Una pintura del Sagrado Corazón de Jesús realizada por Pompeo Batoni en 1767 se exhibe en un marco ornamentado dentro de la iglesia jesuita del Gesù, en Roma, el 22 de octubre de 2024. (Foto CNS/Lola Gomez)
El 11 de junio, durante su reunión de primavera en Orlando, los obispos de Estados Unidos se reunirán en la Basílica Santuario de María, Reina del Universo (Basilica Shrine of Mary, Queen of the Universe) para consagrar el país al Sagrado Corazón de Jesús. Esta consagración se realizará en el marco del 250.º aniversario de la firma de la Declaración de Independencia de Estados Unidos.
Al vincular este aniversario con la devoción al Sagrado Corazón, los obispos invitan a los fieles a dar gracias por las bendiciones que Dios ha derramado sobre la nación. Pero, al mismo tiempo, recuerdan que esta devoción exige preguntarse cómo promover la verdad, la justicia y la caridad en la vida pública. De este modo, las celebraciones en torno al Día de la Independencia buscan fomentar un patriotismo constructivo y orientado al bien común, en lugar de un nacionalismo excluyente, divisivo o acrítico.
En su libro Memoria e identidad, san Juan Pablo II explicó la diferencia entre patriotismo y nacionalismo. El patriotismo, escribió, es el amor por la propia patria: por su historia, sus tradiciones, su lengua y su riqueza cultural y natural. Es también el aprecio por las obras y logros de los compatriotas. El nacionalismo, en cambio, busca únicamente el bien de la propia nación, sin tener en cuenta los derechos de los demás pueblos. El patriotismo auténtico, por el contrario, reconoce la igualdad de derechos de todas las naciones y conduce a un amor social ordenado.
Los cristianos están llamados a llevar su fe a las acciones concretas y a la vida de sus comunidades. La Iglesia celebra su contribución a la construcción de un mundo más justo e invita a toda la sociedad a reconocer el rostro de Cristo en cada persona. En Dilexit Nos, el Papa León XIV recordó que el amor de Cristo impulsa a los creyentes a salir al encuentro de quienes sufren, especialmente de los pobres y vulnerables. Al contemplar la entrega total de Cristo por todos, surge naturalmente la pregunta de por qué nosotros no deberíamos estar también dispuestos a dar la vida por los demás.
A las puertas del 250.º aniversario de la nación, los católicos reconocen que la experiencia democrática estadounidense sigue siendo una obra en construcción. También admiten que aún existen muchas deficiencias en el esfuerzo por construir una unión más perfecta. Sin embargo, al mismo tiempo que trabajan para corregir esos errores, reconocen las libertades y bendiciones que han recibido. A pesar de la polarización, las divisiones y el clima de enfrentamiento político, los católicos no pierden la esperanza en su país.
“Amamos a Estados Unidos, pero debemos amarlo como lo ama Jesús”, señala el texto. No con un amor superficial o sentimental, sino con un amor basado en la verdad, un amor más fuerte que el pecado. Un amor que es capaz de señalar el pecado no para condenar al pecador, sino para llamarlo a la conversión. El amor de Cristo, que abrió sus brazos en la cruz y dejó que una lanza atravesara su costado, es un amor que cree en la posibilidad de la redención.
Aunque la devoción al Sagrado Corazón es anterior a la independencia de Estados Unidos, se desarrolló especialmente a partir de las experiencias místicas de santa Margarita María de Alacoque (1647-1690) y de las apariciones que recibió en el siglo XVII. Desde entonces, numerosos papas han promovido la consagración personal, familiar e incluso nacional al Sagrado Corazón. En su encíclica sobre la fiesta de Cristo Rey, el Papa Pío XI, retomando enseñanzas de León XIII, elogió esta práctica como una forma de reconocer la realeza de Cristo sobre las naciones.
La devoción al Sagrado Corazón, al igual que la más reciente devoción a la Divina Misericordia, refleja la invitación de Jesús en el Evangelio a todos los que están cansados y agobiados por el pecado y el sufrimiento para que acudan a Él en busca de misericordia, sanación y renovación. Ambas devociones transmiten un mismo mensaje: que el ser humano es amado profundamente por Dios y que Él ofrece generosamente su misericordia a todos.
San Juan Pablo II expresó esta idea con estas palabras: “Es este amor el que debe inspirar hoy a la humanidad si quiere afrontar la crisis del sentido de la vida, responder a las necesidades más diversas y, sobre todo, cumplir con el deber de defender la dignidad de cada persona humana”.
Sagrado Corazón de Jesús, ten misericordia de nosotros.