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Participé en muchas procesiones eucarísticas a lo largo de mi vida. Y, en muchos aspectos, la del 1 de agosto, que comenzó en la capilla San Francisco Javier, en Little Tokyo, no fue diferente de las demás.

Ya sea durante la solemnidad de Corpus Christi, en una jornada de 40 Días por la Vida o al rezar con el Santísimo Sacramento frente a una clínica de abortos, las procesiones eucarísticas suelen tener un mismo espíritu y seguir un esquema muy similar.

Sin embargo, esta tuvo un significado especial porque se desarrolló muy cerca de una realidad que conozco bien. O, mejor dicho, cerca de quienes no tienen un lugar al que llamar hogar.

Durante cinco años trabajé en Skid Row, en el centro de Los Ángeles. Lo primero que uno descubre cuando comienza a ir allí con frecuencia es que, justo cuando cree que ya lo ha visto todo, aparece un ser humano destrozado haciendo algo que jamás imaginó posible.

Una vez vi a un hombre vestido con harapos caminar tranquilamente por el medio de la calle San Pedro, sin mostrar la menor prisa, mientras llevaba una gran caja de cartón que estaba envuelta en llamas. Vi a otro sentado en un viejo sillón destrozado limpiando con total naturalidad una pistola de 9 milímetros. Y fui testigo de muchas otras situaciones que sería imposible describir en una publicación católica.

El refugio donde trabajaba se definía como una "misión", aunque era tan secular como una sala de guionistas de Netflix. Aun así, estaba atendido por hombres y mujeres profundamente comprometidos, muchos de los cuales habían experimentado ellos mismos la falta de vivienda o alguna forma de adicción. Todos habían emprendido ese difícil camino llamado "recuperación". Y quienes recorren ese camino nunca hablan de él en tiempo pasado. La recuperación no es un destino, sino un proceso permanente que exige constancia, una red de apoyo y, para muchos, la decisión de ponerse en manos de un poder superior.

(Katie Trejo)

(Katie Trejo)

Muchos de quienes conocí en el refugio donde trabajaba y que están en proceso de recuperación siguen el conocido programa de los Doce Pasos. Viven sus principios con una convicción casi religiosa. Incluso rezan juntos una oración dirigida a ese "poder superior". Los escuché recitarla muchas veces y, desde una perspectiva católica, resulta al mismo tiempo familiar y extraña. Siempre espero que concluya con las palabras: "Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor. Amén". Pero ese final nunca llega.

Para algunos, ese poder superior es Jesucristo. Para otros, es un dios moldeado según sus propias ideas. Con el paso del tiempo llegué a querer y admirar profundamente a esas personas. Han recorrido caminos mucho más difíciles que el mío y siguen librando, con admirable valentía, una batalla diaria contra sus propias debilidades.

Aquella tarde del sábado, mientras caminábamos detrás del Santísimo Sacramento, guiados por el arzobispo José H. Gómez, comprendí que aquello que faltaba en esa oración de recuperación —y que tanto hace falta en las calles de Skid Row— estaba plenamente presente en esa procesión. Organizada en colaboración con la Arquidiócesis de Los Ángeles, la procesión eucarística fue el penúltimo acto de una misión de varios días llevada adelante por las Hermanas Pobres de Jesucristo. Cada noche, estas extraordinarias religiosas, reconocibles por sus hábitos marrones, salían a recorrer las calles de Skid Row.

Mientras cientos de fieles avanzábamos tras el Santísimo, cantando himnos y rezando el rosario, las Hermanas Pobres de Jesucristo se acercaban con serenidad y alegría a decenas de hombres y mujeres sin hogar. Yo, en cambio, no dejaba de mirar a mi alrededor. Conocía muy bien esas calles y sabía que allí cualquier cosa podía suceder.

La gran mayoría de las personas que viven en situación de calle enfrenta problemas de adicción al alcohol o las drogas, o padece alguna enfermedad mental. Esa es una realidad innegable. Y, en ocasiones, esas heridas se manifiestan de maneras impredecibles y peligrosas. En el refugio donde trabajé hubo personas asesinadas en el patio; las peleas y los apuñalamientos formaban parte de una rutina tan dolorosa como habitual.

(Katie Trejo)

(Katie Trejo)

Me siento profundamente agradecido por haber formado parte de ese refugio y haber contribuido a que pudiera seguir funcionando, ofreciendo cada noche un lugar donde dormir y servicios de recuperación gratuitos para quienes cruzaran sus puertas. El verdadero desafío, sin embargo, siempre fue lograr que las personas decidieran entrar. En la mayoría de las noches, el refugio ni siquiera alcanzaba su capacidad máxima.

Aquella calurosa noche de agosto, en cambio, las calles estaban llenas. Unas 750 personas permanecían allí, aunque reinaba un silencio que llamaba la atención. ¿Habrá tenido la sola presencia del Señor un efecto de paz sobre aquel lugar? Me gusta pensar que sí.

Mientras avanzábamos cantando y rezando el rosario, las hermanas y otros voluntarios se acercaban a las carpas y a los improvisados refugios de cartón que bordeaban las calles. Era algo que yo jamás me habría animado a hacer a plena luz del día, mucho menos después del anochecer. Pero ellas, con el corazón lleno de amor y una confianza absoluta en el Señor, caminaban sin temor. Su ejemplo fue, para mí, una verdadera lección de fe.

Repartían botellas de agua, artículos de higiene y algunos alimentos. Pero, por encima de todo, ofrecían algo que pocos refugios en esa parte de la ciudad pueden dar: el amor de Cristo.

Antes de que comenzara la procesión tuve la oportunidad de conversar con varias de las hermanas. Una de ellas, sor Giovanna del Santísimo Nombre de Jesús, había viajado desde la misión de su congregación en Baltimore para sumarse a esta misión en Los Ángeles.

Mientras hablábamos, sor Giovanna me contó un encuentro que había tenido la noche anterior con un hombre sin hogar. Le ofreció agua, comida y un kit de higiene, pero él rechazó amablemente cada una de esas ayudas. Con la seguridad de quien creía conocer bien la realidad de Skid Row, intervine para decirle que era algo bastante común: muchas personas allí se niegan a recibir asistencia.

Entonces sor Giovanna terminó de contar la historia. El hombre sí había aceptado una cosa. Lo único que pidió fue que rezara por él.

En ese instante guardé mi supuesto conocimiento en el bolsillo y me quedé pensando en aquel diálogo entre una religiosa y un hombre que vivía dentro de una caja de cartón. En un lugar donde la ayuda material abunda, lo que más escasea es el alimento para el espíritu. Aquella noche, ese desierto espiritual recibió el agua de Aquel que no es un poder superior anónimo, sino una Persona con nombre propio. Y fue en su nombre que se realizaron innumerables obras de misericordia y, quizá, más de un pequeño milagro en aquella cálida noche de verano.

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Robert Brennan