"Nuestra Señora del Carmen", Santuario Nacional y Parroquia de Nuestra Señora del Carmen, Nueva Manila, Ciudad Quezón, Filipinas. (Wikimedia Commons)
Cada 16 de julio, la Iglesia celebra la fiesta de Nuestra Señora del Carmen, una de las advocaciones más antiguas y queridas de la Santísima Virgen María. Sin embargo, para comprender esta celebración, es necesario comenzar no con María, sino con una montaña.
El monte Carmelo se alza sobre la costa mediterránea de Tierra Santa. En la Biblia, este lugar fue escenario de encuentros decisivos con Dios.
Fue allí donde el profeta Elías se enfrentó a los profetas de Baal. El rey Acab y la reina Jezabel habían llevado al pueblo de Israel a la idolatría, y los israelitas vacilaban entre permanecer fieles al Señor o apartarse de Él. Elías desafió a los falsos profetas a hacer descender fuego del cielo sobre su sacrificio. Ellos invocaron a su dios durante todo el día, pero nada sucedió. Entonces Elías oró al Señor, y el fuego bajó del cielo y consumió la ofrenda. El pueblo se postró rostro en tierra y exclamó: “¡El Señor es Dios! ¡El Señor es Dios!” (1 Re 18,39).
Desde entonces, el monte Carmelo se convirtió en un símbolo de la victoria sobre la falsa adoración y de la fidelidad al único Dios verdadero.
El monte Carmelo vuelve a aparecer en la historia del profeta Eliseo, sucesor de Elías. Una mujer adinerada de Sunén había acogido generosamente al profeta en su casa y, como recompensa, recibió el don de tener un hijo. Tiempo después, el niño murió inesperadamente, y la madre, llena de dolor, corrió al monte Carmelo en busca de Eliseo. El profeta regresó con ella y devolvió la vida al muchacho (2 Re 4,8-37).
Así, el monte Carmelo pasó a ser un símbolo no solo del culto al Dios verdadero, sino también del poder de Dios para vencer la muerte y devolver la vida.
La Biblia ofrece además otra imagen que, con el paso de los siglos, los cristianos llegarían a apreciar profundamente. Después de la victoria de Elías sobre los profetas de Baal, el profeta oró para que terminara la larga sequía que asolaba la región. Finalmente, su servidor vio “una nubecilla, como la palma de una mano, que subía del mar” (1 Re 18,44). Poco después, el cielo se cubrió de nubes y cayó una lluvia abundante que devolvió la vida a la tierra.
La tradición cristiana ha visto con frecuencia en aquella pequeña nube una figura de la Santísima Virgen María. Aunque humilde y sencilla a los ojos del mundo, ella llevó en su seno al Salvador, cuya gracia renovaría la faz de la tierra.
Siglos más tarde, unos ermitaños se establecieron en el monte Carmelo y se dedicaron a la oración siguiendo el ejemplo del profeta Elías. Se pusieron bajo la protección de la Santísima Virgen y con el tiempo dieron origen a la Orden del Carmen. Según la tradición carmelita, en 1251 la Virgen María se apareció a san Simón Stock y le entregó el escapulario marrón, prometiéndole su especial protección maternal a quienes lo llevaran con fe y devoción.
De este modo, la fiesta de Nuestra Señora del Carmen reúne diversos momentos clave de la historia de la salvación. En el monte Carmelo, Dios manifestó su poder sobre los falsos dioses; allí devolvió la vida a un niño por medio del profeta Eliseo; y allí apareció la pequeña nube que anunciaba el regreso de la lluvia y la bendición de Dios. Bajo la advocación de Nuestra Señora del Carmen, los cristianos honran a la mujer por medio de la cual Dios envió a su Hijo al mundo, trayendo la victoria de la verdad sobre el error y el triunfo de la vida sobre la muerte.