“Hoy nuestra relación con la vida parece estar en crisis”, escribe el Papa León XIV en Magnifica Humanitas (“Magnífica Humanidad”).
Esto es un pensamiento profundo.
Tanto en su encíclica, como en sus discursos y escritos, el Santo Padre ha seguido enfocando nuestra atención en esta crisis que él percibe no solamente en los movimientos que promueven la eutanasia, el aborto y la maternidad subrogada, sino también en la destrucción que es producto de la guerra.
Y, como señala el Papa, el movimiento transhumanista trae consigo ambiciones todavía más oscuras, como utilizar la ciencia y la tecnología no sólo para mejorar la vida humana y para aliviar el sufrimiento, sino también para “perfeccionar” a la persona humana y ofrecernos una especie de “inmortalidad” que permita que nuestra “conciencia” perdure mucho tiempo después de que nuestros cuerpos mueran.
La importante solemnidad que celebramos esta semana es la respuesta a esta crisis de nuestra relación con la vida y a esta cultura en la cual, frecuentemente —según afirma él — “Las palabras y las decisiones de muerte parecen prevalecer”.
La Asunción de la Santísima Virgen María, en cuerpo y alma al cielo, nos invita a recordar que la muerte no es enemiga de la vida, ni es algo que deba causarnos temor o que deba ser vencido. La muerte no es el final; es un principio, es ese umbral natural que todos debemos cruzar para gozar de la vida eterna con Dios, para vivir eternamente en el amor que nunca acaba, como dicen los santos.
La Asunción nos llama a poner de lado nuestros temores y a fijar la mirada en el destino glorioso que se le ha prometido a toda persona. Sabemos que podemos llegar allá, a donde María se fue.
Esto es una realidad impactante para cualquier época. Cuando el Papa Pío XII proclamó el dogma de la Asunción en 1950, lo hizo al final de un período de medio siglo marcado por dos guerras mundiales, por el genocidio de millones de judíos, por los ataques a Hiroshima y Nagasaki con bombas nucleares, por una epidemia de gripe que infectó y acabó con la vida de casi 100 millones de personas de todo el mundo, y por el surgimiento de los brutales regímenes totalitarios y ateos en Rusia y en China.
La proclamación del dogma de la Asunción llegó como una respuesta y un antídoto para esta época de muerte generalizada, de cruel menosprecio de la dignidad de la persona y del cuerpo humano, y para esa creciente convicción de que el individuo carece de importancia. A ese mundo atribulado, la Asunción le trajo el anuncio de que Dios seguía estando a cargo de todo, y de que su amor y su misericordia perduran para siempre.
Desde los primeros tiempos, la Iglesia creyó y enseñó que la Santísima Virgen María fue la primera de nosotros en experimentar la resurrección prometida en Cristo, pero que no sería la última. Su Asunción fue la garantía de que la resurrección de la carne, que se nos ha prometido a todos, es una realidad.
Los relatos antiguos acerca de la Asunción nos dicen que, habiendo llegado el momento de que la vida terrena de María terminara, los ángeles convocaron a los doce apóstoles desde los confines de la tierra para que estuvieran al lado de Nuestra Señora en Jerusalén.
Esto es una imagen muy bella. Nosotros también, al igual que los apóstoles, hemos de permanecer cerca de la Madre de Jesús, ya que ella nos muestra siempre el camino hacia su Hijo y su resurrección que da a nuestras vidas esperanza, sentido y orientación.
La Asunción de ella es nuestro destino y sigue siendo la respuesta y el antídoto frente a lo que los Papas llaman la “cultura de la muerte”.
La Asunción nos dice que el amor de Dios es más fuerte que la muerte y que el temor que tenemos ante nuestras limitaciones y vulnerabilidades, ante el envejecimiento y la muerte. Y ésta nunca tendrá la última palabra en nuestras vidas. Es, ciertamente, algo que llegará para cada uno de nosotros, pero nuestros cuerpos están destinados a resucitar, tal como sucedió con el de la Santísima Virgen María.
Tenemos que fortalecer nuestra fe en la resurrección de la carne y buscar nuevas maneras de proclamar esta verdad a nuestro prójimo.
Esa verdad que nos dice que el amor que Jesús nos tiene empieza desde antes de nuestro nacimiento y que perdura aún más allá de nuestra muerte. Desde antes de la creación del mundo y por toda la eternidad, tenemos un valor inapreciable a los ojos del Señor. Cada uno de nosotros ha sido amado y deseado por Dios, y Él nos crea para que experimentemos la alegría y el amor en esta vida y para que vivamos eternamente con Él en la vida futura.
Estas hermosas verdades son la respuesta para esas inquietudes sobre la vida y para esos temores ante la enfermedad y ante la muerte que experimentan nuestros hermanos. Ya desde ahora podemos empezar a vivir la alegría de la resurrección, la victoria de la vida, y a experimentar el amor que va más allá del miedo y la muerte.
Oren por mí y yo oraré por ustedes.
Y pidámosle a María, nuestra Santísima Madre, que fortalezca nuestra fe en la resurrección y que nos cuide “ahora y en la hora de nuestra muerte”.
