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¿La visita del papa León XIV reavivó la fe católica en España?

Durante los seis días que pasé cubriendo el viaje apostólico del papa León XIV a España, del 6 al 12 de junio, perdí la cuenta de las veces que se me hizo un nudo en la garganta.

Tenía la sensación de estar siendo testigo de algo poco habitual en estos tiempos: una muestra sincera de cariño hacia una persona que, para los creyentes, representa un vínculo con lo divino. Para quienes no comparten la fe, es una voz que promueve valores universales y un profundo sentido de humanidad.

Incluso para los periodistas que viajamos con León a bordo del avión papal, el Papa sigue siendo un misterio que intentamos comprender.

Procedemos de contextos muy diversos. Había católicos, por supuesto, algunos más practicantes que otros. También había ateos y agnósticos, para quienes el Vaticano es simplemente una fuente más de información. En lugar de cubrir deportes o política, el destino los llevó a seguir la actualidad del país más pequeño del mundo.

Pero todos coincidían en algo: lo que vimos en España superó ampliamente las expectativas, tanto de quienes viven allí como de quienes llegábamos desde fuera. Se trata de un país donde —como ocurre en gran parte de Europa occidental— el catolicismo suele ser ignorado o incluso objeto de burla debido a las críticas por los vínculos históricos con la dictadura de Francisco Franco y por los escándalos de abusos sexuales cometidos por miembros del clero.

Por eso, el cariño manifestado por los españoles —y por muchos inmigrantes latinoamericanos— en las calles resultó sorprendente en una sociedad donde el catolicismo ha sido relegado en gran medida y considerado por muchos como una reliquia del pasado.

Los medios de comunicación, la Casa Real e incluso las autoridades locales parecían haberse sumado al entusiasmo por León. Las calles habían hablado: en España todavía era posible vivir y expresar la fe católica sin complejos.

Momentos inolvidables

En Madrid, la diosa griega Cibeles se alza imponente sobre la plaza más emblemática de la capital y es uno de sus principales atractivos turísticos. Pero en la mañana del domingo de Corpus Christi parecía haber desaparecido.

Los 1,2 millones de personas congregadas en la plaza tenían la mirada puesta en otra figura: un Cristo crucificado que presidía el escenario donde se celebraba la Misa.

Las imágenes del recorrido del Papa por la ciudad aquella mañana fueron impresionantes. Miraras donde miraras, las calles estaban repletas. Católicos llegados de todos los rincones de España —junto con numerosos inmigrantes latinoamericanos— querían acompañar a León.

Quizá el momento más inesperado de su paso por Madrid fue su visita al estadio Santiago Bernabéu, casa del Real Madrid. Allí, León se mostró especialmente espontáneo y habló con una cercanía poco habitual, incluso para quienes seguimos de cerca la actualidad vaticana. Y entonces ocurrió algo aún más sorprendente: el reconocido actor español Antonio Banderas realizó una elocuente y solemne profesión de fe que cautivó a todos los presentes, comenzando por el propio Papa.

La imagen que marcó su paso por Barcelona fue, sin duda, la bendición de la torre de Jesucristo de la emblemática —y todavía inacabada— Basílica de la Sagrada Familia. Como ya había sucedido en Madrid, León estuvo acompañado por los reyes de España, Felipe VI y Letizia, lo que añadió un aire de solemnidad y grandeza a todo el acontecimiento.

En su última parada, en las Islas Canarias, el Papa transmitió un mensaje en dos direcciones. En el puerto de Arguineguín escuchó testimonios y expresó su cercanía a quienes se han visto obligados a abandonar su tierra en condiciones cercanas a la esclavitud. Ese lugar, conocido en España como el "muelle de la vergüenza", suele albergar a migrantes africanos recién llegados que viven en condiciones extremadamente precarias.

Al día siguiente, en Santa Cruz de Tenerife, dirigió un firme llamado a los traficantes de personas para que se arrepintieran de unos delitos que calificó como crímenes contra la humanidad.

Y si hubiera que incorporar más nombres al salón de la fama de este viaje, no podrían faltar Renzo y Valentina, dos niños que regalaron algunos de los momentos más emotivos de la visita a Barcelona. Renzo conmovió al Papa con una serie de preguntas profundas y difíciles; Valentina, que es ciega, ofreció una magnífica explicación de una maqueta de la torre de la Sagrada Familia ante León y los reyes de España.

El papa León XIV saluda junto a los reyes de España, Felipe VI y Letizia, durante la ceremonia de bienvenida en el Palacio Real de Madrid el 6 de junio de 2026. (OSV News/Elisabetta Trevisan, Vatican Media)

Una bienvenida real

Hubo, sin embargo, un momento al comienzo del viaje en el que sentí que estaba viviendo una fantasía. Para alguien que viene de un país sin ejército ni monarquía, la recepción del Papa con honores militares en el Palacio Real de Madrid parecía sacada de otro mundo.

La familia real española representa una institución históricamente ligada a la fe católica, aunque los actuales monarcas no sean conocidos precisamente por una práctica religiosa.

Sin embargo, su presencia —junto con la de la reina emérita Sofía— aportó una dignidad especial a los momentos más importantes de la visita. Y los propios reyes parecían encontrar su papel más solemne al caminar junto al Vicario de Cristo.

El padre de Felipe VI, el rey Juan Carlos I, tuvo la oportunidad de recibir tanto a san Juan Pablo II durante sus cinco visitas a España como a Benedicto XVI en las tres ocasiones en que viajó al país. Para Felipe, en cambio, todo esto era nuevo. El inicio de su reinado coincidió con el pontificado del papa Francisco, que rechazó reiteradamente las invitaciones para visitar España. Curiosamente, durante esos mismos años la reina Letizia también se distanció públicamente de la práctica religiosa.

Pero, finalmente, doce años después de su proclamación, Felipe y Letizia tuvieron su momento: la oportunidad de mostrar el peso institucional e histórico de la Corona al recibir al obispo de Roma.

Quienes asistimos a los actos vimos cómo los católicos ovacionaban con entusiasmo tanto a los reyes como al Pontífice, mientras reservaban los abucheos para los políticos.

Aquello dejó en evidencia que los católicos siguen siendo uno de los apoyos más firmes de la monarquía: no solo una mayoría silenciosa, sino un sector capaz de movilizarse masivamente cuando el Santo Padre los convoca.

Y, pese a toda la carga simbólica de la recepción oficial, fue un episodio inesperado el que ofreció la mejor prueba de que había nacido una auténtica amistad. Cuando el avión papal sufrió una avería poco antes de partir de las Islas Canarias, Felipe VI intervino enviando su propio avión oficial para llevar a León de regreso a Roma.

Jovel Álvarez
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Jovel Álvarez