Hosea Alexander Sr. fue un destacado atleta, veterano de las Fuerzas Armadas y pionero de la ciencia de cohetes que trabajó en algunas de las primeras misiones espaciales de la NASA.

Pero durante los últimos 51 años de su vida, todos los honores y trofeos que había acumulado no podían compararse con aquello que más amaba ser: diácono.

“Ahora que estás jubilado y eres diácono, haces más que cuando trabajabas”, solía bromear con él su esposa, Genevieve.

Y Hosea Alexander no era un diácono cualquiera.

Conocido por su carácter extrovertido, su trato sencillo y cercano y su brillante intelecto, Alexander perteneció al primer grupo de diáconos permanentes ordenados por el cardenal Timothy Manning en 1975, pocos años después de que el ministerio fuera restaurado formalmente por el papa san Pablo VI. Como los hombres fueron ordenados según el orden alfabético de sus apellidos, le gustaba recordar a la gente que, técnicamente, él fue el primer diácono permanente en la historia de la Arquidiócesis de Los Ángeles.

Hosea Alexander junto a su esposa, Genevieve, el día de su ordenación como diácono en 1975. (Familia Alexander)

Hosea Alexander junto a su esposa, Genevieve, el día de su ordenación como diácono en 1975. (Familia Alexander)

Alexander murió el 9 de julio a los 95 años. Convertido al catolicismo, dedicó buena parte de su vida a acompañar y formar a varias generaciones de diáconos permanentes, al mismo tiempo que contribuyó al trabajo de la arquidiócesis con la comunidad católica afroamericana.

Nacido en Arkansas en 1930, hijo de padres de ascendencia cheroqui y afroamericana, Alexander creció en San Luis, principalmente bajo el cuidado de sus abuelos maternos. En 1948 se alistó en el Ejército. Aunque nunca fue enviado a combate, recibió varios reconocimientos y ascensos y se destacó como boxeador y mariscal de campo de fútbol americano.

Durante su tiempo en Fort Riley, Kansas, entabló amistad con el capellán católico, el padre Francis Xavier Murphy, CSsR., quien años después se haría famoso por sus crónicas del Concilio Vaticano II bajo el seudónimo de Xavier Rynne. Alexander había sido criado como protestante, pero comenzó a asistir a Misa y se interesó profundamente por la fe católica. Incluso había leído la Summa Theologica de Santo Tomás de Aquino.

“Puedo ver, señor Alexander, que usted ya sabe todo esto”, le dijo Murphy mientras se preparaba para ingresar a la Iglesia católica.

Después de ser dado de baja del Ejército, Alexander ingresó a la Universidad de Notre Dame para estudiar ingeniería. En 1955, mientras trabajaba durante el verano en Los Ángeles, conoció a Genevieve. Eran años en los que numerosas familias afroamericanas y criollas se trasladaban desde el sur de Estados Unidos hacia el sur de California. La pareja se casó unos meses después y finalmente regresó a Indiana, donde Alexander terminó sus estudios en 1962 y se convirtió en uno de los primeros ingenieros afroamericanos egresados de Notre Dame.

Al regresar a Los Ángeles, trabajó en las primeras pruebas de vuelo y en el diseño de tanques de combustible para importantes empresas del sector aeroespacial, entre ellas el Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) de la NASA, Rocketdyne y Hughes Aircraft.

Pero su paso por Notre Dame también había despertado en él una devoción que terminaría marcando el rumbo de su vida: una profunda fe y amor por la Virgen María, patrona de la universidad.

El diácono Peat Wilson habla durante la Misa de funeral de Alexander en la iglesia Holy Name of Jesus el 14 de agosto. Ambos fueron amigos durante décadas. (John Geronilla)

El diácono Peat Wilson habla durante la Misa de funeral de Alexander en la iglesia Holy Name of Jesus el 14 de agosto. Ambos fueron amigos durante décadas. (John Geronilla)

“Todo en su vida giraba en torno a la Iglesia y al rosario”, dijo Elmer Pratt, compañero de Alexander en los Caballeros de San Pedro Claver y amigo cercano durante más de 30 años.

“Por la noche, sabías que ibas a rezar el rosario”, recordó Vincent, el menor de los cinco hijos de Alexander. “No era simplemente que te fueras a dormir. Ibas a rezar el rosario”.

Pratt cree que esa profunda devoción ayudó a Alexander a discernir su vocación al diaconado. Hosea y Genevieve eran feligreses de la iglesia St. Agatha, en Mid-City, y fue allí donde unos amigos de un grupo de católicos afroamericanos de la zona le sugirieron que considerara el ministerio del diaconado permanente, que había sido restaurado recientemente.

“En ese momento de su vida, era un ingeniero aeroespacial exitoso y podría haber continuado en esa profesión o simplemente haberse jubilado para dedicarse a cualquier otra cosa”, dijo Pratt. “Pero, en esencia, se jubiló para ingresar al programa de formación de diáconos”.

Los primeros años de Alexander como diácono fueron una etapa de “experimentación”, ya que la Iglesia todavía estaba definiendo cuál debía ser exactamente el papel de los diáconos, explicó el diácono Peat Wilson, amigo de Alexander y ordenado en 1982.

“Durante la formación inicial, no sabían qué enseñarnos y los sacerdotes tampoco tenían idea de qué hacer con nosotros”, dijo Wilson, diácono de la iglesia St. Rose of Lima, en Simi Valley. “No había procedimientos establecidos. Tuvimos que desarrollarlos, y Hosea fue uno de los que alzó la voz y señaló lo que debía hacerse”.

Con el tiempo, esas experiencias le permitieron a Alexander acompañar y formar a generaciones de diáconos más jóvenes. Wilson señaló que Alexander entendía su misión como algo que iba mucho más allá de administrar sacramentos: se trataba de evangelizar a la comunidad local.

“En la comunidad afroamericana no había suficientes personas que pudieran salir al encuentro de la gente en los distintos ámbitos de la vida cotidiana”, explicó Wilson. “Nuestro primer objetivo era aprender a ejercer nuestro ministerio allí donde estaba la gente. Por eso fue una experiencia tan novedosa: nadie había hecho algo así antes”.

El diácono Alexander en 1997. (Familia Alexander)

El diácono Alexander en 1997. (Familia Alexander)

Oficialmente, Alexander ejerció como diácono en St. Agatha y, más tarde, en Holy Spirit, ambas en Mid-City, y en Holy Name of Jesus, en la zona de Jefferson Park, en Los Ángeles. Pero desde el principio fue un diácono muy solicitado.

“Dondequiera que haya una persona afroamericana en una iglesia, quiero que vayas allí a predicar”, le dijo el cardenal Manning después de su ordenación.

Tanto el cardenal Manning como su sucesor, el cardenal Roger Mahony, recurrieron a Alexander para pedirle consejo sobre el diaconado permanente y la evangelización de los católicos afroamericanos.

“Fue verdaderamente un pionero profético para toda la arquidiócesis y estableció un nuevo estándar para todos los diáconos permanentes que vinieron después de él”, dijo Mahony, quien con frecuencia le pedía a Alexander que lo ayudara en confirmaciones y otras celebraciones litúrgicas en parroquias con presencia de católicos afroamericanos.

Con el paso de los años, Alexander incorporó su propio estilo a ese ministerio. Era conocido por sus duetos bilingües y, inspirado en el relato del rey David danzando mientras trasladaba el Arca de la Alianza, solía bailar mientras llevaba el Evangeliario durante la procesión de entrada de la Misa. "Dios es bueno... todo el tiempo" era una de sus frases características, y su manera particular de rezar el rosario con pasajes de las Escrituras se convirtió en una tradición en las vigilias por los feligreses fallecidos"

A pesar de la muerte de Genevieve en 2022 y de los problemas de salud que enfrentó durante sus últimos años, Alexander se mantuvo activo hasta el final. Participaba en sesiones nocturnas de rosario por Zoom, con lecturas de la Escritura, música, momentos para compartir y oraciones por los enfermos.

En su Misa de funeral, celebrada el 14 de agosto en Holy Name of Jesus, un coro que incluía a su hijo Vincent puso de pie a más de 300 personas antes, durante y después de la celebración, tal como Alexander habría querido.

El celebrante de la Misa, el arzobispo José H. Gómez, señaló que apenas unos días antes, el 8 de agosto, fiesta de San Lorenzo Mártir, había participado en el encuentro anual de más de 300 diáconos de Los Ángeles. Dijo que la magnitud de esa reunión era un testimonio del legado de Alexander.

“Lo que comenzó el diácono Alexander se ha convertido ahora en una enorme bendición para la arquidiócesis”, afirmó el arzobispo.

Eddie, uno de los hijos de Alexander y médico internista en Los Ángeles, reconoció que su padre había dejado un estándar prácticamente imposible de alcanzar para los demás, aunque nunca hizo alarde de ello.

“Digamos que Dios le había concedido algunos dones especiales”.

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Pablo Kay
Pablo Kay es el redactor en jefe de Angelus.