“Es verdaderamente singular que el hombre occidental, mientras se niega a dar crédito a todo aquello que no puede ver, al mismo tiempo niegue la evidencia de sus propios ojos”.

—Osbert Sitwell (1892-1969), escritor inglés

El pequeño pueblo isleño de Widow’s Bay, que da nombre a la nueva y popular serie de Apple TV, está maldito. No en sentido metafórico, como cuando se habla del mal tiempo o de la falta de restaurantes Chipotle (aunque esto último también es cierto), sino literalmente: está bajo una maldición sobrenatural.

Los fundadores puritanos del pueblo hicieron un pacto con el diablo para sobrevivir en aquel inhóspito pedazo de tierra, ubicado a unos 80 kilómetros de la costa de Nueva Inglaterra. Siglos después, sus descendientes todavía pagan las consecuencias. Fantasmas, brujas y prácticamente todo aquello que podría haber salido de la imaginación de Stephen King acechan a los habitantes de Widow’s Bay. Y ellos, de alguna manera, han aprendido a vivir con eso.

El espíritu humano es resiliente, aunque quizá sería más acertado decir que es maleable. Los habitantes de Widow’s Bay se toman todo con bastante naturalidad, en parte porque no les queda otra. Aprendieron a convivir con lo que pueden y, de paso, comparten con los visitantes algunos consejos adquiridos a fuerza de experiencia. “Es perfectamente seguro pasar en auto frente al antiguo hospital”, le dice un lugareño a alguien que pide indicaciones. "Pero no reduzca la velocidad". Hay algo de medieval en todo esto: lo sobrenatural es simplemente parte de la vida cotidiana. Es difícil no pensar en san José de Cupertino, quien levitaba con tanta frecuencia que sus superiores llegaron a quejarse de que distraía a los demás.

El único que no ha logrado aceptar esta realidad es el alcalde del pueblo, Tom Loftis (Matthew Rhys). Ganó las elecciones porque nadie más se presentó: después de todo, tras el desastre del Titanic tampoco sobraban los voluntarios dispuestos a asumir el puesto de capitán. Tom es un forastero. Pasaba los veranos en la isla cuando era niño, pero creció en un mundo donde los hombres lobo no eran precisamente un problema de control de plagas.

Tom tiene buenas intenciones, pero es un hombre típico de su época. De nuestra época. Sigue aferrado a la idea de que lo sobrenatural no existe porque, sencillamente, no puede existir. Cualquier evidencia que sugiera lo contrario se descarta de inmediato, porque lleva a una conclusión que él ya decidió que es imposible.

Esto genera una mutua antipatía entre Tom y sus electores. Mientras él intenta arrastrarlos al siglo XXI, ellos tratan de hacerle entender que a una bruja marina poco le importa que los seres como ella, según Tom, no existan.

Tom sueña con convertir Widow’s Bay en el próximo gran destino turístico, combinando las playas de Martha’s Vineyard con la historia de brujas y fantasmas de Salem. La idea, después de todo, no es tan descabellada: Nueva Inglaterra tiene una larga tradición de tomar aquello que alguna vez fue propio de las clases populares y vendérselo de vuelta a los ricos a precios exorbitantes. Basta pensar en lo que hicieron con la langosta: pasó de ser comida de pobres a convertirse en un plato tan caro que casi hace falta pedirle un préstamo al banco para pagarlo.

Lo mismo ocurre con antiguas zonas industriales en decadencia, cargadas de historias oscuras, que terminan convertidas en pintorescos pueblos de vacaciones para las clases acomodadas, después de haber borrado todo aquello que incomoda. El resultado: lugares donde los propios habitantes ya no pueden darse el lujo de vivir.

Y a pesar de haberse resignado a su destino y de no sentir demasiada simpatía por los habitantes del continente, los vecinos de Widow’s Bay preferirían que la cantidad de muertos se mantuviera al mínimo. Los turistas, en cambio, comparten el escepticismo de Tom y tienen mucho menos que perder económicamente por prestar atención a las señales de alarma. Widow’s Bay hace algo muy ingenioso: convierte al alcalde de “Tiburón” en el protagonista, haciendo que el espectador termine apoyándolo incluso mientras sus decisiones llevan a todos, poco a poco, hacia una catástrofe.

Ahí está buena parte de la gracia de la serie: en ver cómo la modernidad se enfrenta a lo sobrenatural y cómo lo sobrenatural responde al desafío. Como dijo célebremente William Faulkner: “El pasado nunca muere. Ni siquiera es pasado”.

Estamos acostumbrados a imaginar fantasmas vestidos con ropa de otras épocas y aferrados a ideas del pasado. Pero el presente no es más que el futuro convertido en pasado, y los fantasmas siempre han sabido adaptarse a los tiempos para encontrar la mejor manera de asustarnos. Recuerdo haber visto "Piratas del Caribe" y pensar que un barco pirata embrujado no habría tenido nada de antiguo para la gente de aquella época. Es como si hoy nos persiguiera un Boeing 737 poseído.

El proyecto de Tom no convence ni a los habitantes del pueblo ni a los turistas. En el museo local, una amable guía de aspecto entrañable muestra una exposición sobre las antiguas quemas de brujas. “Las atrapábamos y las quemábamos”, cuenta con un orgullo muy propio de la región. Al menos Salem finge sentirse un poco culpable por su pasado antes de convertirlo en un negocio.

Mi episodio favorito gira en torno a una solitaria habitante de la isla que encuentra un libro de autoayuda en una de esas pequeñas bibliotecas comunitarias que suelen verse en los barrios. El libro parece escrito especialmente para responder a sus inseguridades, pero sus consejos no son precisamente constructivos. En una de las secciones, por ejemplo, le pide que anote qué cosas le gustan y cuáles no de sí misma; para la primera lista hay espacio para un párrafo, mientras que para la segunda hay varias páginas.

La mujer no se da cuenta de que algo anda mal hasta que sale de una especie de trance, con un tocado pagano en la cabeza y de pie frente a un caldero lleno de una extraña mezcla en la que flotan cabezas de gallina cercenadas. En realidad, se había topado con un libro de hechizos. Lo sobrenatural ha comprendido que, en la era moderna, los libros de autoayuda son lo más parecido que existe a un texto religioso y ha sabido adaptarse en consecuencia. Un detalle revelador: la autora del libro se llama Lucy Fours, un juego de palabras con Lucifer.

“Widow’s Bay” es la mejor serie nueva del año —este año recibió 19 nominaciones a los premios Emmy—: es más divertida y más escalofriante, todo a la vez, que otras series que no tienen que hacer malabares con ambas cosas. También es un recordatorio de ese gran hilo que une el pasado con el presente: incluso cuando los viejos problemas vuelven a aparecer con un nuevo disfraz, siempre se puede recurrir a las viejas soluciones. No importa en qué década estemos: un rosario tiene cuatro misterios más.

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Joseph Joyce