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Hace unas semanas llevaba a mis hijos a un cumpleaños y pasamos por la calle principal del pueblo, donde cientos de personas participaban en una protesta de “No Kings”, sosteniendo carteles hechos a mano y pidiendo bocinazos de apoyo.

Me impactó ver varios carteles con insultos y palabras vulgares. Recé para que mi hijo de jardín de infantes no tuviera tiempo de descifrar las palabras. No las leyó, pero sí me preguntó por qué estaba tan sorprendida.

Pocas semanas después, volvió a ver esa misma expresión de horror en mi rostro cuando leí la ya famosa publicación en redes sociales, cargada de insultos, que el presidente compartió el Domingo de Pascua dirigida a los líderes de Irán.

En ambos casos, les di la misma lección que usamos cuando nuestros hijos prueban decir malas palabras: algunas expresiones pueden llamar la atención al instante, pero son una versión pobre de lo que de verdad puede ser ingenioso o tener sentido.

Los niños de hoy están acostumbrados al lenguaje vulgar. Es parte del ambiente en el que crecen. Lo escuchan en la televisión, en los eventos deportivos e incluso en boca de líderes políticos y funcionarios públicos.

Y eso sin contar a los influencers, podcasters y figuras de las redes sociales —incluidos muchos católicos— que hablan constantemente mal de los demás. Estas personas obtienen ganancias llenando nuestras pantallas de chismes, difamaciones, calumnias y ataques contra la reputación ajena, todos pecados graves contra el octavo mandamiento.

Lo más triste es que nos hemos acostumbrado a consumir todo eso. Las investigaciones muestran que, cuanto más expuestos estamos a la grosería y al lenguaje vulgar, más normales y aceptables nos parecen. Y con el tiempo, nuestra propia manera de hablar y actuar termina reflejándolo.

En realidad, no tenemos solo un problema de lenguaje. Tenemos un problema del corazón.

Ese es el diagnóstico del padre Gregory Pine, autor de “Training the Tongue and Growing Beyond Sins of Speech” (Aprender a controlar la lengua y vencer los pecados del habla).

El libro —que combina memorias personales con una reflexión tomista sobre los vicios y las virtudes— se presenta como una guía sencilla y práctica para quienes desean mejorar su manera de hablar y de expresarse, tanto en persona como en redes sociales. Incluso podría ser un buen regalo tanto para un familiar como para un dirigente político.

Gregory Pine, profesor de Teología Dogmática y Moral en la Dominican House of Studies, subdirector del Thomistic Institute y conductor del pódcast Godsplaining, tiene una manera de comunicar que vale la pena imitar. Aun así, reconoce con humor muchas ocasiones en las que se arrepintió de algo apenas lo dijo. (Como compatriota de Filadelfia, disfruté especialmente su reflexión sobre la forma de hablar del noreste de Estados Unidos, que puede ser bastante áspera. Después de todo, venimos de una ciudad cuyos aficionados llegaron a abuchear a Santa Claus).

Para Pine, cuidar la manera en que hablamos no es solo una cuestión de buenos modales, sino parte del crecimiento espiritual y moral. “La lengua deja ver lo que hay en nuestro interior, y podemos usarla de muchas maneras”, escribe al inicio, retomando la enseñanza de Jesús: “De la abundancia del corazón habla la boca” (Lucas 6,45).

El autor invita a ejercitar un modo de hablar más sano y virtuoso en la vida cotidiana: decir la verdad, dialogar, animar y corregir con caridad, enseñar, compartir alegría y también dirigirse a Dios en la oración.Principio del formulario

Pine escribe como fraile dominico, alguien formado para ayudar a las personas a crecer en la vida espiritual, no solo evitando el pecado y las ocasiones de caer en él, sino también cultivando la virtud. La práctica constante de buenos hábitos, explica, es lo que termina produciendo cambios duraderos.

Tampoco se engaña pensando que esto sea fácil. Basta mirar el panorama actual: muchas veces ya no sabemos qué noticias son verdaderas ni en qué fuentes confiar. Las noticias falsas, la desinformación y las imágenes creadas con inteligencia artificial están por todas partes.

“Nunca antes habíamos tenido acceso a tanta información y, al mismo tiempo, tan poca confianza en que sea verdadera”, observa.

Por eso, decir la verdad resulta fundamental si queremos llegar a un consenso sobre los hechos, y mucho más aún a una comprensión compartida de la realidad. Después de todo, el lenguaje fue dado para crear comunión. Y es el Verbo quien se hizo carne.

Aunque no podemos controlar lo que hacen los demás, sí podemos aprender a ser sinceros en nuestra propia manera de hablar. Para Pine, eso empieza por negarse a “presentar como verdad algo que uno sabe que es mentira”. Y si uno se descubre exagerando o adornando una historia, recomienda detenerse en ese mismo momento y cambiar de tema. Es preferible pasar por un instante incómodo antes que caer en el pecado.

También aconseja que, en medio de una discusión, si uno se da cuenta de que está exagerando o distorsionando algo solo para ganar el debate, haga una pausa y simplemente diga: “No lo sé”. Pine cree que esa frase puede ser liberadora tanto para quien la dice como para quien la escucha.

Según el autor, hablar bien implica unir verdad y caridad. Se trata de buscar el bien del otro sin dejar de ser fieles a la realidad.

Esa misma humildad también es necesaria en las conversaciones cotidianas. ¿Cuántas veces escuchamos decir: “Necesitamos hablar más sobre este tema”, cuando en realidad la persona solo quiere imponer una opinión que no está dispuesta a cambiar?

Si una conversación le resulta insoportable o aburrida, el autor propone preguntarse primero qué tan bien sabemos escuchar. Incluso cuando preferiríamos hablar de otro tema, vale la pena responder con interés a lo que la otra persona comparte, porque muchas veces eso refleja aquello en lo que se siente más cómoda o aquello que conoce mejor.

También anima a practicar la amabilidad haciendo preguntas abiertas o diciendo algo que invite a otros a sumarse a la conversación. El objetivo de dialogar, sostiene, es crear vínculos y ayudar a que el otro se sienta visto y comprendido. La persuasión solo puede llegar después de la empatía. Por eso, nunca deberíamos intentar dominar una conversación, aunque tengamos la oportunidad de hacerlo.

Gregory Pine también reflexiona sobre la corrección fraterna como un acto de caridad. Por amor al otro, explica, tenemos la responsabilidad de corregir el error cuando lo encontramos. Pero antes de hacerlo, recomienda hacerse tres preguntas: “¿Se trata realmente de algo grave?”, “¿La persona puede cambiar?” y “¿Estoy actuando por amor?”.

Si la respuesta es sí, entonces la corrección debe hacerse cuidando siempre la dignidad de la persona y nunca con intención de humillarla. El humor, el ánimo y la comprensión pueden ser herramientas valiosas para hacerlo.

El enfoque de Gregory Pine es profundamente práctico. Para él, la virtud no es una idea abstracta, sino algo que se ejercita y se aprende con constancia. Después de todo, la lengua también es un músculo, y como cualquier otro, se fortalece con práctica repetida.

Hablar con virtud no nace de momentos aislados de inspiración, sino de decisiones cotidianas. Pequeños hábitos —hacer una pausa antes de responder, evitar el chisme, elegir palabras más amables— van moldeando poco a poco un carácter marcado por la caridad y la integridad.

Aprender a dominar la lengua significa tomarse en serio el llamado a amar al prójimo. Porque cuando aprendemos a cuidar nuestras palabras, también vamos transformando el corazón, y eso termina impactando en quienes nos rodean. Así como las palabras hirientes y la agresividad se contagian fácilmente, también pueden contagiarse la bondad, la verdad y la caridad al hablar.

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Elise Italiano Ureneck
Elise Italiano Ureneck es una consultora de comunicaciones que escribe desde Boston.