#image_title
Marción de Ponto fue uno de los personajes más peligrosos de la historia del cristianismo, y también uno de los más fascinantes.
Llegó a Roma hacia mediados del siglo II. Era hijo de un obispo del Ponto, en la costa sur del mar Negro, y destacaba por ser un hombre rico, brillante y disciplinado. Sin embargo, estaba convencido de que la Iglesia había malinterpretado el Evangelio. A su juicio, el cristianismo era incompatible con la religión del antiguo Israel. Sostenía que el Dios del Antiguo Testamento era un dios de la ley, la ira, el juicio y la violencia, mientras que el Padre anunciado por Jesucristo era un Dios completamente distinto: un Dios de misericordia, amor y gracia.
Su propuesta era tan audaz como inquietante: separar el cristianismo de sus raíces judías.
Para ello, planteaba eliminar el Antiguo Testamento, rechazar al Dios creador y conservar únicamente una versión "depurada" del Evangelio de Lucas y las cartas de san Pablo.
De ese modo, pensaba, el cristianismo se convertiría en lo que siempre había debido ser: una religión universal basada en el espíritu y el amor, liberada del peso de la historia, los ritos, la ley, los sacrificios y la identidad particular del pueblo judío.
Las ideas de Marción no surgieron de la nada. Vivió poco después de las grandes rebeliones judías contra Roma, especialmente la revuelta de Bar Kojba (132-135 d. C.). Tras sofocar la insurrección con extrema dureza, el emperador Adriano reconstruyó Jerusalén como una ciudad pagana y prohibió la entrada de los judíos. En ese contexto, muchos romanos comenzaron a ver el judaísmo como una religión obstinada, aislada y políticamente peligrosa.
Al mismo tiempo, los cristianos buscaban definir su identidad dentro del Imperio romano. ¿Eran simplemente una secta del judaísmo o constituían una religión completamente distinta?
Marción ofreció una respuesta radical: el cristianismo, afirmaba, no tenía ningún vínculo esencial con el judaísmo.
San Ireneo de Lyon, representado en la fachada de una iglesia de París, Francia. (Shutterstock)
Su enseñanza, de manera intencional o no, coincidía con los prejuicios que muchos romanos tenían en aquella época. Al desvincular el cristianismo del Dios de Israel, de la ley judía y de las Escrituras hebreas, Marción también alejaba a los cristianos de un pueblo que cada vez era visto con mayor desconfianza en el Imperio.
Sin embargo, la Iglesia reaccionó con firmeza.
Los grandes Padres de la Iglesia, como san Ireneo de Lyon y Tertuliano, comprendieron que estaba en juego mucho más que la autoridad del Antiguo Testamento. Si Marción tenía razón, sostenían, el cristianismo mismo se derrumbaría.
Un célebre episodio refleja hasta qué punto la Iglesia rechazaba sus ideas. Fue conservado por san Ireneo, quien había conocido personalmente al anciano obispo san Policarpo de Esmirna, discípulo del apóstol san Juan. Según el relato, Marción se acercó un día a Policarpo por las calles de Roma y le preguntó:
—¿Me reconoces?
Policarpo respondió:
—Sí, te reconozco: eres el primogénito de Satanás.
Para los oídos modernos, esta respuesta puede parecer excesivamente dura. Sin embargo, Policarpo entendía algo que, según el autor, muchos cristianos de hoy han olvidado. Marción no proponía simplemente un nuevo canon bíblico o una interpretación distinta de san Pablo; proponía un cristianismo desligado de Abraham, Moisés, la creación, la alianza y de la propia historia de la salvación.
Para los Padres de la Iglesia, el Dios de Abraham era el mismo Padre de Jesucristo. La creación y la redención eran obra del mismo Dios. El Génesis y el Evangelio formaban parte de una única historia de salvación. Cristo no abolió las Escrituras de Israel, sino que las llevó a su plenitud.
Sin el Antiguo Testamento, afirmaban, los cristianos dejarían de comprender el sentido de la alianza, el sacrificio, la Pascua, el Mesías, el templo, el sacerdocio e incluso la creación misma.
Y, más profundamente aún, dejarían de comprender quién es Jesús.
Por ello, la Iglesia condenó de manera contundente las enseñanzas de Marción y, durante siglos, fue considerado el arquetipo del hereje: el símbolo de la tentación de separar el cristianismo de sus raíces judías.
Sin embargo, en la época moderna, la figura de Marción volvió a despertar interés.
Durante los siglos XIX y comienzos del XX, varios estudiosos alemanes comenzaron a reconsiderarlo con mayor simpatía. El más influyente fue Adolf von Harnack, cuya obra Marción: el Evangelio del Dios desconocido (Marcion: The Gospel of the Alien God) presentó al hereje no como un monstruo, sino como un reformador trágico, al que algunos incluso llegaron a llamar "el primer protestante".
El contraste era sorprendente. Mientras san Policarpo lo había llamado "el primogénito de Satanás", Harnack prácticamente lo presentaba como el primer gran reformador.
Aunque Harnack no aceptó plenamente la teología de Marción, admiraba su seriedad, su devoción a san Pablo y su esfuerzo por diferenciar con claridad el cristianismo del judaísmo. En una de sus afirmaciones más controvertidas, sostuvo que, si bien la Iglesia antigua había hecho bien en rechazar a Marción en el siglo II, los cristianos modernos ya no necesitaban considerar el Antiguo Testamento como una Escritura plenamente normativa.
Ese planteamiento adquiriría un eco inquietante apenas unas décadas más tarde.
La Torá, o las Sagradas Escrituras del pueblo judío, es mostrada al papa Benedicto XVI durante su visita a la sinagoga Park East, en Nueva York, el 18 de abril de 2008. (CNS/Gary Hershorn, Reuters)
Cuando el movimiento nazi intentó crear un cristianismo despojado de sus raíces judías, recurrió con frecuencia a ideas muy similares a las de Marción. Los teólogos del nazismo procuraron eliminar el Antiguo Testamento de la vida cristiana. Algunos incluso intentaron presentar a Jesús como ario y no como judío. Un tristemente célebre instituto creado durante el régimen nazi se dedicó a erradicar toda "influencia judía" del cristianismo alemán.
El marcionismo antiguo y la ideología nazi no eran lo mismo. Marción fue un teólogo, no un ideólogo racial. Su pensamiento era de carácter metafísico y ascético, no nacionalista ni biológico. Sin embargo, los paralelismos fueron lo suficientemente evidentes como para que muchos teólogos de la posguerra vieran en el neomarcionismo una seria advertencia.
El peligro consistía en oponer el cristianismo al judaísmo de manera tan absoluta que Jesús terminara separado de su propio pueblo, de sus propias Escrituras y, en última instancia, de su propia historia.
Pocos teólogos contemporáneos reflexionaron tanto sobre este problema como Joseph Ratzinger, quien más tarde sería el papa Benedicto XVI. Ratzinger defendió la unidad de toda la Biblia, la permanencia de la vocación de Israel y la deuda que la Iglesia tiene con el pueblo judío. En repetidas ocasiones advirtió contra lo que llamó explícitamente "neomarcionismo": la constante tentación de considerar el Antiguo Testamento como algo incómodo, primitivo, violento o superado.
Para Ratzinger, el rechazo de Marción por parte de la Iglesia fue uno de los momentos decisivos de la historia del cristianismo. Sostenía que el cristianismo nunca podría convertirse en una religión desligada de Israel sin dejar de ser verdaderamente cristiano.
En su libro Muchas religiones, una sola alianza (Many Religions — One Covenant), insistió en que el Nuevo Testamento es inseparable de las Escrituras de Israel. Jesús no aparece de la nada. Todos los títulos con los que los cristianos lo reconocen —Mesías (Cristo), Hijo de David, Cordero de Dios, Hijo del Hombre— provienen de la tradición de fe de Israel. La Eucaristía tiene su origen en la Pascua judía; la cruz lleva a plenitud el simbolismo sacrificial del Templo, y Pentecostés completa la experiencia del Sinaí en lugar de sustituirla.
Sin el Antiguo Testamento, el cristianismo termina convirtiéndose en una idea abstracta.
Ratzinger comprendía lo mismo que habían entendido los Padres de la Iglesia: cuando los cristianos empiezan a despreciar el carácter judío de la revelación, corren el riesgo de perder el realismo mismo de la fe. El cristianismo se transforma entonces en una espiritualidad difusa, una religión de sentimientos desligada de la creación, de la historia, de la liturgia y de la alianza.
Y la historia ha demostrado cuán fácilmente esa forma de pensar puede derivar en consecuencias mucho más graves.
Reconocer esto no significa afirmar que toda crítica al Antiguo Testamento sea antisemita. Tampoco implica ignorar la larga y dolorosa historia de expresiones antijudías presentes entre algunos cristianos, incluidos ciertos Padres de la Iglesia. Es importante distinguir los diferentes fenómenos históricos: el antijudaísmo, el marcionismo y el antisemitismo racial moderno no son idénticos.
Sin embargo, tampoco están completamente desconectados. A lo largo de la historia de Occidente, la hostilidad hacia el judaísmo ha comenzado una y otra vez con un contraste que se repite:
Marción no inventó todas estas oposiciones, pero sí les dio su formulación teológica más radical. Por eso su historia sigue siendo relevante.
Vivimos en una época cada vez más incómoda con el Antiguo Testamento. Muchos lectores modernos se sienten perturbados por sus guerras, juicios, sacrificios y rituales. También vivimos en un tiempo en el que Israel, el Estado judío nacido tras el Holocausto, se ha convertido en uno de los principales focos de debate político y religioso.
En este contexto, surgen nuevas presiones para desvincular a Jesús y al cristianismo de sus raíces judías. Muchos cristianos se sienten tentados a preferir una imagen de Jesús más suavizada, desligada de la doctrina, de la alianza y de la autoridad divina. La tentación sigue siendo la misma de siempre: construir un cristianismo purificado de todo aquello que parezca difícil, escandaloso o demasiado "judío".
Pero cuando el cristianismo rompe sus vínculos con Israel, pierde sus raíces históricas. Incluso el misterio de la Encarnación comienza a desdibujarse. Jesús deja de ser visto como el cumplimiento de una alianza divina para convertirse simplemente en un maestro itinerante de ética universal.
La Iglesia antigua comprendió claramente ese peligro. También lo comprendió Ratzinger.
El Dios que habló a Abraham es el mismo Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos. Las Escrituras de Israel no son un prólogo incómodo del cristianismo, sino parte de la memoria sagrada de la propia Iglesia. Los cristianos adoran a un Mesías judío, rezan con los Salmos de Israel, heredan las promesas hechas a ese pueblo y leen las palabras de sus profetas.
La Iglesia rechazó a Marción porque sabía que abandonar a Israel significaba, en definitiva, abandonar al mismo Cristo. Y esa enseñanza no pertenece únicamente al pasado: puede ser una de las lecciones más urgentes que los cristianos de nuestro tiempo necesitan recordar.