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Artistas autodidactas crearon obras únicas pese a la pobreza y el trauma

Hace poco estuve en Nueva York y visité una excelente exposición en el Museo de Arte Popular Americano: “Self-Made: A Century of Inventing Artists” ("Autocreación: un siglo de artistas que se inventaron a sí mismos").

La muestra, que se podrá visitar hasta el 13 de septiembre, reúne cerca de 90 obras organizadas en torno a tres formas de construcción de la identidad artística: autorretratos, alter egos y autobiografías.

Por si no lo sabían, el término "artista outsider" ya no se considera apropiado. Hoy se prefiere hablar de "artistas autodidactas".

En ese sentido, la exposición explora cómo artistas sin formación académica construyeron y expresaron su identidad a través de su obra, según su propia visión.

Según los curadores, estos artistas buscaban decirles a los espectadores: "Quiero que me vean de la manera en que yo decido mostrarme."

La exposición es realmente increíble y valoro el esfuerzo por dar a estos artistas el reconocimiento y el valor que merecen. Sin embargo, la realidad es que muchos de ellos realizaron sus obras durante largas internaciones en instituciones psiquiátricas. Otros, como Henry Darger, vivieron prácticamente aislados, con conductas que rozaban lo patológico y una sexualidad profundamente desordenada. Muchos estuvieron marcados por obsesiones y comportamientos compulsiones.

Entonces, ¿por qué intentar endulzar esa realidad? ¿Por qué fingir que esas formas de vida fueron simplemente una elección?

Por ejemplo, Aloïse Corbaz (1886-1964) padecía un trastorno delirante que la llevó a desarrollar una obsesión amorosa con el káiser Guillermo II. Esa condición fue tan grave que pasó 50 años internada en un hospital psiquiátrico. Sus vibrantes y coloridas pinturas de flores y árboles resultan encantadoras, pero cuesta imaginar que cada mañana se levantara pensando: "Hoy voy a representarme, definirme y mostrarme al mundo exactamente como yo quiero."

Me parece mucho más probable que recurriera al arte para conservar cierto equilibrio interior: como un refugio, un espacio de protección y una forma de dar vida a sus fantasías, tan desbordantes como conmovedoras, al borde del delirio.

De hecho, Jean Dubuffet, fundador del movimiento precursor del llamado arte outsider, conocido como art brut, escribió sobre Corbaz: "No estaba loca en absoluto, o al menos mucho menos de lo que todos suponían. Fingía. Hacía tiempo que se había curado. Se curó dejando de luchar contra su enfermedad y, por el contrario, cultivándola, aprovechándola, maravillándose con ella y convirtiéndola en una apasionante razón para vivir."

Otro ejemplo es el del artista suizo Adolf Wölfli (1864-1930), diagnosticado con esquizofrenia y recluido durante gran parte de su vida en la clínica psiquiátrica de Waldau, en Berna. Una de sus obras más ambiciosas, "San Adolfo-Creación Gigante", forma parte de un inmenso proyecto artístico: un relato ilustrado de unas 25.000 páginas, dividido en cinco partes, que ocupa más de 45 volúmenes y 16 cuadernos e incluye 1.620 dibujos y 1.640 collages.

La tercera sección de esa obra monumental, "Libros con canciones y danzas", es un himno de alabanza. En ella, Wölfli se presenta, entre otras cosas, como el "inventor de 160 inventos de creación propia, todos de enorme valor y patentados por el zar de Rusia, además de glorioso vencedor de numerosas batallas colosales".

Uno de sus dibujos, realizado con grafito y lápices de colores sobre papel de periódico, muestra un reino fantástico de extraordinaria complejidad: torres, puentes levadizos, relojes, remates en forma de estrellas, inscripciones sinuosas, él mismo convertido en un vengador enmascarado y unas criaturas que parecen enormes tritones.

También está el caso de Edmund Monsiel (1897-1962), quien realizó cientos de dibujos monocromáticos a lápiz mientras permanecía escondido en un ático en Polonia durante la Segunda Guerra Mundial. Los nazis ya habían obligado a cerrar el negocio familiar de artículos de oficina y, además, ejecutaron al azar a varios de sus parientes. Uno de sus dibujos, realizado sobre el reverso de una bolsa de cemento, está cubierto por cientos de repeticiones de lo que parece ser su propia cabeza flotando, sin cuerpo: unos ojos desmesuradamente abiertos transmiten angustia, desconcierto y la sensación de estar siendo perseguido.

Madge Gill (1882-1961), por su parte, realizó dibujos inspirados en el espiritualismo, una práctica que estuvo muy de moda en el Londres de la década de 1920. Había sufrido dos pérdidas devastadoras: la muerte de un hijo durante la epidemia de gripe de 1918 y el nacimiento sin vida de una hija en 1920. Una obra sin título, realizada con tinta sobre tela de algodón entre 1922 y 1925, parece representar a una madre reunida por fin con sus hijos en un mundo etéreo y más feliz.

Estos artistas autodidactas creaban por la misma razón que los artistas de todas las épocas: porque no podían dejar de hacerlo. Era una necesidad interior.

A mi juicio, su mayor mérito no consiste en haber intentado construir una identidad propia, sino en haber seguido creando a pesar de —o quizá precisamente a causa de— la pobreza, los traumas, las enfermedades mentales y emocionales y, en casi todos los casos, un profundo sufrimiento.

La mayor sorpresa de la exposición fue descubrir a un artista que hasta entonces desconocía: William A. Hall (1943-2019), oriundo de Los Ángeles. Hall vivió durante años en una sucesión de automóviles —dos Cadillac, un Buick y un Dodge— en el sur de California. Durante las dos últimas décadas de su vida pasaba hasta 12 horas al día dibujando, usando el volante como mesa de trabajo.

Sus obras, realizadas casi exclusivamente con crayones y lápices de colores, muestran automóviles con faros fantasmales, paisajes visionarios y personajes mitológicos enfrentados en combates con vestimentas medievales.

Su alter ego era un hombre ciego llamado Lord Byron Masterfield, que vivía en una gran casa de piedra junto a un gigante llamado Xenos, creado por el doctor Frankenstein. La misión de Xenos era proteger a los habitantes de la ciudad de unos "crueles humanoides depredadores, que han sido un problema durante muchos siglos".

Hall también llevaba un registro minucioso, casi minuto a minuto, de su vida cotidiana en un cuaderno iniciado en 2011, escrito con una letra diminuta, casi microscópica. Allí anotaba cosas como: "BMW negro de dos puertas en el espacio 13. (La tormenta de viento comenzó alrededor de las 9 p. m.)" o "Hoy cumplo 68 años a las 11:43 a. m. (Miré el reloj: 11:58 a. m.)".

Quién hubiera imaginado que, durante todos esos años, convivimos con una especie de ángel de la guarda que velaba silenciosamente por nosotros y que, armado únicamente con sus fieles lápices, intentaba salvarnos de nosotros mismos.

Heather King
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Heather King

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