La autora y su esposo al llegar a la Catedral de Santiago de Compostela, en junio de este año. Según la tradición, las reliquias de Santiago el Mayor se conservan en este templo desde hace siglos. (Mary Agnes Erlandson Cerny)
Mi esposo y yo no habíamos pensado demasiado en la fecha para recorrer el Camino de Santiago. Lo único que teníamos claro era que queríamos hacerlo en primavera, poco después de la Pascua.
Sin embargo, cuando comenzamos nuestra peregrinación el 13 de abril, caí en la cuenta de que el viaje coincidía con el tiempo pascual. No lo habíamos planeado, pero resultó ser una coincidencia perfecta.
Las lecturas de la Misa de cada día estaban tomadas de los Hechos de los Apóstoles, uno de mis libros favoritos de la Biblia. Siempre me encantó leer sobre la Iglesia naciente, ver cómo los discípulos aprendían a vivir sin la presencia física de Jesús y cómo continuaban su misión de llevar su enseñanza al mundo entero.
Y allí estábamos nosotros, recorriendo "El Camino", como suele llamarse al Camino de Santiago, con la meta de llegar a la catedral levantada en honor de Santiago el Mayor, donde, según la tradición, se conservan sus reliquias. Santiago fue uno de los apóstoles y el primero del grupo en sufrir el martirio. En los Hechos de los Apóstoles, además, "El Camino" era el nombre con el que se conocía originalmente al movimiento de los primeros seguidores de Jesús.
Ventosa, una localidad de la región española de La Rioja situada a lo largo de la ruta de peregrinación del Camino de Santiago recorrida por la autora. (Mary Agnes Erlandson Cerny)
Uno de los dichos más conocidos del Camino de Santiago es que cada uno debe hacer "su propio Camino". La expresión refleja que cada peregrino lo recorre con motivaciones, expectativas, estilos y experiencias diferentes. Sin embargo, la dimensión católica de la peregrinación es innegable: a lo largo de la ruta abundan las iglesias y santuarios marianos, y en prácticamente cada localidad se celebran misas y bendiciones para los peregrinos. Incluso quienes no eran católicos o ni siquiera cristianos mostraban respeto por ese carácter distintivo del Camino.
Quienes han recorrido los cerca de 800 kilómetros del Camino Francés, en el norte de España, conocen bien sus desafíos: un clima cambiante que puede ir del calor intenso a la lluvia o incluso la nieve; la búsqueda de alojamiento al final de cada jornada si no se ha reservado con antelación; las constantes subidas y bajadas, a veces muy empinadas; el esfuerzo por evitar ampollas y otras molestias físicas tras caminar entre 16 y 29 kilómetros diarios; y la necesidad de encontrar dónde comer o hacer una pausa. Todo ello, muchas veces, con pocas horas de sueño, especialmente cuando se pernocta en los albergues. También hay momentos de monotonía y, en más de una ocasión, me descubrí rezando decenas del rosario para mantener el ánimo.
Pero todo ese esfuerzo queda ampliamente recompensado por la belleza del recorrido. Los paisajes de cada región de Francia y España son cautivantes; el canto de las aves acompaña cada paso; los animales pastan en los verdes campos; las iglesias, unas majestuosas y otras de una sencillez conmovedora, testimonian la fe de generaciones durante casi dos mil años; y los pintorescos pueblos, junto con la hospitalidad de sus habitantes, reciben con calidez el incesante paso de los peregrinos.
La iglesia de Santa María la Real, del siglo IX, en O Cebreiro, España. (Shutterstock)
Uno de los mayores atractivos del Camino de Santiago es el profundo sentido de comunidad que surge durante la peregrinación: las amistades y las llamadas "familias del Camino" que se forman a lo largo de la ruta. La nuestra estaba integrada por australianos, neerlandeses, canadienses, coreanos y estadounidenses. Nos unían no solo el objetivo compartido y la experiencia cotidiana del Camino, sino también la disposición a abrirnos a los demás. La mayoría teníamos entre 60 y 70 años y ya estábamos jubilados.
En una ocasión, mientras estábamos en Burgos, empezó a llover torrencialmente y corrimos a refugiarnos en la cafetería más cercana. Estaba completamente llena, salvo por un mochilero que estaba en una mesa solo. Como imaginé que era peregrino, le pregunté si podíamos sentarnos con él. Aceptó amablemente. A partir de entonces seguimos encontrándonos con Scott, un peregrino de Colorado, en distintas etapas del Camino, hasta volver a verlo por última vez en Santiago de Compostela.
Experiencias como esa fueron uno de los grandes regalos del Camino. Me ayudaron a replantearme mi tendencia a respetar excesivamente el espacio y los límites de los demás, y a abrirme con mayor naturalidad a los encuentros espontáneos.
Las sombras de la autora y su esposo durante una pausa en la caminata por el Camino de Santiago. (Mary Agnes Erlandson Cerny)
Los albergues atendidos por voluntarios o por comunidades religiosas, como los franciscanos en Astorga o los marianistas en Sahagún, fueron nuestros lugares favoritos para alojarnos. En ellos experimentamos una auténtica hospitalidad cristiana y encontramos espacios para compartir en grupo nuestras reflexiones y las razones que nos habían llevado a emprender el Camino.
Sin embargo, el momento espiritual más intenso de toda la peregrinación lo viví en O Cebreiro, el primer pueblo situado en las montañas al entrar en Galicia. Allí, en el año 1300, tuvo lugar un milagro eucarístico en la iglesia de Santa María la Real, construida en el siglo IX. Cuenta la tradición que un sacerdote, cuya fe se había debilitado, celebraba la Misa de mala gana para un único campesino, en medio de una tormenta de nieve, cuando ambos presenciaron cómo el pan y el vino se transformaban en carne y sangre. Las reliquias de ese milagro todavía se conservan en un relicario de la iglesia, donde también reposan los restos del sacerdote y del campesino. La presencia real de Cristo en la Eucaristía se percibía allí con una fuerza especial.
En Sarria, a unos 100 kilómetros de nuestro destino final, celebramos la solemnidad de Pentecostés. El 28 de mayo llegamos por fin a la plaza de la catedral de Santiago de Compostela, donde rompimos a llorar de alegría. Mientras nuestros corazones celebraban el final de la peregrinación, el botafumeiro, el gran incensario de la catedral, se elevaba sobre nuestras cabezas. Después de caminar algunos días más por la costa occidental de España viajamos a Madrid, donde pasamos los últimos seis días de nuestro viaje.
El Papa León XIV participa en la procesión de Corpus Christi en la Plaza de Cibeles, en Madrid, el 7 de junio. (Foto CNS/Lola Gómez)
Unas semanas después de iniciar el viaje, descubrimos otra grata sorpresa que no habíamos previsto: el Papa León estaría en Madrid durante nuestra estancia. Junto a más de un millón de españoles, fuimos testigos de la devoción y el entusiasmo de la multitud al participar en la Misa presidida por el Santo Padre con motivo de la solemnidad del Corpus Christi, celebrada en la emblemática Plaza de Cibeles.
En su homilía, el Papa León destacó la misión de la Iglesia de anunciar la misericordia y el amor de Dios, promover la inclusión de todas las personas —incluidos los migrantes— y defender la dignidad de toda vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural. La adoración eucarística durante la vigilia con los jóvenes y la procesión del Santísimo por las calles de Madrid, al término de la Misa, resonaron profundamente en mi corazón después de la intensa experiencia vivida semanas antes en O Cebreiro.
Nuestro Camino, siguiendo "el Camino" de las primeras comunidades cristianas, nos llevó a recorrer las huellas de los apóstoles, entre ellas las de san Pedro. En Madrid, de manera inesperada, ese mismo Camino nos puso frente a frente con su sucesor. Ya sea siguiendo una ruta marcada con flechas amarillas o dejándonos sorprender por los giros de la vida, el camino de Jesús siempre nos conduce de regreso a la casa del Padre.