Sin haber cumplido aún dos años de pontificado, León XIV vive uno de los episodios más delicados de su ministerio: una nueva ruptura en el seno de la Iglesia.
Con una actitud desafiante y pese a las reiteradas advertencias, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X no dio marcha atrás y este miércoles consumó la consagración de cuatro nuevos obispos sin mandato pontificio, un acto de abierta desobediencia a la autoridad del Papa que conlleva la excomunión automática de los seis implicados, conforme al Derecho Canónico.
Ahora, hay que esperar la reacción oficial del Vaticano que con mucha probabilidad incluirá una declaración formal de cisma, ya advertida en los días previos.
En 1988, tras las consagraciones episcopales sin mandato papal realizadas por su fundador, el arzobispo Marcel Lefebvre, la respuesta llegó dos días después: el 2 de julio, San Juan Pablo II publicó el motu proprio Ecclesia Dei, en el que hablaba abiertamente de “ruptura” de la comunión eclesial y creaba una comisión para facilitar la reconciliación de los fieles vinculados a la Fraternidad.
Para cualquier Pontífice, un cisma constituye una tragedia; en el caso de León XIV, adquiere una dimensión aún más compleja también desde el plano personal. El Papa pertenece a la Orden de los agustinos, la misma a la que pertenecía Martin Lutero, protagonista del gran cisma protestante que dividió en dos a la Iglesia.
Un gesto de insumisión que se repite
La ceremonia ilícita ocurrió en la pradera de Ecône (Suiza), sede del seminario internacional de la Fraternidad: el mismo lugar donde Mons. Lefebvre provocó hace exactamente 38 años la ruptura con Roma al consagrar a cuatro obispos sin el preceptivo mandato pontificio.

La consagración de nuevos obispos supone un paso decisivo hacia la ruptura. Crédito: Fraternidad Sacerdotal San Pío X
Un gesto de insumisión que se ha repetido este miércoles 1 de julio, sin aparente remordimiento, a pesar de la súplica paterna con la que el Papa León XIV advirtió el martes del “pecado de extrema gravedad” que estaban a punto de cometer.
Los encargados de perpetrar el delito cismático fueron, precisamente, los dos únicos supervivientes de las consagraciones ilegítimas de 1988. La ceremonia fue presidida por el obispo español Mons. Alfonso de Galarreta como consagrante principal, asistido por el suizo Mons. Bernard Fellay como co-consagrador.
Los nuevos obispos —el suizo Pascal Schreiber; el estadounidense Michael Goldade; y los franceses Michel Poinsinet de Sivry y Marc Hanappier— han sido designados auxiliares de la Fraternidad con el objetivo declarado de servir a la Iglesia, aunque, en la práctica, este acto supone un paso decisivo hacia la ruptura.
Elementos provocatorios
No faltaron elementos cargados de simbolismo que evocaban, no sin cierta provocación, lo ocurrido en 1988. El trono en el que se sentó Mons. De Galarreta fue el mismo utilizado en su día por Mons. Lefebvre, y los paramentos usados por los obispos que fueron los que revistieron a los 4 obispos ordenados hace 38 años.
Miles de fieles llegaron con horas de antelación, ataviados con trajes tradicionales y sombreros de paja, y provistos de sillas plegables, en un ambiente que mezclaba lo festivo con lo solemne. Para la ocasión, la Fraternidad puso incluso a la venta diversos recuerdos, entre ellos una exclusiva caja de vino por 75 francos suizos (unos 92,50 dólares), denominada “Cuvée des Sacres”, que incluía variedades como pinot noir, syrah, petit arvine y fendant, cada botella decorada con la imagen de uno de los obispos consagrados.

Con una actitud desafiante y pese a las reiteradas advertencias, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X no dio marcha atrás. Crédito: Fraternidad Sacerdotal San Pío X
Mons. De Galarreta, obispo consagrante, susurró al micrófono las fórmulas litúrgicas, rigurosamente en latín, de espaldas a los 17.000 fieles presentes —según estimaciones de los organizadores—, procedentes de cerca de setenta países.
Sin mandato del Papa
En las formas, la consagración episcopal siguió un rito válido, pero carecía del elemento clave para que fuera lícita: el mandato del Papa.
El acto se inició con una solemne procesión hasta el altar instalado bajo una carpa, en la que participaron miembros de diversas órdenes religiosas vinculadas a la Fraternidad. En primera fila se situaron los sacerdotes y las monjas vinculadas a la fraternidad.
Entre los asistentes se encontraban numerosas familias, que siguieron la ceremonia a través de pantallas gigantes instaladas en la pradera suiza.
En principio, estos fieles no incurrieron automáticamente en excomunión. Según explicó a ACI Prensa el P. Pierpaolo Dal Corso, experto en Derecho Canónico Penal y Sacramental, esta solo se aplicaría si rechazaran la autoridad del Papa o la legitimidad de la Iglesia Católica.
En 1996, el Pontificio Consejo para los Textos Legislativos aclaró que la excomunión por cisma no se aplica automáticamente a quienes asisten a celebraciones de la Fraternidad. En la misma línea, el canonista Mons. William King señaló a ACI Prensa que la excomunión requiere una adhesión consciente a la negación de la autoridad del Papa.
Antes del rito de consagración, tomó la palabra el superior general de la Fraternidad, el P. Davide Pagliarani, quien llegó a defender incluso la necesidad de canonizar a Mons. Lefebvre. El fundador del movimiento falleció en 1991 sin signos públicos de arrepentimiento, condición necesaria para una reconciliación plena con Roma.
Un argumento inválido
El P. Pagliarani leyó un texto en el que justificó las consagraciones apelando a un supuesto “estado de necesidad”, argumento ya utilizado en 1988, aunque la Santa Sede ha reiterado en diversas ocasiones que no resulta aplicable, especialmente tras una advertencia explícita del Papa.

El P. Pagliarani leyó un texto en el que justificó las consagraciones apelando a un supuesto “estado de necesidad”, un argumento no válido para el Vaticano. Crédito: Fraternidad Sacerdotal San Pío X.
En su intervención, dejó clara su ruptura doctrinal, afirmando que “habida cuenta que desde el Concilio Vaticano Segundo hasta nuestros días, las autoridades de la Iglesia están imbuidas de un espíritu contrario al de la fe y obran contra la santa tradición”.
“Estimamos que es un deber sagrado para con la Santa Iglesia y las almas proceder con la consagración de obispos plenamente fieles a la Santa Tradición y el magisterio constante de la Iglesia”, añadió.
Los cuatro candidatos pronunciaron su juramento en latín, comprometiéndose incluso a “luchar contra los herejes cismáticos”, en una paradoja que tampoco pasó desapercibida.
El discurso del superior general de los lefebvrianos insistió en rechazar lo que consideró un “falso dilema” entre fidelidad a la fe y comunión eclesial, intentando argumentar que su decisión no supone una ruptura con la Iglesia Católica.
Sin embargo, la situación canónica de la Fraternidad es compleja ya que mantiene su rechazo a elementos clave del Concilio Vaticano II, especialmente al documento Dignitatis humanae, sobre el principio de la libertad religiosa.
“Se nos acusa de no respetar al Papa, pero es precisamente porque lo amamos como vicario de Cristo por lo que no queremos verlo humillado al lado de falsos pastores, de representantes de falsas religiones”, sostuvo el P. Pagliarani, cerrando de facto la puerta al diálogo ecuménico e interreligioso.
“Vivimos estas consagraciones en el gozo y en la esperanza. No las vivimos en la polémica ni en la tensión ni en la amargura ni en el resentimiento”, remachó.
"Vuestros peores enemigos no os van a atacar frontalmente para intentar deslizaros gradualmente, hacia una percepción más actualizada de la fe hacia a las relaciones con el mundo. Cuando sintáis este peligro, reflexionad, rezad, tomad consejo, evaluad, permaneced inmóviles antes de reaccionar como una serpiente", instó a los nuevos obispos consagrados.
Y agregó a continuación: "Nunca jamás retrocedáis. Eso es lo que significa ser como una serpiente. Darse cuenta de la doblez, de la ambigüedad, de la astucia que está en el mundo".
“Dios nos pide ahora ser tratados como rebeldes”, declaró en otro momento de su intervención.
La Fraternidad está ya claramente al margen de la jurisdicción canónica de la Iglesia. Pero con este nuevo paso, han desafiado al Papa. Si ahora el Vaticano declara formalmente el cisma, sus miembros quedarán aún más aislados, sin posibilidad de recibir ningún ministerio ni misión en las diócesis. Esto supondrá que sus miembros — unas 600.000 personas— acaben abocadas a un círculo cada vez más sectario.
Aunque los sacerdotes de la Fraternidad están suspendidos, el Papa Francisco les concedió facultades para confesar y asistir matrimonios. En caso de confirmarse el cisma, estas concesiones podrían ser revisadas.
A la espera de la reacción de Roma, la institución lamentó en un comunicado que “debido a las circunstancias excepcionales, estas consagraciones hayan debido conferirse sin la autorización del Santo Padre”. También puso en evidencia la falta de interlocución directa entre el Superior General de la Fraternidad y el Papa León XIV.
