El 11 de junio, la Iglesia celebra a un santo que rara vez ocupa el centro de atención, pero cuya presencia fue clave en los primeros años del cristianismo: San Bernabé. La Biblia lo describe como “un hombre bueno, lleno del Espíritu Santo y de fe” (Hechos 11,24).

Bernabé era un levita nacido en Chipre, un hombre con recursos, pero sobre todo con un gran corazón. Cuando la primera comunidad cristiana de Jerusalén atravesaba necesidades, vendió un terreno y entregó el dinero a los apóstoles (Hechos 4,36-37). Fue entonces cuando recibió el nombre de Bernabé, que significa “hijo del consuelo” o “hijo de la exhortación”. No era un apodo cualquiera, sino el reconocimiento de un don especial: la capacidad de animar a otros y sacar lo mejor de cada persona.

Ese don se vio claramente en su relación con San Pablo. Tras su conversión, cuando Pablo llegó a Jerusalén, muchos cristianos todavía le tenían miedo. Había perseguido a la Iglesia y les costaba creer que realmente hubiera cambiado.

Pero Bernabé decidió confiar en él.

Bernabé fue quien llevó a Pablo ante los apóstoles, relató lo que le había sucedido y aseguró que su conversión era sincera (Hechos 9,27). Humanamente hablando, sin ese gesto de confianza, Pablo probablemente habría seguido siendo visto con desconfianza y habría quedado al margen. Pero gracias a Bernabé fue recibido por la comunidad cristiana, y la Iglesia ganó al que se convertiría en uno de sus más grandes misioneros.

Ese espíritu de apoyo y cercanía volvió a aparecer cuando comenzó a florecer una nueva comunidad cristiana en Antioquía. La Iglesia envió a Bernabé para ver qué estaba ocurriendo allí y, al descubrir la fe y el entusiasmo de aquellos creyentes, se llenó de alegría. Entonces fue a buscar a Pablo para sumarlo a la misión. Juntos acompañaron y formaron a esa comunidad, y más tarde llevaron ayuda a Jerusalén durante una época de hambruna (Hechos 11,25-30).

Más tarde partieron juntos en misión. Bernabé y Pablo predicaron el Evangelio, enfrentaron persecuciones y ayudaron a expandir la Iglesia entre los gentiles. Y cuando surgió la discusión sobre si los no judíos convertidos debían circuncidarse, ambos defendieron la misma postura. Finalmente, los apóstoles en Jerusalén, encabezados por Pedro, confirmaron esa decisión (Hechos 15).

Bernabé no solo sabía alentar a otros: también fue una figura clave en la construcción y el crecimiento de la Iglesia naciente.

Sin embargo, quizá el momento más revelador de la vida de Bernabé llega hacia el final de su historia. Cuando se preparaban para emprender un nuevo viaje misionero, él y Pablo tuvieron un fuerte desacuerdo sobre Juan Marcos, quien anteriormente había abandonado la misión. Pablo no quería llevarlo otra vez, pero Bernabé insistió.

Y así, terminaron separándose (Hechos 15,37-39).

Es fácil quedarse solo con el conflicto, pero lo más importante es lo que hizo Bernabé: le dio a Marcos una segunda oportunidad. El mismo hombre que antes había apostado por Pablo cuando nadie confiaba en él, ahora volvía a confiar en alguien más. Creía en el cambio, en la posibilidad de volver a empezar y en la fuerza de la redención.

Y el tiempo le dio la razón. Años después, el propio Pablo hablaría de Marcos con afecto y diría que era “muy útil para el ministerio” (2 Timoteo 4,11). Una vez más, el aliento y la confianza de Bernabé dieron fruto.

La vida de Bernabé recuerda que animar y sostener a otros no es algo menor: también es obra del Espíritu Santo.

Y quizá muchas veces nuestra misión más importante sea precisamente esa: ayudar a formar a un nuevo Pablo o darle una nueva oportunidad a un Marcos, sembrando frutos para la Iglesia que quizá nunca lleguemos a ver.

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Scott Hahn