Cuando san Maximiliano Kolbe era niño, le pidió a la Virgen María que lo guiara. Ella se le apareció con dos coronas en las manos: una roja, que representaba el martirio, y otra blanca, símbolo de la pureza. Le preguntó cuál quería y él respondió que ambas.
A los 13 años ingresó al seminario menor de los franciscanos conventuales. Hizo sus votos a los 20 años y obtuvo un doctorado en Filosofía. Poco después, padeció tuberculosis crónica, que debilitó gravemente sus pulmones.
En 1917, Maximiliano fundó la Milicia de la Inmaculada. En Polonia, se dedicó a evangelizar a través de periódicos y revistas, difundiendo la fe católica. Más tarde, pasó un tiempo en Japón, donde ayudó a establecer una editorial católica, antes de regresar a Polonia en 1936.
En 1939, Alemania invadió Polonia y Maximiliano fue arrestado. Recuperó la libertad por un tiempo, lo suficiente para publicar una última edición de su periódico, pero en 1941 volvió a ser detenido y fue enviado al campo de concentración de Auschwitz.
Ese mismo año, 10 prisioneros fueron condenados a morir de hambre después de que otro recluso escapara. Maximiliano se ofreció a ocupar el lugar de uno de ellos, un hombre que tenía esposa e hijos. Durante dos semanas, acompañó a los demás prisioneros en la oración y el canto de himnos, infundiendo esperanza a todos los que estaban con él.
El 14 de agosto, los responsables del campo decidieron acelerar su muerte y le inyectaron ácido fénico. Su cuerpo fue incinerado al día siguiente, en la fiesta de la Asunción de la Virgen María.
San Maximiliano es recordado como un “mártir de la caridad” y fue canonizado por el papa san Juan Pablo II en 1982.
