodoro averiado y un misterioso olor a cables quemados. Sin embargo, en líneas generales, todo salió bien. Con su exitoso amerizaje frente a la costa de San Diego, entramos en una nueva fase de la exploración lunar.

Este logro no despertó tanto entusiasmo en el público en general como lo hizo en mí, y debo admitir que eso me decepcionó un poco. Hubo cobertura en los medios, pero no tanta como para competir con lo que mostraba TMZ. Quizás sea porque crecí en otra época, aquella en la que nos levantábamos por la mañana, nos reuníamos frente a nuestro gran televisor en blanco y negro y veíamos despegar cohetes en los programas Mercury y Gemini.

Para cuando llegó el programa Apolo, el televisor a color ya existía, pero la emoción y la sensación de estar presenciando algo histórico eran las mismas. Aquellos lanzamientos eran verdaderos acontecimientos, y chicos como yo, fascinados por el romanticismo de todo aquello e ignorantes de los riesgos que implicaba, podíamos decir de memoria los nombres de las tripulaciones de cada misión. Para nosotros, eran como estrellas deportivas.

Pero en aquel entonces, y al parecer también ahora, los viajes espaciales no solamente encendían la imaginación de los niños o despertaban nostalgia en quienes crecimos y nos volvimos más escépticos frente a todo lo que ocurre tanto aquí abajo como en el espacio.

Durante la misión del Apolo 8, la primera vez que seres humanos volaron alrededor de la Luna, el astronauta Frank Borman leyó un pasaje del libro del Génesis. Recuerdo que eso generó bastante polémica: hubo quienes se indignaron porque un empleado del gobierno, en horario laboral, había “introducido” la religión en lo que algunos consideraban una actividad estrictamente secular.

Pero lo que el programa Apolo ya dejaba entrever, y lo que el programa Artemis parece confirmar, es que hay una dimensión profundamente espiritual en los viajes espaciales. Hay algo que se enciende en lo más hondo del alma al mirar, a través de la pequeña ventana de una cápsula, nuestro planeta a más de 200,000 millas de distancia.

El comandante de la misión Artemis II, Reid Wiseman, se describe a sí mismo como una persona “no religiosa”. Sin embargo, al regresar a la Tierra, pidió ver a un capellán de la Marina. Según su propio testimonio, cuando el capellán entró en la habitación donde le realizaban los chequeos médicos tras el vuelo, vio la cruz y rompió en llanto.

Los astronautas Jeremy Hansen, de la Agencia Espacial Canadiense, y Christina Koch, Victor Glover y Reid Wiseman, de la NASA, saludan a la multitud en el Aeropuerto Ellington, en Houston, el 11 de abril, tras regresar de la misión Artemis II, que orbitó la Luna a bordo de la cápsula Orion. La misión Artemis II de la NASA llevó a los cuatro astronautas en un viaje de casi 10 días alrededor de la Luna y de regreso a la Tierra, culminando con un amerizaje en el océano Pacífico el 10 de abril. (OSV News/Lexi Parra, Reuters)

El piloto de la nave Artemis II fue Victor Glover, quien se define como una persona religiosa y que, tras la misión, contó que él también se sintió profundamente conmovido al estar en la inmensidad del espacio sin sentirse solo ni desamparado.

“Cuando leo la Biblia y contemplo todas las maravillas que se hicieron por nosotros, que fuimos creados, pienso que estamos en una nave espacial muy lejos de la Tierra, pero en realidad también viajamos en otra nave llamada Tierra, creada para darnos un lugar donde vivir en el universo, en el cosmos”, dijo Glover en una entrevista después del vuelo.

La tripulación de Artemis II, compuesta por tres hombres y una mujer, no fue enviada a la órbita lunar para ser misioneros. Sin embargo, al igual que sus predecesores del programa Apolo, al atravesar la inmensidad del espacio, iluminada por el sol que brilla sobre su planeta de origen y sobre su satélite, que regula las mareas y ayuda a mantener la rotación de la Tierra de un modo que hace posible la vida, experimentan algo para lo que ningún libro de ciencias podría haberlos preparado.

Esta nueva etapa de exploración, como las que la precedieron, no debilita la fe, sino que más bien la fortalece a través de la ciencia. Y el asombro de los astronautas no se parece al de los antiguos pueblos paganos, que al ver el sol y la luna en el cielo les atribuían poderes supersticiosos y no científicos. La profundidad espiritual que el viaje espacial moderno parece despertar ante estas mismas maravillas nace de una combinación entre el conocimiento y la investigación científica, y el anhelo humano de encontrar sentido.

El vuelo de Artemis II será seguido el próximo año por Artemis III, que servirá para poner a prueba el módulo de alunizaje con el que los seres humanos podrán volver a pisar la Luna por primera vez desde comienzos de la década de 1970. Luego, si todo marcha según lo previsto, Artemis IV concretará ese alunizaje.

Y no cabe duda de que, cuando esos astronautas estén de pie sobre la superficie lunar y levanten la mirada hacia la Tierra, a más de 300.000 kilómetros de distancia, no estarán pensando en trayectorias orbitales ni en cálculos de consumo de combustible, sino en la maravilla del universo que Dios ha creado.

Robert Brennan
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Robert Brennan

Tags: artemis