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Así como las golondrinas regresan a Capistrano cada marzo, cada agosto regresa también el debate sobre las bombas atómicas lanzadas sobre Japón durante la Segunda Guerra Mundial.

No pretendo aportar nada nuevo a esta discusión, pero sí quiero recomendar un libro: A Song for Nagasaki (Ignatius Press, 6,83 dólares), de Paul Glynn, SM. Su subtítulo es The Story of Takashi Nagai: Scientist, Convert, and Survivor of the Atomic Bomb (La historia de Takashi Nagai: científico, converso y sobreviviente de la bomba atómica).

Al terminar el libro, quizá el lector quiera agregar una palabra más al describir la vida de este hombre extraordinario: santo. Como biografía, el libro está lejos de ser perfecto. El estilo es algo rígido y, en ocasiones, demasiado sentimental. Por momentos, parece una película religiosa de bajo presupuesto y poca distribución.

Lo que realmente importa es la persona de la que habla. Este libro puede ser especialmente valioso para personas de fe que buscan un ejemplo que imitar, para quienes no tienen fe pero están buscando respuestas y para quienes han sufrido de manera inimaginable y necesitan consuelo.

Aunque el relato gira en torno a un acontecimiento catastrófico ocurrido en agosto de 1945, su mensaje trasciende ese momento y sigue siendo actual en muchos sentidos. Y los católicos de Estados Unidos de hoy, que dedicamos demasiado tiempo a discutir cada sílaba de los concilios del pasado o a pelear por cuestiones como hacia dónde debe mirar el sacerdote durante la misa, podríamos beneficiarnos del recordatorio que ofrece este libro sobre lo que realmente queremos decir cuando rezamos: “hágase tu voluntad”.

Nagai creció en una familia japonesa tradicional. Para ellos, Dios estaba más presente en los antiguos rituales y en las obligaciones familiares y sociales que en una relación profundamente personal. Era una época en la que Japón se había propuesto convertirse en una potencia moderna siguiendo el modelo de Occidente. A comienzos del siglo XX, la arquitectura de Tokio imitaba a la de Nueva York.

Los hombres japoneses vestían trajes a rayas y zapatos de Brooks Brothers, mientras que las mujeres de las ciudades lucían peinados inspirados en las estrellas de Hollywood y vestidos que seguían las últimas tendencias de Saks Fifth Avenue. Las antiguas tradiciones, por supuesto, no desaparecieron, y las prácticas y vestimentas tradicionales del budismo y el sintoísmo dejaban poco espacio para el catolicismo.

Pero, como la Iglesia lo ha demostrado tantas veces a lo largo de la historia, no necesita demasiado espacio para echar raíces y florecer. En el Japón medieval, los gobernantes intentaron eliminar toda influencia occidental, especialmente la de aquella extraña fe que los jesuitas habían llevado a sus costas. Y estuvieron cerca de lograrlo: persiguieron a los sacerdotes y a todos aquellos que eran descubiertos como creyentes, sometiéndolos a crueles formas de muerte.

Cuando Nagai era un joven estudiante de medicina, sin embargo, aquellos tiempos de persecución habían quedado atrás. Japón avanzaba a toda velocidad, adoptando modelos occidentales en la medicina, la economía y el ámbito militar. Y aquella extraña fe que había sobrevivido a una persecución que casi la llevó a la extinción seguía allí.

Los católicos ya no enfrentaban la amenaza de muerte en el Japón del siglo XX, pero todavía existía la sospecha de que los japoneses que se convertían al catolicismo no eran verdaderamente japoneses. Nagai estaba demasiado concentrado en sus estudios y en forjarse una carrera como uno de los principales radiólogos de su país como para prestar mucha atención a la fe católica.

Tampoco creía en la religión tradicional de su pueblo. Se consideraba un hombre de ciencia, no de supersticiones. Pero comenzó a leer a filósofos occidentales, especialmente a Pascal, y poco a poco empezó a cuestionar incluso sus propias dudas.

Cuando el joven estudiante de medicina alquiló una habitación en casa de una familia católica, su vida cambió. Allí conoció y se enamoró profundamente de una mujer de fe muy comprometida, miembro de esa familia. Entre las lecturas de Pascal y el rosario que Midori, su futura esposa, llevaba siempre consigo, Nagai no tuvo muchas posibilidades de resistirse.

Midori y Nagai se casaron y formaron una familia. Con el tiempo, el padre de Nagai llegó a aceptar la conversión de su hijo. La carrera de Nagai avanzaba rápidamente. Se dedicaba a la investigación radiológica y no podía sentirse más feliz. A pesar de la guerra, continuó con sus investigaciones y también con su labor de ayuda a los demás.

El 9 de agosto, cuando la segunda bomba atómica fue lanzada sobre su “objetivo secundario”, Nagai se encontraba trabajando en el hospital. Sus hijos estaban en las colinas, sobre la ciudad, con sus abuelos. Midori, en cambio, estaba en casa, justo en el epicentro de la explosión.

La ciudad había desaparecido. El hospital había quedado destruido. La salud del propio Nagai ya estaba muy deteriorada por los años de exposición a la radiación gamma durante sus investigaciones médicas. Incluso su querida catedral de Nagasaki había sido arrasada; solo quedó en pie la estatua ennegrecida de la Virgen.

Nagai encontró con vida a sus hijos y a sus suegros. De su amada esposa Midori solo quedaron unos restos que cabían en un balde, que él utilizó para llevarlos hasta el lugar donde sería enterrada.

Habría sido perfectamente comprensible que Nagai levantara los puños al cielo y maldijera a Dios por haber permitido semejante tragedia, o que gritara insultos contra cada bombardero B-29 que pasara sobre su cabeza. Pero no hizo nada de eso.

Se dedicó a recuperar lo que quedaba del hospital para que pudiera volver a funcionar cuanto antes. Reconstruyó su pequeña casa y ayudó a otras personas a reconstruir las suyas. También colaboró en la reconstrucción de la catedral para que sus hermanos católicos pudieran volver a reunirse y alabar a Dios.

Escribió libros y continuó con sus investigaciones médicas mientras su enfermedad terminal se lo permitió. Y tanto en sus escritos como en su servicio a la comunidad, el mensaje central fue siempre el mismo: el perdón radical.

Es una de las enseñanzas más difíciles que Jesús nos dejó desde la cruz. Para muchos de nosotros sigue siendo algo difícil de llevar a la práctica. Nagai, sin embargo, la vivió hasta el extremo, incluso en medio del dolor más inimaginable. Ojalá también nosotros podamos hacerlo cuando llegue la hora de poner a prueba nuestra fe.

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Robert Brennan