Is. 5, 1-7 / Sal. 80, 9. 12-16. 19-20 / Flp. 4, 6-9 / Mt. 21, 33-43

En el Evangelio de esta semana, Jesús retoma la imagen de la viña del Antiguo Testamento para enseñar sobre Israel, la Iglesia y el Reino de Dios. El simbolismo de la primera lectura y del salmo también es fácil de comprender.

Dios es el dueño y la casa de Israel es la viña. Israel, una vid muy querida, fue arrancada de Egipto y trasplantada a una tierra fértil que Dios había cavado y preparado especialmente. La ciudad de Jerusalén, con sus murallas, protegía la viña, mientras que el imponente Templo la vigilaba.

Sin embargo, la viña no produjo buenas uvas para el vino, símbolo de la vida santa que Dios quería para su pueblo. Por eso, Dios permitió que invasores extranjeros arrasaran su viña, tal como anuncia Isaías en la primera lectura.

Jesús retoma el relato donde lo deja Isaías e incluso utiliza sus mismas palabras para describir el lagar, la cerca y la torre de vigilancia de la viña. Los dirigentes religiosos de Israel, representados por los viñadores de la parábola, no han aprendido nada de Isaías ni de la historia de su pueblo. En lugar de dar buenos frutos, han matado a los servidores del dueño: los profetas enviados para recoger la cosecha de almas fieles.

En un oscuro anticipo de su propia crucifixión a las afueras de Jerusalén, Jesús anuncia que el último acto de rebeldía de los viñadores será apoderarse del hijo del dueño y matarlo fuera de los muros de la viña.

Por eso, la viña, que Jesús identifica con el Reino de Dios, les será quitada y entregada a otros viñadores: los dirigentes de la Iglesia, que deberán hacerla dar frutos.

Cada uno de nosotros es una vid en la viña del Señor, injertada en Cristo, la verdadera vid (ver Juan 15, 1-8). Estamos llamados a dar frutos de justicia en él (ver Filipenses 1, 11) y a ser las “primicias” de una nueva creación (véase Santiago 1, 18).

Debemos procurar que nuestra vida no quede cubierta por las espinas y los abrojos de las preocupaciones mundanas. Como nos recuerda la segunda lectura de hoy, necesitamos llenar el corazón y la mente de pensamientos nobles y buenas obras, y vivir siempre con alegría, sabiendo que el Señor está cerca.

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Scott Hahn