Matt Damon como Odiseo en una escena de "The Odyssey". (Melinda Sue Gordon © Universal Studios, vía IMDb)
Al entrar a la sala de cine, me preparaba para llevarme una gran decepción.
“La Odisea" de Homero es una de las obras que más amo y que he enseñado una y otra vez. El Cíclope —el gigante de un solo ojo que devora a los compañeros de Odiseo— estuvo en mis pesadillas desde los cinco años. Todo parecía indicar que “La Odisea", de Christopher Nolan, iba a quedarse muy por debajo de las expectativas, y no quería terminar reprochándole haber maltratado a Homero como lo hizo "Troya" (2004) con la "Ilíada".
Por suerte, me equivoqué.
A todos los amigos que me han preguntado si la película realmente vale la pena (porque, como especialista en estudios clásicos, dan por sentado que debo saberlo), mi respuesta es un rotundo sí.
“La Odisea" es lo suficientemente fiel al poema original como para satisfacer a los admiradores de Homero. Pero, además, plantea una serie de preguntas centrales que hacen que la historia cobre fuerza para el público contemporáneo: ¿Qué hace que una civilización merezca ser preservada? ¿Cómo puede un mundo que se desmorona evitar su destrucción? ¿Qué clase de héroe necesita una sociedad al borde del colapso?
Matt Damon (centro) en una escena de "La Odisea". (Melinda Sue Gordon © Universal Studios, vía IMDb)
La respuesta a esas preguntas es una película con una propuesta artística y temática coherente, capaz de sostenerse por sí misma. Más que una historia de ingenio y aventuras, “La Odisea” se convierte en una advertencia sobre el poder y las consecuencias de la ambición humana.
Nolan se toma el tiempo necesario para construir a sus personajes y explicar sus motivaciones. Los temas e ideas principales reaparecen a lo largo de la película, dejando claro desde el principio cuál es el eje de la historia.
Vale la pena dejar de lado la polémica sobre el vestuario o el reparto. El mundo de Homero siempre ha pertenecido al terreno de la imaginación poética; no existe una forma "correcta" de saber cómo vestían realmente sus héroes. Y Lupita Nyong’o ofrece una interpretación impecable de Helena.
Además, cuando Nolan se aparta del texto de Homero, lo hace sin traicionar la lógica profunda de su adaptación. Circe, por ejemplo, deja de ser la hechicera seductora y peligrosa del poema para convertirse en una mujer marcada por la guerra, que recurre a la magia como instrumento de venganza. Así, la transformación de los compañeros de Odiseo en animales adquiere un sentido simbólico: representa el efecto deshumanizador de la guerra.
La escena del descenso al inframundo resulta notablemente fiel al original. Odiseo viaja a una tierra de tinieblas, en los confines del mundo, donde los espíritus de los muertos salen a su encuentro, tal como lo narra Homero.
El encuentro con Agamenón y el contenido de su diálogo respetan el poema, aunque Nolan les da un significado acorde con la idea central de su película. En la "Odisea", el inframundo representa la prueba definitiva del héroe: para escapar de la muerte y regresar a casa, Odiseo debe adentrarse en ella. En la versión de Nolan, ese descenso se convierte también en una confrontación con los traumas del pasado, donde los soldados caídos en la guerra de Troya exigen al protagonista rendir cuentas por sus decisiones.
"La Odisea" original de Homero narra la historia de un hombre que sobrevive gracias a su inquebrantable amor por el mundo. El poema comienza en Ítaca, donde Odiseo lleva casi veinte años ausente. Su esposa, Penélope, está a punto de contraer matrimonio con uno de los numerosos pretendientes que ocupan el palacio y dilapidan sus bienes, mientras su hijo, Telémaco, aún es demasiado joven para asumir el liderazgo y reclamar el trono.
Anne Hathaway como Penélope y Tom Holland como Telémaco en una escena de "The Odyssey". (Melinda Sue Gordon © Universal Studios, vía IMDb)
La historia se traslada entonces a Ogigia, una isla perdida donde la diosa Calipso mantiene cautivo a Odiseo, enamorada de él hasta el punto de ofrecerle la inmortalidad. Pero el héroe solo desea regresar junto a su esposa, ya envejecida, y a una ciudad asediada por los conflictos.
Para conseguirlo, debe aprender a sufrir, a resistir y a desprenderse de todo lo que creía saber para redescubrir el mundo. En otras palabras, tiene que morir para renacer.
“La Odisea” de Nolan propone una interpretación distinta. Calipso recibe a un Odiseo devastado por los traumas de la guerra y lo trata con loto, una planta de efectos narcóticos que provoca el olvido, un recurso que Homero reserva para otro episodio del poema, hasta que el héroe está preparado para enfrentarse a su pasado y reconocer el mal que él y los demás líderes griegos provocaron.
Esa es, en última instancia, la enseñanza que Odiseo transmite a su hijo, Telémaco, quien lo ve como un modelo de hombría y liderazgo. En la visión de Nolan, la paternidad consiste en asumir la responsabilidad por los propios fracasos. Hay algo más importante que conquistar ciudades o vencer monstruos: reconocer la propia fragilidad y aceptar el daño que uno ha causado.
Nolan conserva casi todas las criaturas mitológicas a las que se enfrenta Odiseo, aunque reduce el componente fantástico y ofrece una visión más sombría del relato. Los monstruos externos pasan a representar los monstruos que cada persona lleva dentro.
Lo que la película apenas explora es la legendaria curiosidad de Odiseo. Desaparecen el asombro ante lo desconocido y la belleza del mundo por descubrir, así como esa sublime búsqueda de la verdad y la belleza que encarna el Odiseo de Dante Alighieri, el gran poeta medieval que inmortalizó la última aventura del héroe en su "Infierno".
Matt Damon como Odiseo y Zendaya como Atenea en una escena de “La Odisea”. (IMDb)
De los dioses de Homero, solo Atenea aparece físicamente en la película, aunque nunca interviene directamente en los acontecimientos. Su papel es, más bien, el de consejera y mensajera que transmite la voluntad de Zeus.
Sin embargo, la ley de Zeus está presente en toda la historia y exige que los seres humanos se traten con justicia y civilidad. Esa idea proviene de Homero, pero Nolan amplía su alcance y la convierte en el principio que sostiene el orden de toda una civilización. Incumplir esa ley significa condenar a la sociedad griega a su destrucción.
Con “La Odisea”, Nolan entrelaza historia y mitología para ofrecer una nueva lectura del poema homérico. El director se inspira en una teoría, hoy en gran medida superada, según la cual tanto la ciudad de Troya como la civilización micénica, celebrada por Homero, colapsaron tras la invasión de los enigmáticos Pueblos del Mar, dando paso a una larga Edad Oscura durante la cual se perdió buena parte de la cultura griega.
A lo largo de la película, los personajes aluden constantemente a la inminente llegada de los Pueblos del Mar y al posible derrumbe de su mundo. Sin revelar demasiado de la trama, Nolan relaciona esa amenaza con los crímenes que los griegos cometieron durante la guerra de Troya.
Su planteamiento me recordó la manera en que la Guerra de Troya aparece representada en la tragedia griega. En el siglo V a. C., cuando Atenas se convirtió en la principal potencia de Grecia y construyó un imperio, los dramaturgos trágicos reinterpretaron la historia de Troya como una advertencia sobre los peligros del poder. Agamenón y sus aliados conquistaron Troya y alcanzaron el dominio del mundo conocido, pero cruzaron un límite que desató la ira de los dioses y precipitó el fin de su civilización y de la llamada Edad de los Héroes. El mensaje estaba dirigido a la propia Atenas.
Según el autor, ese es el paralelismo que Nolan establece con la actualidad. Nuestra civilización ha fracasado y ha perdido sus valores, especialmente la capacidad de actuar con justicia y misericordia, y quizá ya sea demasiado tarde para corregir el rumbo.
En “La Odisea” de Nolan, el mayor de los héroes griegos no regresa a casa para librar otra guerra, sino para enseñar a su hijo —y también al espectador— a reconocer los propios errores y cambiar de rumbo antes de que sea demasiado tarde.