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¿Aprobaría nuestro yo de 15 años en quiénes nos hemos convertido?

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Nos guste o no, nuestros teléfonos saben qué edad tenemos.

Cada día, mi feed me muestra varios artículos que son, a la vez, parcialmente graciosos, parcialmente irritantes y completamente condescendientes, todos ellos centrados en el hecho de que soy vieja y, aparentemente, no tengo amigos.

Esta triste situación no se debe a que sea una perdedora o una inadaptada social, según me aseguran una y otra vez. Ni, Dios no lo permita, significa que no sea una persona amable, buena y generosa. De hecho, es precisamente porque soy tan generosa, amable y tolerante que durante todos estos años he engañado a todo el mundo. Ahora, finalmente, estoy reclamando mi espacio. Estoy empezando a ser yo misma. Estoy haciendo lo que quiero.

Por ejemplo: “La psicología dice que las personas que llegan a los 60 años sin amigos cercanos no son socialmente deficientes ni frías. A menudo fueron quienes durante décadas cargaron con el peso emocional de cada amistad y, silenciosamente, se quedaron sin espacio para seguir haciéndolo”.

Yo no cargué durante décadas con el peso emocional de todas mis amistades. A veces hice más de lo que me correspondía; otras veces, menos. Un puñado de amigos verdaderos y leales se ha mantenido firme a lo largo de los años. Los valoro profundamente y sé que ellos también me valoran.

Aquí va otro: “La psicología dice que una de las formas más silenciosas de soledad en la vejez es darse cuenta de que las personas que antes acudían a ti en busca de consejo han dejado de hacerlo, no porque hayan dejado de respetarte, sino porque ya no esperan que tengas respuestas para los tiempos que corren”.

Si es así, perfecto. Eso no me hace sentir sola; más bien me produce alivio.

Pero este es mi favorito:

“Las personas que comienzan a volverse difíciles a los 60 o 70 años muchas veces no están cambiando en absoluto. Simplemente estás conociendo la versión de ellas que pasó 50 años reprimiéndose para que todos los demás se sintieran cómodos”.

Procuro ser amable, educada y sociable. Pero difícilmente podría decir que he pasado 50 años tratando de “reprimirme” para que los demás se sintieran cómodos.

Además, no soy especialmente generosa. Tampoco soy tan amable. Soy una persona contemplativa e introvertida que, desde que aprendió a leer, ha dedicado su vida a los libros: primero, a leerlos; después, tras diez años de aprendizaje y práctica a comienzos de mis 40, a escribirlos.

Mi generosidad y mi bondad, en la medida en que las poseo, consisten principalmente en mantenerme fiel a mi vocación.

H. Hudson (1841-1922) fue un naturalista y escritor británico, admirado por la élite literaria de su época, que creció en las pampas argentinas en el seno de una familia afectuosa, aunque excéntrica. Desde muy pequeño quiso estar al aire libre y quiso estar solo.

En la biografía de W. H. Hudson escrita por Ruth Tomalin en 1982 se lee:

“En su decimoquinto cumpleaños, todavía maravillado por el hecho de estar vivo, de repente se preguntó: ¿Qué quiero? ¿Qué deseo tener? Y lo hizo con el clamor apasionado del joven Shelley: '¡Oh, mundo, oh, vida, oh, tiempo!'".

“La respuesta fue sorprendentemente clara, pero todavía no se atrevía a aceptarla. ‘Solo quiero conservar lo que tengo; levantarme cada mañana y contemplar el cielo y la tierra cubierta de hierba y rocío, día tras día, año tras año. Esperar cada junio y julio la primavera, sentir la misma dulce sorpresa y alegría de siempre ante la aparición de cada flor conocida, de cada insecto recién nacido, de cada ave que regresa una vez más del norte’”.

William Henry Hudson, hacia 1918. (Henry Opie, vía Wikimedia Commons)

A los 32 años se embarcó rumbo a Inglaterra y allí vivió el resto de su vida, siempre añorando los paisajes de su juventud. Tuvo un matrimonio largo e infeliz, pasó décadas prácticamente en la pobreza y vivió con su esposa en una estrecha pensión de tres pisos. Y escribió. Y siguió escribiendo. Y siguió escribiendo.

Es conocido sobre todo por su novela romántica de 1904, “Green Mansions”, ambientada en la selva venezolana. La historia gira en torno a un europeo que se enamora de Rima, una misteriosa criatura mitad mujer y mitad ave, una especie de ninfa del bosque y la última sobreviviente de una antigua raza.

Autodidacta y apasionado por distintas disciplinas, Hudson escribió también decenas de libros sobre ornitología, historia argentina, geografía, flora y fauna, y sobre la vida en la campiña inglesa.

No fue sino hasta los 70 años que su carrera literaria le permitió finalmente comprar una pequeña casa.

En 1918, a los 77 años, publicó unas memorias sobre su juventud en Argentina, “Far Away and Long Ago”.

Escribió el libro mientras se recuperaba de una enfermedad que lo tuvo seis semanas en cama.

“Fue para mí una experiencia maravillosa: estar aquí, recostado entre almohadas en una habitación tenuemente iluminada, mientras la enfermera de noche dormitaba junto al fuego; escuchar el viento que soplaba sin descanso y aullaba afuera, mientras la lluvia golpeaba los cristales como granizo… y, al mismo tiempo, encontrarme a miles de kilómetros de distancia, bajo el sol y el viento, disfrutando de otros paisajes y sonidos, feliz otra vez con aquella antigua felicidad, perdida hacía tanto tiempo y ahora recuperada”.

“No cualquiera puede mirar atrás en la vida y sentir que aquel adolescente de 15 años que fue aprobaría en quien se ha convertido”, observó Tomlin.

Hudson murió cuatro años después.

Yo también pensé en la adolescente que era a los 15 años: ya una lectora voraz, ya bastante solitaria, ya enamorada de las flores y los pájaros, del arte y de la música. Ya entonces quería que esas cosas fueran el centro de mi vida, aunque no tenía la menor idea de cómo hacerlo.

Después de tantos giros y vueltas, aquí estoy.

Por eso, si has llegado a cierta edad, estés rodeado de decenas de amigos que te adoran o no, vale la pena hacerse una pregunta: ¿has permanecido fiel a aquello que, en lo más profundo de tu corazón, siempre quisiste?

Porque, al final, lo que realmente importa es si te has convertido en la persona que aquel adolescente de 15 años que fuiste habría querido llegar a ser.

Heather King
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Heather King

Tags: juventud