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Cómo entrar en la Biblia de la mano de san Ignacio de Loyola

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El 31 de julio, la Iglesia celebra la fiesta de san Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús y uno de los grandes maestros espirituales de la historia. Aunque es conocido por muchos motivos —su profunda conversión, la creación de una orden misionera y su enorme influencia en la educación—también enseñó a generaciones de cristianos una forma sencilla y transformadora de leer la Biblia.

Muchas veces nos acercamos a las Escrituras como si fuéramos estudiantes: queremos conocer los hechos, entender el significado de las palabras o descubrir qué enseñanza podemos aplicar a nuestra vida. Todas esas preguntas son valiosas. Pero Ignacio propone una mirada diferente: ¿qué pasaría si yo hubiera estado allí?

En sus famosos Ejercicios espirituales, invita no solo a leer el Evangelio, sino a vivirlo desde dentro. A imaginar la escena. Recorrer los caminos polvorientos de Galilea. Escuchar las olas romper contra la orilla donde Jesús llamó a sus primeros discípulos. Percibir el humo de los fuegos donde se cocinaba. Sentir el calor del sol o la brisa fresca de la tarde.

Después, situarse dentro de la historia.

Caminar junto a los pastores en Belén. Sentarse entre quienes escuchaban el Sermón de la Montaña. Acompañar a Jesús por las calles de Jerusalén. Compartir la mesa con Él cuando partió el pan con sus amigos. Permanecer al pie de la cruz en silencio. Así, el Evangelio deja de ser simplemente un relato del pasado protagonizado por otras personas y se convierte en el lugar donde Cristo sale a nuestro encuentro.

Ignacio comprendió algo esencial de la fe cristiana: Dios no nos salvó enviándonos una idea o una filosofía, sino a su propio Hijo hecho hombre. Jesús recorrió caminos reales, tocó personas concretas, compartió comidas y derramó sangre verdadera. Como la Encarnación ocurrió dentro de la historia, nuestra imaginación puede ayudarnos a entrar más profundamente en ella.

Por supuesto, Ignacio no proponía inventar escenas ni dejarse llevar por la fantasía. Quería que la imaginación estuviera al servicio de la verdad del Evangelio, como un vitral que permite contemplar con mayor profundidad los misterios de la fe. El objetivo siempre era el mismo: conocer más íntimamente a Cristo, amarlo más profundamente y seguirlo con mayor fidelidad.

Después de permanecer un tiempo en una escena del Evangelio, Ignacio propone algo sencillo y profundo: conversar con Jesús. Hablarle como un amigo habla con otro amigo. Compartir con Él los miedos, la gratitud, los errores y las esperanzas. Y luego dedicar unos momentos a guardar silencio y escuchar.

Quizás eso explique por qué la oración ignaciana ha seguido dando tantos frutos durante casi cinco siglos. No se trata simplemente de comprender las Escrituras, sino de encontrarse con el Señor vivo que todavía habla a través de sus páginas.

En esta fiesta de san Ignacio, se puede poner en práctica su método. Abrir uno de los Evangelios, leer despacio un relato conocido, entrar en la escena y permanecer allí un momento.

Tal vez se descubra que no se trata tanto de imaginar la presencia de Cristo, sino de reconocer una Presencia que ha estado esperando encontrarnos desde siempre.

Scott Hahn
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Scott Hahn