Hace dos años, una gran amiga y yo hacíamos lo que hemos hecho durante décadas: salir a caminar. Esas caminatas siempre han sido nuestra terapia. Mientras caminábamos, atravesamos juntas la crianza de nuestros hijos, celebramos los momentos más importantes de la vida, lloramos en medio del dolor, buscamos soluciones a los problemas y soñamos con lo que vendría después. De alguna manera, avanzar paso a paso siempre nos ayudó a seguir adelante.

Durante una de esas caminatas nos detuvimos y nos echamos a reír. "¿Cómo puede ser que falten solo dos años para cumplir 60?". ¿En qué momento había pasado el tiempo? Esa sencilla pregunta dio lugar a otra: ¿cómo podemos celebrar una fecha tan especial? Sin pensarlo demasiado, una de las dos propuso recorrer el Camino de Santiago. En cuestión de minutos, ya teníamos un plan.

Durante los dos años siguientes nos dedicamos a aprender todo lo posible sobre el Camino. Me uní a grupos de Facebook, hablé con amigos que ya habían hecho la peregrinación y leí todo lo que encontré. Así descubrí, por ejemplo, que cada año más de 500.000 peregrinos llegan a Santiago de Compostela a través de unas 400 rutas que atraviesan Francia, España, Portugal e Italia para visitar la tumba del apóstol Santiago.

Hubo un consejo que escuché una y otra vez: "No compares tu Camino con el de los demás. Cada peregrinación es única". Esas palabras quedaron grabadas en mi memoria.

Elegimos el Camino Portugués por la Costa, desde Oporto, porque cubría los 100 kilómetros (unas 62 millas) exigidos para obtener la Compostela. Aunque muchas personas sueñan con recorrer el famoso Camino Francés, que se extiende por casi 800 kilómetros y suele completarse en unas cinco semanas, sentimos que esta ruta era la indicada para nosotras. Ahora, al mirar atrás, sé que no pudimos haber elegido mejor.

Alfombras florales elaboradas con motivo de la solemnidad del Corpus Christi adornan las calles de Ponte de Lima, Portugal, una de las paradas de la autora durante su peregrinación. (Heidi Johnson)

Alfombras florales elaboradas con motivo de la solemnidad del Corpus Christi adornan las calles de Ponte de Lima, Portugal, una de las paradas de la autora durante su peregrinación. (Heidi Johnson)

La vida tenía otros planes

Pero la vida tenía otros planes.

A finales de febrero sufrí un accidente y me desgarré el músculo de la pantorrilla. No podía caminar y, durante varias semanas, llegué a preguntarme si nuestro viaje soñado podría hacerse realidad. Poco a poco comencé la fisioterapia y, finalmente, el 1 de mayo volví a caminar, apenas 30 días antes de partir hacia Portugal. Antes del viaje, la caminata más larga que había logrado hacer era de apenas tres millas (unos cinco kilómetros).

No hace falta decir que tenía mis dudas. ¿De verdad sería capaz de caminar esos 100 kilómetros? Aun así, en ningún momento pensé en cancelar el viaje.

Lo que comenzó como la idea de dos amigas para celebrar un cumpleaños terminó convirtiéndose en una peregrinación de siete mujeres. Tres viajaron desde Los Ángeles y cuatro desde Nueva Jersey. Todas éramos católicas y varias estábamos celebrando nuestros 60 años.

Muchos peregrinos emprenden el Camino cargando el peso del duelo, una pérdida o profundas heridas, con la esperanza de encontrar sanación durante la peregrinación. Ese no fue mi caso.

Mi travesía más difícil ya había ocurrido. Los meses de dolor, incertidumbre y recuperación quedaron atrás, antes de llegar a Portugal. Cuando finalmente inicié el Camino, no buscaba respuestas. Más bien, me sentía agradecida por comenzar con el corazón dispuesto y sin expectativas. Mi único deseo era permanecer abierta a todo lo que Dios quisiera mostrarme. Y eso para mí ya era un regalo.

Un comienzo maravilloso

Nuestro primer día coincidió con la solemnidad del Corpus Christi. Al salir a las calles de Portugal, las campanas de las iglesias repicaban por toda la ciudad. La misa se escuchaba por los altavoces mientras un grupo de escolares cantaba en portugués. Las calles estaban cubiertas de pétalos de flores para la procesión. Sentí que Dios nos despedía con una bendición antes de emprender el camino.

Claro que ese momento casi mágico pronto dio paso a la realidad. Mi caminata de entrenamiento más larga había sido de apenas cinco kilómetros, y el primer día del Camino recorrimos unos 15. Por suerte, mis amigas se convirtieron en mi mayor apoyo. Reducían el paso cuando lo necesitaba, celebraban cada kilómetro recorrido y nunca me hicieron sentir que estaba retrasando al grupo.

Cada tarde seguía una rutina muy parecida. Lo primero era buscar hielo, algo sorprendentemente difícil de encontrar en Portugal y España. Después levantaba la pierna y descansaba para prepararme para la jornada siguiente. Afortunadamente, el dolor nunca llegó a convertirse en el centro de la experiencia.

En cambio, cada día terminaba entre risas, cenas deliciosas y largas conversaciones con las personas que íbamos conociendo durante la peregrinación.

Cada etapa ofrecía un paisaje distinto. A veces caminábamos junto al océano Atlántico; otras, atravesábamos bosques, viñedos, pequeños pueblos y tranquilas zonas rurales. Al final de la jornada solíamos llegar a encantadores pueblos costeros, donde el pan recién horneado, los mariscos y la paella nos recordaban la importancia de detenernos y disfrutar del momento.

Sin embargo, el mayor regalo no fueron los paisajes, sino el hecho de caminar. Caminar me dio tiempo para pensar. Poco a poco empecé a fijarme en detalles que normalmente habría pasado por alto. Y, sobre todo, encontré un espacio para simplemente estar, sin prisas.

A lo largo de la ruta entramos en pequeñas iglesias que llevaban siglos acogiendo a los peregrinos. En cada una encendía una vela, me sentaba en silencio y rezaba. Mientras estábamos de viaje, recibí la noticia de que mi querida tía, religiosa de las Hermanas del Santo Niño Jesús (Holy Child Sisters), había enfermado gravemente. Desde ese momento, cada iglesia se convirtió en una nueva oportunidad para ponerla en las manos de Dios. Y con cada oración encontraba un poco más de paz.

Vista del pueblo de Ponte de Lima, Portugal, en el Camino Portugués hacia Santiago de Compostela. (Heidi Johnson)

Vista del pueblo de Ponte de Lima, Portugal, en el Camino Portugués hacia Santiago de Compostela. (Heidi Johnson)

Al mismo tiempo, sentí la presencia de mi mamá de una manera que nunca hubiera imaginado. Habían pasado más de 20 años desde su muerte, pero tenía la certeza de que caminaba a mi lado. No puedo explicarlo, pero tampoco sentí la necesidad de hacerlo.

El día más difícil fue el cuarto. Nos esperaban unos 21 kilómetros de recorrido, y cada paso hacía sentir el dolor en mi pantorrilla. Recuerdo haber pensado: ¿En qué me metí? ¿De verdad voy a poder hacer esto durante cuatro días más?

Entonces ocurrió algo hermoso. Mis amigas permanecieron a mi lado. Nadie se adelantó. Nadie se quejó. Simplemente caminaron conmigo.

Fue entonces cuando comprendí que el Camino nunca había sido una cuestión de velocidad. Se trataba de no tener que caminar sola. Después de ese día, todo cambió. Por primera vez, sentí que llegar a la meta realmente era posible.

Lo que el Camino me enseñó

Llegamos a Santiago alrededor de las cuatro de la tarde. Después de tomar algunas fotos y asearnos, volvimos a la catedral para asistir a la Misa del Peregrino. Llegamos una hora antes, y hoy agradezco haberlo hecho.

La catedral estaba repleta de peregrinos de todas partes del mundo. Se escuchaban idiomas diferentes y cada persona había llegado con una historia distinta. Sin embargo, todos compartíamos algo en común: habíamos recorrido un mismo Camino. La alegría era contagiosa, el ambiente estaba colmado de gratitud y, por encima de todo, se percibía la presencia de Dios.

Muchos me preguntan qué me dejó esta experiencia. Mi respuesta es sencilla: lo más importante no fue llegar a Santiago, sino todo lo vivido durante el camino. Y, más aún, las personas con quienes lo recorrí. La amistad fue el apoyo que me sostuvo cuando más lo necesitaba. Mi fe me dio la fuerza para seguir adelante. El aliento de los demás me impulsó a continuar. Y, día tras día, experimenté la gracia de Dios acompañándome en cada paso.

La vida no es tan distinta.

Cada uno de nosotros está recorriendo su propio Camino. Hay quienes avanzan cargando el peso de una pérdida; otros caminan sostenidos por la esperanza. Muchos llevan ambas cosas al mismo tiempo. Casi nunca sabemos qué está viviendo la persona que camina a nuestro lado. Pero siempre podemos elegir acompañarla. Quizá esa sea la lección más importante de todas.

Al fin y al cabo, todos estamos caminando juntos de regreso a la casa del Padre.

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Heidi Johnson