En un reciente artículo de opinión publicado por John J. Miller en The Wall Street Journal, titulado “Por qué la izquierda no deja en paz a las monjas”:
En Rosary Hill Home, en Hawthorne, Nueva York, las Hermanas Dominicas de Hawthorne (fundadas por Rose, hermana de Nathaniel) brindan atención médica gratuita a personas de bajos recursos con cáncer terminal. No reciben ni un centavo del gobierno ni de las compañías de seguros para financiar su centro, que cuenta con 42 camas. Su labor, sostenida por donaciones privadas, es un acto de pura caridad.
“No podemos curar a nuestros pacientes, pero sí podemos garantizar que vivan sus últimos días con dignidad, reconozcan el valor de ese tiempo y estén cómodos y sin dolor”, afirmó la madre Alphonsa. Estas palabras resumen la misión de estas mujeres, verdaderas heroínas de la compasión.
Pero eso no es suficiente para el Departamento de Salud de Nueva York. Hace dos años, comenzó a enviar cartas a las hermanas de Hawthorne. En lugar de agradecerles por su labor al servicio de los pobres que enfrentan sus últimos días, las autoridades les exigieron que respetaran la “identidad o expresión de género” de sus pacientes.
Les ordenaron utilizar los pronombres “preferidos” por los pacientes, permitirles vestirse con ropa del sexo opuesto y dejar que los hombres ingresaran en los baños de mujeres. También debían permitir las relaciones extramatrimoniales y realizar cursos de “competencia cultural”. Si se negaban a cumplir estas exigencias, se arriesgaban a recibir multas, perder la licencia para funcionar e incluso ir a prisión.
Ese mismo día, The New York Times publicó un artículo titulado “¿Dejar que los niños jueguen solos al aire libre debería ser un delito?”. “Dos fuerzas —el miedo y el control— han reducido sistemáticamente la autonomía de los niños durante las últimas cuatro décadas”, señalaba el artículo, citando a un reconocido profesor de psicología del desarrollo.
Y el día anterior, la gobernadora de Massachusetts, Maura Healey, del Partido Demócrata, firmó una ley que elimina las restricciones que hasta entonces limitaban los abortos después de las 24 semanas de embarazo. Ahora, los médicos habilitados pueden realizar abortos en etapas avanzadas de la gestación basándose exclusivamente en su criterio médico profesional. De este modo, Massachusetts se convierte en uno de los pocos estados que no establecen límites según la edad gestacional.
De alguna manera, estas tres noticias, elegidas más o menos al azar, parecen estar relacionadas.
Todas tienen su origen en mentiras atroces: mentiras sobre la persona humana, sobre la naturaleza de la realidad y sobre el significado de conceptos como la equidad, la justicia y la compasión.
Estamos inmersos en un mar de mentiras: mentalidades de víctimas, estudios sobre agravios y distintas formas de opresión, cuya naturaleza misma resulta tan repulsiva que terminan dejando de lado a quienes son víctimas de verdad, a quienes tienen motivos reales para reclamar y a quienes realmente sufren la opresión.
Insistimos en incluir a las minorías y darles un trato preferencial, mientras excluimos y demonizamos a la mayoría.
Afirmamos promover la justicia social, pero negamos el hecho más básico, esencial y hermoso de la persona humana: que fuimos creados varón y mujer. Luego ignoramos los efectos profundamente perjudiciales de esa mentira sobre las mujeres, los pobres, los niños, los inmigrantes y los ancianos: precisamente las minorías que decimos defender.
Seguimos ciegamente a los influencers e imitamos sin cuestionar su forma de vestir, de hablar y sus hábitos de consumo. Sin advertir la ironía, después necesitamos advertencias que nos preparen emocionalmente antes de abordar los estragos del “imperio” o la opresión del “patriarcado”.
Nos jactamos de nuestra “poliamoría”, promoviendo relaciones sexuales indiscriminadas con personas de ambos sexos y múltiples parejas, y luego —sin detenernos a pensar en el efecto de nuestra conducta sobre los más vulnerables— exigimos advertencias de contenido antes de escuchar hablar de incesto, trata de personas o violación.
¿Por qué no recibimos advertencias de contenido antes de que un profesional de la salud nos pregunte cuál es el sexo que se nos “asignó”?
¿Por qué no ofrecemos acompañamiento para el duelo a quien se enfrenta a la realidad de que el país más rico y poderoso del mundo aprueba leyes que permiten matar a un bebé cuando está a punto de nacer?
¿Por qué no ofrecemos atención gratuita de salud mental a quien queda atónito ante la insensatez y la pura crueldad de un grupo de “activistas” que pretende cerrar una organización benéfica que acoge y atiende a personas pobres, enfermas y moribundas?
“¿Puede alguien imaginarse a san Francisco de Asís hablando de derechos?”, preguntó la intelectual francesa Simone Weil. El seguidor de Cristo no piensa en términos de derechos, sino de responsabilidad. No exigimos nada de los demás; nos entregamos nosotros mismos.
La obra maestra del disidente soviético Aleksandr Solzhenitsyn, Archipiélago Gulag, contiene un pasaje que llegó a conocerse como “No vivir de mentiras”. La mentira más pequeña, observó durante su tiempo en los campos de prisioneros —firmar una confesión falsa, repetir consignas ideológicas— conduce a otras mentiras cada vez mayores y, finalmente, de manera inevitable, a actos de brutalidad. La participación activa del pueblo en esas mentiras conduce al totalitarismo. Solzhenitsyn insistía en que nuestra integridad personal y espiritual dependía de negarnos a participar en un sistema semejante, sin importar el costo. Una mentira puede llegar al mundo (porque no podemos obligar a otros a decir la verdad), “pero no por mí”: ese era su credo.
Las mentiras culturales más graves de hoy apuntan a disolver a la persona humana, la familia humana y el orden divino.
Cada vez más, los ancianos son considerados prescindibles, hombres y mujeres son intercambiables, y los niños se convierten en mercancías que pueden ser creadas, modificadas genéticamente y destruidas a voluntad.
Se considera aceptable sacar al niño del vientre materno y matarlo, admirable comenzar a adoctrinarlo a los dos o tres años para que crea que nació en el cuerpo equivocado, y una muestra de bondad educarlo para que exija que el mundo acceda a todos sus caprichos.
En la Unión Soviética, el esfuerzo ideológico por eliminar a la familia, acabar con la religión e “incluir” a todos en una masa indiferenciada basada en un sueño utópico terminó con entre 9 y 20 millones de muertos.
Mientras tanto, aquí, en la tierra de los libres y el hogar de los valientes, los más progresistas entre nosotros están llegando a coincidir en que existe un pecado imperdonable, por el cual los padres deberían ser arrestados y quizá incluso encarcelados.
Dios no permita que alguna vez dejen que un niño, lleno de asombro, explore libremente el mundo en todo su esplendor. Dios no permita que alguna vez dejen que un niño juegue afuera, solo
