Los rosarios suelen ser mucho más que una ayuda para la oración. A veces se convierten en un apoyo para atravesar los momentos más difíciles de la vida, y para Venice Torrefranca, su misión de elaborar 700 rosarios individuales forma parte de su propio camino de sanación.
“Sé que, en algún lugar, hay alguien que está pasando por algo similar, o incluso algo peor, y me gustaría ser un instrumento de ayuda”, afirmó.
Después de obtener una licenciatura en hotelería, Venice llegó desde Filipinas a San Antonio, Texas, mediante un programa de prácticas profesionales. Durante su estadía allí conoció a quien entonces era su prometido y descubrieron que estaban esperando un hijo.
Sin embargo, después de algunos controles médicos, fue diagnosticada con oligohidramnios, una complicación poco frecuente en la que hay una cantidad insuficiente de líquido amniótico en el útero, un elemento fundamental para el desarrollo del bebé. Al no contar con una red familiar de apoyo en Texas y necesitar mayor atención médica, ambos se trasladaron a California, el estado natal de su ex prometido.
“El médico nos dijo que solo había un 50% de posibilidades de sobrevivir y que no había forma de mejorar la situación. Mi hijo nació el 30 de julio de 2024”, contó Venice. “Vivió solamente cinco horas”.
Poco después, la relación terminó y Venice se encontró prácticamente sin nada.
Ana, la madrastra filipina de su ex prometido, la ayudó a conseguir un trabajo como cuidadora interna. Sin embargo, las deudas seguían siendo una preocupación, y Venice sentía que no estaba preparada espiritual, emocional ni físicamente para asumir un segundo empleo.
“Trabajaba seis días a la semana en la residencia, y mantenerme ocupada me ayudaba a no pensar en el dolor que sentía. Durante mi relación y el embarazo no pude ir a la iglesia porque mi ex se enojaba mucho y, por alguna razón, no me dejaba hacerlo”.
Por primera vez en casi un año, aprovechó su día libre para ir a la parroquia San Vito en Northridge. Cuando el sacerdote consagraba la hostia durante la Comunión, Venice sintió “una tormenta de emociones que había estado intentando contener, y comencé a llorar desconsoladamente”, recordó.

Uno de los rosarios hechos a mano por Torrefranca para la parroquia Santa Isabel de Hungría en Van Nuys. (Foto enviada)
“Me culpaba por todo lo que había ocurrido, y por todo lo que podría haber sido diferente si hubiera tomado otras decisiones. Finalmente fui a confesarme, y poder escuchar de manera concreta que Dios me había perdonado mis pecados y todo lo que había hecho fue una parte fundamental de mi proceso de sanación”.
Venice también está convencida de que vivió un encuentro con Dios.
“Me tocó atravesar el momento más difícil de toda mi vida y llamé a mi papá. Él me dijo que rezara el rosario, que tal vez me ayudaría, y así fue. Lloré durante toda la oración y sentí que compartía el dolor que María sintió al acompañar la Pasión de Nuestro Señor. En ese momento experimenté un amor profundo que no puedo explicar”.
Más tarde, Venice se enteró de que su parroquia, Santa Isabel de Hungría en Van Nuys, necesitaba ayuda económica. Durante una homilía, el padre Shinto Sebastian, RCJ, habló sobre la importancia de poner los propios talentos al servicio de Dios como una forma de sacrificio y entrega.
“Fue entonces cuando tuve la idea de hacer rosarios para que la parroquia los vendiera en su tienda. Eso ayudaría a recaudar fondos, y luego el resto del dinero se donaría a las escuelas”.
Desde el principio, Venice, de 28 años, decidió que todo lo que recaudara sería destinado a escuelas en Filipinas. Cuenta que creció “pobre, pero tuvo una una vida digna”, en San Miguel, un municipio de Surigao del Sur, en Mindanao, la región sur del país. En 2020, participó como supervisora municipal durante el censo nacional.
En Bitaugan, el lugar más remoto que visitó, fue testigo de una pobreza tan profunda que prometió que, en el futuro, ayudaría de cualquier manera que pudiera.
“En mi familia siempre nos enseñaron a ser generosos y a ayudar a quienes lo necesitan. Recuerdo que mi mamá siempre decía: ‘Nunca se es demasiado pobre como para dar’. Nunca me olvido de esas palabras”.
Años después y a miles de kilómetros de distancia, Venice tenía un plan. Creó su propia iniciativa benéfica, Vee Rosaries, y aprendió por su cuenta a hacer rosarios, diseñar la página web y organizar las finanzas siguiendo tutoriales de YouTube. Al principio vendía a amigos y a personas que se comunicaban con ella a través del sitio web, pero luego recibió una oferta para un segundo trabajo.
“Le dije a Dios: ‘Si esto es lo que quieres que haga, voy a rechazar ese trabajo, pero tienes que ayudarme a que esto funcione’. Pasé un mes reflexionando y finalmente reuní el valor para mostrarle al padre Shinto algunos de mis rosarios. ¡Y él me pidió que hiciera 700! Al principio, me tomaba entre 30 y 45 minutos terminar un rosario. Hace poco terminé la pieza número 200 y ahora soy mucho más rápida. Por suerte, Santa Isabel no me puso una fecha límite”.
Una vez que complete esta enorme tarea de devoción para Santa Isabel, Venice planea ponerse en contacto con otras parroquias católicas que estén buscando proveedores de rosarios.
“Tengo un amor especial por los niños y sé que mi vocación es ser madre”, afirmó. También contó que leyó una frase que decía: ‘El duelo es, en realidad, amor. Es todo el amor que quieres dar, pero que no puedes entregar. El duelo es simplemente amor que no tiene dónde ir’.
“Después de perder a mi hijo, esa frase me recordó el amor que sentí por los niños de Bitaugan y el deseo de compartir ese amor con ellos. Decidí devolver algo a los niños de mi comunidad, a las escuelas, y compartir las gracias que Dios derramó en mí”.
