El Costa Concordia, parcialmente volcado, y varios botes salvavidas en la costa. (Rvongher/CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons)
Mientras me recuperaba de un resfriado de verano que me llevó incluso a una guardia médica, apenas tenía fuerzas para recostarme en el sofá y pasar el rato con el control remoto en la mano.
Pero hay un límite para la cantidad de series británicas de misterio y asesinatos que uno puede ver, a menos que sea mi esposa. Necesitaba algo un poco más real. Lo encontré en el nuevo documental de Netflix, “Shipwrecked: Nightmare at Sea”, sobre el crucero Costa Concordia, que en 2012 chocó contra unas rocas frente a las costas de Italia, convirtiendo la tragedia en todos los sentidos en una superproducción de desastre de 150 millones de dólares.
Para los pasajeros y la tripulación del Costa Concordia, no fue ficción, sino una cruda realidad. El documental cuenta la historia a través de las personas que vivieron aquella terrible noche y de quienes también perdieron a seres queridos.
Es fácil imaginar a un guionista de Hollywood escribiendo un guion sobre la tragedia y a uno de esos graduados de 22 años de una escuela de cine, cuyo tío consiguió que lo contrataran para leer guiones en Paramount, resumiendo la trama así: “Es Titanic con La aventura del Poseidón.”
Pero no hubo un final al estilo de Hollywood para los más de 30 pasajeros que perdieron la vida. Algunos quedaron atrapados en la parte del barco que quedó bajo el agua; otros se ahogaron mientras intentaban llegar a la costa, que parecía estar al alcance de la mano, en medio de un mar embravecido.
Los testimonios de los sobrevivientes sobre la tragedia son estremecedores. Entre los protagonistas del documental están una joven familia con una niña de 18 meses, una mujer que aquella noche quedó separada de su madre y un miembro de la tripulación que quedó atrapado bajo los escombros cuando el barco se inclinó hacia estribor. Sus experiencias se complementan con grabaciones de archivo de las comunicaciones de la Guardia Costera italiana entre tierra y el barco, imágenes reales —no recreadas— de la noche de la tragedia y las explicaciones de expertos en navegación, que aportan interesantes elementos de contexto y análisis.
Los testimonios de los sobrevivientes coinciden en algo que parece formar parte de la naturaleza humana y que trasciende razas, culturas y cualquier otra diferencia: nunca creemos que algo catastrófico vaya a sucedernos a nosotros, pero nos sentimos fascinados cuando les ocurre a los demás.
Creo que por eso una tragedia tan terrible como el hundimiento del Titanic ha cautivado la imaginación del público durante tanto tiempo.
Al igual que aquel desastre más famoso de 1912, el Costa Concordia tuvo sus propios héroes y villanos. Hubo enorme valentía y determinación, especialmente por parte de un joven esposo y padre que intentaba poner a salvo a su mujer y a su hija. Para hacerlo, tuvo que llevarlas desde la parte más elevada del barco, donde los botes salvavidas no funcionaban correctamente, hacia el costado peligrosamente inclinado, donde el agua ya comenzaba a desbordar las barandas.
El capitán del barco, por su parte, mostró una cobardía absoluta. Según su propio relato, terminó “cayendo” en un bote salvavidas. En el documental se lo escucha en las grabaciones oficiales de radio de la Guardia Costera italiana afirmar que estaba supervisando el rescate desde tierra, cuando todavía cientos de pasajeros permanecían a bordo del barco que él mismo había abandonado. Su negligencia criminal quedó aún más clara cuando, durante más de una hora, ocultó a la Guardia Costera la verdadera gravedad de la emergencia y se refirió a lo ocurrido simplemente como un “apagón eléctrico”, mientras el agua entraba a raudales por la enorme abertura en el costado del barco.
Cuando terminé de ver el documental, algo me quedó dando vueltas. Había una “estrella” que faltaba en todas esas historias. Si alguno de los sobrevivientes habló de Dios, no fue lo suficiente como para que yo lo recordara. Me cuesta imaginar cómo alguien puede atravesar una experiencia así sin recurrir a Dios o buscar algún tipo de consuelo espiritual. Estoy seguro de que las más de 30 personas que murieron tuvieron esos momentos, pero, lamentablemente, ya no estaban allí para contarlo.
Quizás sea mucho pedir que la banda del Costa Concordia tocara “Más cerca, oh Dios, de ti” mientras el barco se hundía. Pero estoy seguro de que, si yo estuviera a bordo y viera al capitán dirigir el “rescate” desde la seguridad de la costa, estaría pidiendo a gritos ayuda al cielo.
Y eso fue precisamente lo que hicieron los apóstoles durante la tormenta en el mar de Galilea, cuando, viendo que Jesús parecía no preocuparse demasiado, le preguntaron si acaso no le importaba que fueran a morir. San Pablo también convirtió su propia experiencia de un naufragio en una profunda lección de fe.
Después de pensarlo un poco más, comprendí que la ausencia de Dios en los relatos de estos pocos sobrevivientes no necesariamente reflejaba lo que ocurrió con todos los pasajeros. Estoy seguro de que aquella noche fueron muchos los que acudieron a Dios en medio del miedo y la desesperación.
Al final, el mensaje de este documental es el mismo que el del Titanic o el de cualquier otra tragedia provocada por el ser humano. Por más avanzados y tecnológicamente preparados que creamos estar, la adversidad puede golpearnos en cualquier momento.
Los realizadores del documental seguramente no pretendían ofrecer una reflexión espiritual, pero la historia termina haciéndolo por ellos: nuestro día puede llegar cuando menos lo esperamos, como un ladrón en la noche.