Samuel, interpretado por Stephen Lang, y David, interpretado por Michael Iskander, en una escena de “House of David”. (OSV News/Nikos Nikolopoulos, Prime © Amazon Content Services LLC)
Hubo una época en que la gente todavía leía libros, y un bestseller podía capturar la imaginación del público y convertirse en un fenómeno capaz de marcar la cultura popular. Es un fenómeno que se remonta muy atrás en la historia de la humanidad.
En el siglo XX, libros como Lo que el viento se llevó, El padrino y El exorcista fueron tan populares desde su publicación que enseguida comenzaron las especulaciones sobre quién llevaría sus historias al cine. Durante las pausas para el café, la gente discutía qué actor sería el más adecuado para interpretar a esos personajes tan atractivos que habían nacido en las páginas de los libros. Después, las mismas conversaciones analizaban si las decisiones de reparto que finalmente se habían tomado habían sido acertadas.
En aquellos tiempos, los libros más vendidos tenían una segunda vida cuando aparecían en edición de bolsillo. Eso fue lo que ocurrió con Tiburón. Como su lanzamiento coincidió con mis escasos recursos económicos de adolescente, no dudé en comprarlo. Había oído hablar tanto de ese libro y tenía tantas ganas de leerlo que me lancé de cabeza.
Nunca en mi vida me había decepcionado tanto un libro. Tenía una subtrama bastante absurda y protagonistas difíciles de querer. Para ser sincero, terminé haciendo fuerza por el tiburón. Lo habitual es que ocurra exactamente lo contrario: que el libro sea muy superior al intento de los cineastas por trasladar la historia a la pantalla.
Avancemos hasta este año, cuando acabo de terminar la segunda temporada de la serie House of David (disponible en Amazon Prime Video). La serie era tan buena que me llevó de vuelta a la fuente original. No soy un estudioso de la Biblia, pero gracias a mis propios esfuerzos y a unas 3.588 Misas dominicales a las que he asistido —y probablemente unos cuantos miles más entre las Misas de los días de semana y las de precepto—, he recorrido el Nuevo Testamento más de una vez.
El Antiguo Testamento es otra historia. Conocemos los grandes relatos: el Génesis, el jardín, Moisés, David y algunos de los salmos. Pero nombres como Eljanán, Abimélec y Habacuc hacen que mis ojos comiencen a cerrarse y convierten buena parte del Antiguo Testamento en una lectura que se me hace cuesta arriba y que, tarde o temprano, termino abandonando para volver al Nuevo Testamento, mucho más fácil de digerir.
La serie House of David me ha mostrado cuánto de mi propia herencia espiritual me estaba perdiendo. También me ha llevado a releer el Libro de Samuel y a descubrir hasta qué punto los cineastas han sido fieles al relato original y cuán extraordinariamente cinematográfica fue —y sigue siendo— la verdadera historia del rey David.
Cuando comencé a ver la serie, con un conocimiento casi nulo del Libro de Samuel, pensé que los cineastas le habían dado a la historia el típico tratamiento de Hollywood. Había demasiados elementos que me hacían pensar que aquellos giros argumentales habían salido de la imaginación de un guionista ingenioso y talentoso, y no de una tradición inspirada que se había transmitido durante miles de años.
Por ejemplo, en la serie aparece una raza de gigantes. Pensé que era llevar las cosas demasiado lejos en plan El Señor de los Anillos, salvo por un pequeño detalle: la Biblia menciona a los gigantes en más de una ocasión. Incluso los fragmentos de los Rollos del Mar Muerto que han permitido reducir un poco la estatura de Goliat —sugiriendo que medía “solo” unos dos metros, en lugar de los más de tres metros que describe Samuel— lo habrían convertido de todos modos en un gigante frente al israelita o filisteo promedio.
En la serie, David se enamora de la segunda hija del rey, pero, por conveniencia política, queda comprometido con la hija mayor. Me pareció el argumento de una torpe película de Hallmark, hasta que lo investigué y, una vez más, Samuel demostró ser profético. La amistad entre David y Jonatán, el hijo mayor de Saúl, parecía sacada de una de aquellas películas de “compañeros” protagonizadas por Paul Newman y Robert Redford. ¿Estaría realmente dispuesto el heredero al trono a renunciar a su “derecho” y hacerse amigo del hombre que habría de reemplazarlo? La respuesta sencilla es sí, según el “libro”.
Hay muchos otros elementos de la miniserie que fueron tomados casi palabra por palabra de lo que está escrito en el Libro de Samuel.
En medio de mis modestos esfuerzos por adentrarme en el Antiguo Testamento, me encontré con un episodio de la historia de David, tal como se cuenta en el Primer Libro de Samuel, que la miniserie dejó fuera. No atribuyo ninguna mala intención ni una agenda secreta a este “descuido”: no es una escena particularmente cinematográfica ni contribuye a hacer avanzar la trama. Pero desde el punto de vista de la exégesis bíblica, es una verdadera bomba.
Cuando David entra en conflicto con el rey Saúl, regresa al lugar sagrado de Nob, donde los sacerdotes custodian las cosas sagradas. David les pide pan para sus hombres. Los sacerdotes no tienen “pan común”, pero sí “pan sagrado”, reservado para quienes están en estado de gracia. Cuando David asegura al sacerdote que sus hombres se encuentran en ese estado, el sacerdote se los entrega.
Incluso en mi ignorancia, sabía que Jesús es anunciado en numerosas ocasiones en el Antiguo Testamento. Pero leer ese pasaje y comprender que la Casa de David estaba tomando forma desde sus comienzos en Belén fue uno de esos momentos de gracia que Dios pone en nuestro camino.
Creo que los creadores de House of David le deben al profeta Samuel un cheque por regalías.