(Jim Barton/Wikimedia Commons)
Muchos de nosotros necesitamos más silencio en nuestra vida. Lo digo con cautela, porque no es fácil definir cuál debe ser el lugar que el silencio ocupa en nuestra existencia.
El silencio es una realidad compleja. A veces nos intimida y hacemos todo lo posible por evitarlo; otras, cuando estamos agotados y saturados de estímulos, lo anhelamos profundamente.
En términos generales, sin embargo, el silencio escasea en nuestra vida cotidiana. El trabajo, los teléfonos celulares, las conversaciones, el entretenimiento, las noticias, las distracciones y las preocupaciones de todo tipo llenan prácticamente cada minuto que pasamos despiertos. Nos hemos acostumbrado tanto a vivir rodeados de palabras, información y estímulos que, cuando nos encontramos solos, sin alguien con quien hablar, sin algo que mirar, leer o hacer, es fácil sentirnos incómodos, inquietos o incluso perdidos.
Y no todo esto es necesariamente malo. En el pasado, muchos autores espirituales tendían a exaltar el silencio de manera excesiva. Con frecuencia daban la impresión de que Dios y la verdadera profundidad espiritual solo podían encontrarse en el silencio, como si el trabajo cotidiano, la conversación, la celebración, la vida familiar o la comunidad fueran experiencias espiritualmente de segunda categoría.
Al reflexionar sobre el valor del silencio, esas corrientes de espiritualidad también solían ser injustas con las personas extrovertidas y demasiado indulgentes con las introvertidas. En el fondo, pasaban por alto que todos, sin importar nuestra personalidad, necesitamos el aprendizaje y la "terapia" que ofrece la vida compartida. Si bien el silencio nos ayuda a profundizar interiormente, el encuentro con los demás nos mantiene con los pies sobre la tierra y favorece nuestro equilibrio. Hay aspectos de la vida interior que solo pueden cultivarse en el silencio, pero también existe una madurez que solo nace del trato cotidiano con otras personas. Porque el silencio, en ocasiones, también puede convertirse en una forma de evasión, una manera de evitar esa purificación, a veces dolorosa, que solo es posible cuando convivimos y nos dejamos desafiar por la vida en familia y en comunidad.
Además, el silencio no siempre es la mejor respuesta ante las heridas del corazón o las preocupaciones que nos obsesionan. En el fondo, esas situaciones suelen llevarnos a concentrarnos demasiado en nosotros mismos. Cuando un dolor amenaza con robarnos la paz o afectar nuestro equilibrio, quizá lo más conveniente no sea encerrarnos en una capilla, sino ir al teatro o compartir una comida con un amigo. Sumergirse en el trabajo o permitirse una distracción saludable puede ser, en ciertos momentos, el mejor remedio cuando el corazón siente que le falta el aire.
Existe una anécdota sobre el célebre filósofo Hegel. Al terminar su monumental obra sobre la fenomenología de la historia, comprendió que estaba al borde de un colapso debido a la enorme intensidad con la que había trabajado durante tanto tiempo. ¿Qué hizo entonces para recuperarse? ¿Se retiró a hacer ejercicios de silencio? No. Comenzó a ir a la ópera todas las noches, a almorzar cada día con sus amigos y a buscar todo tipo de distracciones hasta que, poco a poco, el mundo interior que lo mantenía atrapado aflojó su presión y volvió a experimentar la luz y la frescura de la vida cotidiana. A veces, incluso desde una perspectiva espiritual, una sana distracción puede ser más beneficiosa que el silencio.
Aun así, el silencio sigue siendo necesario. Quizá las enseñanzas de los grandes maestros de la espiritualidad sobre este tema puedan resumirse en una sola frase de Meister Eckhart: "Nada se parece tanto al lenguaje de Dios como el silencio”.
En el fondo, Eckhart quiere decir que el silencio es una puerta privilegiada para entrar en el misterio de Dios. Dentro de cada persona existe un silencio profundo que nos llama, nos invita a adentrarnos en él y nos ayuda a aprender el lenguaje del cielo. ¿Qué significa esto?
El silencio es un lenguaje más profundo, más amplio, más comprensivo, más compasivo y más eterno que cualquier otro. En el cielo, al parecer, ya no harán falta idiomas ni palabras. Será el silencio el que hable. Nos comprenderemos plenamente, con una intimidad y una alegría que superan toda experiencia humana, y nos acogeremos unos a otros en ese silencio.
Paradójicamente, aunque las palabras son indispensables, también son una de las razones por las que todavía no podemos alcanzar esa comunión plena. Las palabras unen, pero también pueden separar. El silencio, en cambio, hace posible un encuentro mucho más profundo.
Los enamorados lo saben bien. También los cuáqueros, cuya liturgia busca reflejar el silencio del cielo, y quienes practican la oración contemplativa. San Juan de la Cruz lo expresa con una de sus frases más enigmáticas: "Aprende a comprender más no entendiendo que entendiendo”.
El silencio puede decir mucho más que las palabras, y llegar mucho más hondo. Ya lo experimentamos de distintas maneras: cuando la distancia o la muerte nos separan de nuestros seres querido, el silencio nos permite seguir unidos a ellos; cuando un malentendido nos aleja de personas sinceras, el silencio puede convertirse en el espacio donde el encuentro vuelve a ser posible; cuando nos encontramos impotentes ante el sufrimiento ajeno, el silencio suele ser la expresión más auténtica de nuestra compasión; y cuando hemos cometido un error y no encontramos palabras capaces de reparar el daño, es en el silencio donde puede resonar una voz más profunda, recordándonos que, al final, todo estará bien y que toda la creación alcanzará su plenitud.
Nada se parece tanto al lenguaje de Dios como el silencio. Es el lenguaje del cielo, que ya habita en lo más profundo de cada uno de nosotros, llamándonos a una comunión más íntima con Dios, con los demás y con toda la creación, sin dejar de recordarnos que también necesitamos el aprendizaje y el equilibrio que nacen de la vida compartida con los demás.