Dave de Csepel, abajo a la izquierda, posa con personal y voluntarios de la Sociedad de San Vicente de Paúl durante un evento de ayuda por los incendios en Altadena en junio de 2025. (Dave de Csepel)
Las facturas de los servicios no dejan de aumentar, el lavarropas empieza a fallar y cada noche alguien tiene que dormir en el sofá.
Eso es lo que ocurre cuando, de un día para otro, un hogar duplica la cantidad de personas que viven en él.
Movida únicamente por la generosidad, Ramona Villegas recibió en su casa a una compañera de trabajo y a sus tres hijas después de que perdieran su vivienda en Altadena durante los incendios forestales del sur de California en 2025. Tras más de un año de dificultades económicas, Villegas recibió recientemente el primero de los pagos mensuales otorgados por Catholic Charities y la Cruz Roja, destinados a aliviar la carga de quienes recibieron en sus hogares a sobrevivientes de los incendios.
“Esto nos va a ayudar muchísimo. Siento un gran alivio”, dijo Villegas, quien vive en Pasadena. “Tuvimos que hacer muchos ajustes, pero me sentí muy bendecida de estar tan cerca del incendio y que mi casa siguiera en pie. No podía simplemente decir: ‘Yo estoy bien’ y darle la espalda a quienes lo perdieron todo”.
El programa Ayuda para Familias Anfitrionas en Desastres (Disaster Aid for Host Families) es solo uno de los distintos recursos de asistencia impulsados por organizaciones católicas que continúan activos, aun cuando los incendios ya dejaron de ocupar los titulares. Instituciones católicas de toda la Arquidiócesis de Los Ángeles y otras regiones aseguran que la ayuda sigue siendo indispensable, especialmente ahora que otros programas de asistencia comienzan a reducirse.
“Muchos se sorprenden de que todavía sigamos aquí, porque varias agencias ya se fueron”, explicó Nicole Ybarra, directora asociada de programas de la región San Gabriel de Catholic Charities of Los Angeles.
El equipo de Ybarra ha visitado parroquias e incluso colocado volantes en cafeterías de los barrios afectados.
“Es difícil encontrar estos recursos, así que cuando la gente nos encuentra, se siente muy agradecida”, afirmó.
Cuando Louise, abajo a la derecha, perdió su casa en los incendios forestales, su compañera de trabajo Ramona Villegas, arriba a la izquierda, la recibió en su hogar junto a sus tres hijas. También aparecen en la imagen la sobrina de Ramona, Olivia, al fondo en el centro; la hija de Ramona, Alondra, al fondo a la derecha; y una de las hijas de Louise, Brianna, abajo a la izquierda. (Ramona Villegas)
Para sus programas de ayuda por desastres, Catholic Charities of Los Angeles recibió más de 2 millones de dólares de su organización nacional, además de donaciones de particulares, colectas parroquiales y aportes de la Fundación Comunitaria Católica de Los Ángeles (Catholic Community Foundation of Los Angeles). Aunque Catholic Charities es la principal organización de asistencia de la Arquidiócesis de Los Ángeles, distintas asociaciones laicas también continúan ayudando a las víctimas de los incendios.
Uno de los grupos parroquiales más activos ha sido la Sociedad de San Vicente de Paúl (Society of St. Vincent de Paul, SVdP). Inspirados en la idea de un “servicio de persona a persona”, inicialmente entregaron alimentos, ropa y acompañamiento pastoral a los damnificados. Ahora realizan visitas a los hogares para conocer de cerca las necesidades de cada familia y brindar ayuda concreta según cada situación.
“Creo que, más que nada, estamos ayudando con el alquiler porque mucha gente está trabajando menos”, explicó Dave de Csepel, presidente de la conferencia de SVdP en la Iglesia Católica de Santa Isabel de Hungría (St. Elizabeth of Hungary Catholic Church). “Cuando se queman miles de estructuras —ya sea un club, un restaurante o una casa— también desaparecen muchísimos empleos.
“La gente está amontonándose en departamentos pequeños o directamente viviendo en sus autos”.
Felisa Wright, vecina de Altadena, quedó devastada cuando el incendio Eaton destruyó su casa, donde además funcionaba su guardería privada. Wright contó que la Sociedad de San Vicente de Paúl cubrió varios meses de alquiler y servicios, lo que le permitió reabrir el negocio en otro lugar.
“San Vicente realmente apareció cuando más lo necesitaba; me ayudaron muchísimo”, afirmó Wright. “Cuando vuelva a tener ingresos como antes, quiero devolver esa ayuda y donar a la organización para que puedan ayudar a otras personas”.
Hasta ahora, SVdP ha reunido 950.000 dólares para las víctimas de los incendios, en gran parte gracias a donaciones de la Fundación Annenberg y la Fundación Pasadena Community. Además, la Sociedad de San Vicente de Paúl, los Caballeros de Colón (Knights of Columbus), sacerdotes y personal parroquial ayudaron a conectar a las víctimas con la asistencia del Fundación Católica de Orange (Orange Catholic Foundation).
Esta última organización, con aportes de la Diócesis de Orange y de sus fieles, recaudó 1,2 millones de dólares para su Fondo Ayuda LA (Help LA Fund). Las víctimas de los incendios —sin importar su religión— pudieron solicitar ayuda en ocho sedes, entre ellas las iglesias Sagrado Corazón (Sacred Heart Church) y la Iglesia Católica de Santa Isabel de Hungría, ambas ubicadas en Altadena, una de las zonas más golpeadas. Las ayudas individuales oscilaron entre 300 y 2.500 dólares.
Según Kathleen Hurtt, vicepresidenta ejecutiva de la Fundación Católica de Orange, católicos de todo el país colaboraron con las campañas de ayuda.
“Creo que esa es la belleza de la Iglesia: cuando una parte sufre, todos sufrimos”, expresó Hurtt. “Y al ser una zona muy visitada por turistas, mucha gente pudo descubrir de una manera especial lo que la Iglesia puede hacer. Los visitantes de nuestras parroquias se sintieron muy inspirados al ver este fondo de ayuda y decidieron sumarse”.
Familias beneficiadas, como los Neiman de Pacific Palisades, aseguran que esa generosidad no solo les dio ayuda material, sino también un poco de esperanza y consuelo.
Cuando el incendio Palisades arrasó la comunidad, la familia perdió casi todo lo que consideraba importante: las escuelas de sus hijos, su parroquia —la Iglesia de Corpus Christi — y su casa, donde guardaban suministros médicos esenciales para una de sus hijas.
Kellan Neiman, Doug Neiman, Shannon Neiman y Ciaran Neiman perdieron su casa en el incendio de Palisades, junto con equipos médicos importantes para el cuidado de Ciaran. (Familia Neiman)
Ciaran Neiman, quien perdió gran parte de su movilidad tras una infección que casi le cuesta la vida, depende de equipos especiales como una grúa de traslado y una silla de baño adaptada. Su madre, Shannon Neiman, recordó que después del incendio solo quedaron restos carbonizados de una silla de ruedas y una gran tristeza.
Eso empezó a cambiar cuando llegó la ayuda económica. Con el primer subsidio, la familia compró una cama especial que le permite a Ciaran sentarse cómodamente para comer.
“Ese es el lugar seguro y feliz de mi hija”, contó Shannon. “Poder acceder a un equipo así, que de otro modo no podríamos pagar, fue algo increíble.
“Cualquier gesto de alegría nos ayuda a seguir adelante un poco más”.
Mientras algunos grupos católicos atienden múltiples necesidades de los damnificados, otros concentran sus esfuerzos en un objetivo específico. En el caso de la Orden de Malta en Los Ángeles, la prioridad es el bienestar de los niños, en especial de los estudiantes desplazados de las escuelas que debieron cerrar en las parroquias de Corpus Christi Church y St. Elizabeth of Hungary Catholic Church. Sus miembros reunieron 100.000 dólares en becas que permitieron a más de 90 alumnos continuar sus estudios en escuelas católicas cercanas.
La escuela Assumption of the Blessed Virgin Mary School, en Pasadena, recibió a 67 estudiantes desplazados —la mayoría de St. Elizabeth— con apoyo en las matrículas aportado por la Orden de Malta y otros donantes como la arquidiócesis, la Sociedad del Niño Jesús de Pasadena y Catholic Charities of Los Angeles.
El director del colegio, Robert Bringas Jr., destacó el impacto positivo de la llegada de los nuevos alumnos.
“Sin duda para bien”, afirmó. “Más estudiantes, más diversidad, más personalidades. Estas familias han sido una verdadera bendición”.
Rowena Itchon explicó que la ayuda en contextos de desastre, especialmente hacia los más vulnerables, es parte esencial de su misión.
“En la Orden llamamos a los enfermos y a los pobres nuestros señores”, dijo. “Al servirlos, vemos a Cristo; ese es el corazón de nuestro trabajo”.
Aun así, la tarea de asistencia sigue siendo compleja y, a veces, desgarradora. Dave de Csepel señaló el temor que generan las deportaciones de inmigrantes indocumentados por parte de ICE.
“Son familias muy trabajadoras, con mucho orgullo, y aun así llegan a nosotros porque no pueden salir a trabajar”, explicó. “Tienen miedo. Incluso los chicos temen volver a casa y no encontrar a sus padres. Es duro, pero tratamos de acompañarlos porque son parte del tejido de nuestra comunidad”.
Recorriendo Pasadena como conductor de Uber, Osvaldo Cosio observa una ciudad en reconstrucción, con casas nuevas levantándose junto a terrenos aún calcinados. Tras perder su hogar y su empleo principal en el incendio, intenta sostenerse con trabajos temporales y manejando Uber, aunque estuvo a punto de no lograrlo.
“Si no podía pagar el auto, me lo quitaban y quedaba en una situación muy difícil”, contó Cosio, padre de dos hijos. “Dave me ayudó con ese pago. También me volvió a ayudar con el alquiler y la comida.
“Los voluntarios nos recibieron como si fuéramos familia”.
Las organizaciones católicas aseguran que seguirán acompañando a las familias mientras puedan, impulsadas por su fe y por las personas a las que sirven.
“Quiero estar con ellos mientras haya fondos y hasta que la comunidad se recupere de verdad”, dijo Nicole Ybarra. “Creo profundamente en la justicia social, y este trabajo, para mí, es una forma de vivir la fe”.