Categories: Arte y Cultura

El intercambio de regalos entre Pontífices y presidentes

Read in English.

Me alegra que la polémica generada por el tan comentado intercambio de declaraciones entre el presidente Trump y el Papa León XIV parezca haber quedado atrás. Sin embargo, los titulares sirvieron para recordar que la relación entre Roma y Washington D.C. no siempre ha sido fácil.

Al investigar este tema, descubrí que el vínculo entre presidentes y papas se remonta mucho más atrás de lo que imaginaba. Los expresidentes Martin Van Buren, Millard Fillmore y Ulysses S. Grant llegaron a reunirse con distintos pontífices durante sus viajes por Europa una vez concluido su mandato.

El primer presidente estadounidense en ejercicio que se reunió personalmente con un Papa fue Woodrow Wilson, quien visitó a Benedicto XV en 1919, al término de la devastadora Primera Guerra Mundial. Habría que esperar cuatro décadas más para que otro mandatario, Dwight Eisenhower, se encontrara con San Juan XXIII en el Vaticano. En aquel entonces, Estados Unidos aún no mantenía relaciones diplomáticas formales con la Santa Sede, pero aquella visita inauguró una tradición que continúa hasta hoy: todos los presidentes estadounidenses han tenido un encuentro con el Pontífice, ya sea en Roma o en suelo estadounidense.

En cada una de esas reuniones se pone de manifiesto una peculiar combinación de diplomacia y religión, marcada por protocolos y ceremonias cuidadosamente observados. Entre ellas destaca una tradición que se ha mantenido constante, independientemente de los altibajos en las relaciones entre el Vaticano y Estados Unidos: el intercambio de regalos. Cuando un jefe de Estado realiza una visita oficial al extranjero, suele obsequiar algo representativo de su país, y el anfitrión acostumbra responder de la misma manera. Esos regalos terminan luego en los Archivos Vaticanos o en las bibliotecas presidenciales, donde la mayoría de las veces pasan inadvertidos.

Algunos de los regalos intercambiados fueron verdaderamente elegantes. Cuando John F. Kennedy visitó Roma en julio de 1963, obsequió al Papa un refinado juego de escritorio grabado con los sellos presidencial y pontificio.

En aquel momento, Kennedy debía manejar con cautela su condición de primer presidente católico de Estados Unidos, en una época en la que el anticatolicismo, aunque ya menos extendido, seguía influyendo en la vida política del país. Podía entregar un regalo al Papa, pero no podía reconocer oficialmente al Vaticano sin afrontar importantes consecuencias políticas. Habría que esperar casi veinte años para que un presidente protestante, Ronald Reagan, estableciera relaciones diplomáticas formales con la Santa Sede. Y aun entonces, la decisión no estuvo exenta de controversia.

La visita de San Pablo VI a Nueva York en 1965 también marcó un momento histórico para los católicos estadounidenses. Fue el primer Papa en visitar el llamado “Nuevo Mundo” siendo Pontífice. El presidente Lyndon B. Johnson, un político consumado que rara vez dejaba pasar una oportunidad, aprovechó la estancia del Papa en Nueva York para reunirse con él y, como era de esperar, intercambiar regalos.

Ambos volverían a encontrarse en otras ocasiones y continuarían con la misma tradición. Y si los obsequios dicen algo de quien los entrega, uno de esos intercambios resulta particularmente ilustrativo: Pablo VI regaló a Johnson una obra de arte medieval.

Johnson, en cambio, le obsequió al Papa un busto de bronce de sí mismo.

Además de simbolizar amistad, los regalos suelen servir para pedir disculpas o ayudar a recomponer relaciones deterioradas. Al igual que Lyndon B. Johnson, nuestro actual presidente podría sentirse tentado a regalarle al Papa un busto dorado de sí mismo. Hasta ahora, ha resistido la tentación.

En su lugar, recientemente envió al secretario de Estado al Vaticano. Fuera o no una forma de tender puentes, enviar a alguien como Marco Rubio —quien, según ha contado públicamente, ha redescubierto su fe católica— fue un buen primer paso para recomponer una relación que, al menos desde este lado del Atlántico, ha estado marcada por una tensión poco habitual.

Para esa visita, Rubio llevó como obsequio un sencillo balón de fútbol americano de cristal. Parecía más un pisapapeles que un regalo protocolar, y resultó refrescante ver un gesto que no parecía tener una intención política evidente. El Papa lo recibió con agrado e incluso dejó escapar un discreto “¡guau!” al verlo.

Después llegó el turno de León XIV, quien entregó al secretario de Estado una pluma elaborada con madera de olivo. El mensaje difícilmente podría haber sido más claro, aunque transmitido con la combinación de cordialidad y firmeza que parece caracterizar su estilo. Fabricada con la madera del árbol que desde hace siglos simboliza la paz, la pluma fue un recordatorio elocuente. Ojalá sea uno de esos regalos cuyo significado perdura mucho después de haber sido entregados.

Robert Brennan
Share
Robert Brennan