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El año pasado estaba en la ruidosa recepción de una boda cuando la mujer que estaba sentada a mi lado me preguntó por el diseño del anillo que llevo en la mano derecha. Tenía los dos brazos completamente tatuados, llenos de dibujos de colores psicodélicos, tantos que solo su esposo podría contarlos.

Le grité que el diseño de mi anillo era un ancla, un símbolo de la Trinidad y una de las imágenes más comunes que aparecen en las inscripciones y grafitis de las catacumbas romanas.

Ella frunció los labios, entusiasmada.

—Oh —dijo—. Yo tengo tatuado el pez de las catacumbas.

Pero enseguida aclaró que no podía mostrármelo. Y no insistí.

Pero le creo, y estoy seguro de que el antiguo pez cristiano es un tatuaje muy popular, así como también es una imagen muy común en las calcomanías para autos.

De hecho, el pez es el símbolo que más se asocia con la Iglesia antigua. Aparece por todas partes en los restos arqueológicos: grabado en las paredes a modo de grafiti, representado en lámparas de aceite y plasmado con gran detalle en hermosos mosaicos y frescos.

Los Padres de la Iglesia dejaron un impresionante registro escrito en el que explican el pez y sus múltiples niveles de significado. Y, como resulta ser, el símbolo era tan complejo como común.

Un símbolo de pez ΙΧΘΥΣ (“ichthys”) en un automóvil. (Oliver Wolters vía Wikimedia Commons)

Un símbolo de pez ΙΧΘΥΣ (“ichthys”) en un automóvil. (Oliver Wolters vía Wikimedia Commons)

El único símbolo que hoy goza de una popularidad comparable entre nosotros es la cruz, que también fue representada muy pocas veces durante los primeros siglos del cristianismo. Hoy vemos cruces en los campanarios y en los libros de himnos, en collares y calcomanías para autos. Pues bien, en la antigüedad el pez tenía una presencia igualmente extendida.

¿Qué representaba el pez? Ante todo, a Jesucristo. La lengua predominante en la Iglesia primitiva era el griego y, en ese idioma, la expresión “Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador” formaba el acrónimo ICHTHYS, la palabra griega para “pez”. Por eso, el pez es una profesión de fe sencilla: expresa la creencia en la divinidad de Jesús y en su identidad como Cristo, el Salvador ungido (cf. Mateo 16:16).

Sin embargo, los estudiosos creen que el símbolo visual apareció antes que el acrónimo.

Los peces aparecen con frecuencia en las Escrituras que se proclamaban en la liturgia de la Iglesia, por lo que el símbolo evocaba muchas escenas conocidas de la historia sagrada.

Pensemos en el profeta Ezequiel: “Y por dondequiera que pase el río [...] habrá muchísimos peces. [...] Los pescadores se pararán a sus orillas [...] y habrá peces de muchas especies, como los peces del Mar Grande”. Esta profecía se interpretaba a menudo como una visión de la Iglesia futura, cuyo “río” bautismal estaría habitado por muchos “peces”; es decir, muchos cristianos identificados con Jesucristo. Por supuesto, los pescadores que “se pararán a sus orillas” anticipan a los apóstoles y a sus sucesores, los obispos, a quienes Jesús llamó a ser “pescadores de hombres” (Mateo 4:19).

El pez es Jesús, pero también es cada creyente. No hay contradicción en ello. A finales del siglo II, Tertuliano, que escribía en el norte de África, explicó: “Nosotros, pequeños peces, siguiendo el ejemplo de nuestro [gran] pez, Jesucristo, nacemos en el agua. Y no tenemos salvación de ningún otro modo que permaneciendo siempre en el agua”.

Aunque escribe en latín, Tertuliano recurre a la palabra griega ichthys cuando se refiere a Jesús. Sin duda, quería que quienes lo escuchaban recordaran el acróstico “Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador”, que para entonces ya estaba firmemente arraigado en la cultura cristiana.

Fresco del pan eucarístico y los peces en la Catacumba de San Calixto, en Roma. (Joseph Wilpert vía Wikimedia Commons)

Fresco del pan eucarístico y los peces en la Catacumba de San Calixto, en Roma. (Joseph Wilpert vía Wikimedia Commons)

Y también en la cultura judía. Algunos estudiosos sostienen que la veneración por este símbolo es anterior al cristianismo y que podría tener su origen en el patrimonio común de cristianos y judíos. El profeta Habacuc había dicho: “Has hecho a los hombres como los peces del mar” (Habacuc 1:14); y, según el Talmud de Babilonia, el rabino Samuel ofreció una interpretación sorprendentemente similar a la de Tertuliano, su contemporáneo cristiano. Dijo: “Los hombres son comparados con los peces porque, así como los peces del mar mueren en cuanto salen a tierra firme, así también el hombre muere en cuanto abandona la Torá y los preceptos”.

Un cristiano separado de la Iglesia, al igual que un judío alejado de la Torá, era una persona fuera de su elemento: un pez fuera del agua, condenado a la muerte espiritual.

Pero todavía no hemos llegado al significado original y más profundo del pez.

El pez es el símbolo primordial de la Sagrada Eucaristía. No hace falta ser católico para reconocerlo. Erwin Goodenough, un estudioso agnóstico de la Universidad de Yale, escribió que el Evangelio según san Juan —al que llamó “el Evangelio primitivo”— ofrece “la primera aceptación explícita del pez como símbolo eucarístico y como símbolo del Salvador que era comido en la Eucaristía”. Juan lo hace, en el capítulo sexto, al pasar directamente de la multiplicación de los panes y los peces al discurso del Pan de Vida, su extenso sermón sobre la Eucaristía.

Al final del Evangelio de Juan, vemos que vuelven a aparecer las figuras del pez y el pan cuando Jesús prepara una comida a orillas del lago para sus discípulos (Juan 21:9). Para los primeros cristianos, todos estos acontecimientos prefiguraban la bendición vivificante que Jesús concedió a la Iglesia. El estudioso protestante de arqueología Graydon Snyder concluyó: “el pez era, junto con el pan, el símbolo principal de la Eucaristía, la comida que creó, sostuvo y celebró la nueva comunidad de fe”.

Ninguna representación podría expresar esta asociación con mayor claridad que una en particular de la Catacumba de San Calixto, en Roma. Allí vemos dos peces sobre una lápida: uno lleva pan y el otro un racimo de uvas.

El pez es un credo. Es bautismal. Es eucarístico. Es Cristo. Es el cristiano. Por la fe, el bautismo y la Eucaristía, los creyentes entran en comunión con Dios. Se identifican con él y participan de la naturaleza divina (2 Pedro 1:4): pequeños peces a imagen del gran pez, que es Jesucristo.

San Ambrosio de Milán nos invita a detenernos a contemplar los peces de la naturaleza y aprender de ellos:

“Imita al pez, que [...] debería llenarte de asombro. Está en el mar y sobre las olas. Está en el mar y nada sobre las aguas. En el mar ruge la tormenta y aúllan los vientos; pero el pez nada, no se hunde, porque está acostumbrado a nadar. Para ti, este mundo también es un mar. Tiene muchas olas, fuertes marejadas y feroces tormentas. Sé como un pez, para que las olas del mundo no te hundan”.

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Mike Aquilina
Mike Aquilina es autor de muchos libros. Visita fathersofthechurch.com