Las promesas anunciadas por el profeta Isaías encuentran su pleno cumplimiento en Jesucristo y en la Iglesia. Quienes tienen sed son invitados a las aguas vivas del Bautismo, y quienes tienen hambre reciben el alimento abundante de la Eucaristía.
El Evangelio de este domingo, con el relato de la multiplicación de los panes y los peces, está lleno de referencias al Antiguo Testamento. Jesús aparece como el Buen Pastor, semejante a David, que conduce a su pueblo y lo alimenta. También se presenta como un nuevo Moisés, que sacia el hambre de una multitud en un lugar desierto, y como un nuevo Eliseo, al multiplicar unos pocos panes hasta que todos quedan satisfechos y aún sobra alimento.
San Mateo quiere mostrar, además, que este milagro anticipa la Eucaristía. Jesús realiza los mismos gestos que repetirá en la Última Cena: toma el pan, pronuncia la bendición, lo parte y lo entrega a sus discípulos.
El papel de los Doce también ocupa un lugar central. Antes del milagro, Jesús les dice: "Denles ustedes de comer". Son ellos quienes distribuyen el pan bendecido por el Señor, anticipando la misión que recibirán de celebrar la Eucaristía y alimentar espiritualmente al pueblo de Dios.
Al final, las sobras llenan doce canastas, un detalle que simboliza a los doce apóstoles, fundamento de la Iglesia.
Como proclama el salmo, Dios abre su mano y sacia a todo ser viviente. Y, como recuerda san Pablo en la segunda lectura, nada puede separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.