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Me preocupó ver el más reciente acto de violencia política que tuvo lugar en nuestro país, el ataque contra el presidente, ocurrido el mes pasado, en Washington, D.C. Gracias a Dios, este ataque fue impedido por las fuerzas de seguridad y del orden público.

Es triste pensar que, en este Año del Jubileo de nuestro país con motivo del 250 aniversario de la Declaración de Independencia de Estados Unidos, nuestra nación está más dividida y polarizada de lo que nunca llegué a ver antes.

En estos últimos tiempos he estado pensando mucho en una frase de San Agustín que he citado con frecuencia a lo largo de los años: “¡Tiempos malos, tiempos difíciles! Vivamos bien, y los tiempos serán buenos. Los tiempos somos nosotros; cuales somos nosotros, tales son los tiempos”.

Es bueno que recordemos esto. Nuestras vidas son importantes. Tal vez no seamos poderosos ni influyentes en términos mundanos, pero cada quien tiene un papel que desempeñar en el plan de Dios. La manera en la que vivimos, el ejemplo que damos, lo que decimos y hacemos, nuestras prioridades, todo tiene una trascendencia.

En las lecturas litúrgicas de la temporada pascual, vamos siguiendo el crecimiento de la Iglesia primitiva, tal como San Lucas lo registra en los Hechos de los Apóstoles.

Los apóstoles son los personajes principales, pero los miembros comunes de la Iglesia nunca están muy lejos; su labor consiste en vivir su fe y en orar para que los propósitos de Dios lleguen a su cumplimiento.

Los primeros cristianos se consagraban a la oración, a la enseñanza de los apóstoles y a seguir el mandato de Jesús de celebrar la fracción del pan.

Ellos tuvieron fe en el poder de la oración; así, en los Hechos de los Apóstoles podemos ver cómo los edificios temblaban con su oración, y cómo el Espíritu Santo descendía sobre ellos bajo la forma de lenguas de fuego.

Un ejemplo notable es lo que ocurrió con motivo del arresto de San Pedro. Los Hechos nos dicen simplemente: “Mientras Pedro estaba en la cárcel, la comunidad no cesaba de orar a Dios por él”.

La oración es la labor de la Iglesia. Lo fue entonces y lo sigue siendo actualmente. Con nuestra oración nosotros “creamos nuestros tiempos”, como dice San Agustín.

Actualmente, como en aquellos primeros tiempos de la Iglesia, nosotros nos dedicamos a orar en compañía de María, la Madre de Jesús.

Mayo es el mes de María y el rosario es su oración.

Tenemos nuevamente necesidad de esta oración ahora; es necesario que renovemos nuestra fe en el poder que tiene para transformar nuestros corazones en estos tiempos de hostiles divisiones dentro de nuestra sociedad.

El rosario es una escuela del corazón, una oración del peregrino. Nos da un ritmo para el camino de la vida, las cuentas van marcando los pasos que hemos de dar a lo largo del sendero que vamos recorriendo en la fe, y nos atraen cada vez más al misterio de nuestra vida en Jesucristo.

Cada década empieza con la oración que Jesús nos enseñó, con esa oración que abre nuestros corazones a la amorosa voluntad de nuestro Padre para nuestras vidas. Los misterios que desfilan ante nuestra mirada son escenas que María misma presenció en la vida que llevó con su Hijo.

Con ella, vamos siguiendo al Niño, nacido de su seno, a través de las alegrías de la vida familiar, a través de su misión de traer la luz del amor de Dios al mundo, a través de los dolores de su pasión y de su muerte, y luego, a través de la gloria de su resurrección y de su promesa de una nueva vida.

Al meditar en los misterios de la vida de Cristo, nuestra mente con frecuencia divaga hacia las preocupaciones de nuestra propia vida — nuestros problemas se convierten así en oraciones por nuestras familias y amistades, por nuestro trabajo y nuestro mundo — y volvemos luego a seguir considerando las escenas del Evangelio.

La repetición de las Ave Marías en el rosario es como una letanía de amor. “Te amo” no es algo que le digamos sólo en una ocasión a aquellos a quienes amamos. Por eso, cada Ave María que rezamos en el rosario es como un “Te amo” que le decimos a Jesús y a María.

Al ir contemplando los misterios de la vida de Jesús a través de los ojos de su madre, vamos adquiriendo día a día y cada vez más su imagen y semejanza.

Y como sucede con la oración que Jesús nos enseñó, el rosario nos abre los ojos para ver el mundo como lo ve nuestro Padre y nos hace conscientes de la responsabilidad que tenemos en su plan de redención.

Al rezar el rosario como hijos de Dios, aprendemos a comprender que en la vida lo más importante no es centrarnos en nosotros mismos, sino hacer la voluntad de nuestro Padre y servir a nuestros hermanos y hermanas.

La oración es la misión que tenemos en la Iglesia, y la oración es lo que el mundo necesita tan urgentemente en estos tiempos difíciles. Renovemos, pues, nuestra devoción a María y a su oración en este mes.

Oren por mí y yo oraré por ustedes. Y pidámosle a nuestra Santísima Madre que nos ayude en el empeño que ponemos cada día en hacer que nuestra vida sea buena y en lograr que nuestros tiempos sean buenos.

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Arzobispo José H. Gomez

El Reverendo José H. Gomez es el arzobispo de Los Angeles, la comunidad católica más grande del país. También se desempeña como Presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos.

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