“La Virgen y el Niño”, de Dieric Bouts (c. 1415-1475), pintor neerlandés. (Cortesía del Museo de Bellas Artes de San Francisco)
Uno de los temas centrales de la superproducción del verano La Odisea, como señalé en mi reseña para Angelus, es la paternidad en tiempos de crisis.
Desde que asumió como Papa, León XIV ha abordado este tema en diversas ocasiones y se ha preguntado qué papel deben desempeñar las familias frente a los desafíos actuales. Su respuesta ofrece una visión más esperanzadora y constructiva que la que propone, por ejemplo, Christopher Nolan.
En su encíclica Magnifica Humanitas (“Humanidad magnífica”), León recurre al relato bíblico de la reconstrucción de las murallas de Jerusalén para encomendar a las familias la tarea de reconstruir la sociedad. Al mismo tiempo, rechaza una cultura del poder que considera la guerra y la violencia como las únicas respuestas eficaces ante las amenazas crecientes.
En una meditación anterior sobre el Evangelio de la huida a Egipto, el Papa sugiere que las familias son el verdadero antídoto contra la cultura del poder, encarnada por el tirano Herodes:
“En ese mundo despótico y codicioso que encarna el tirano, la familia es el lugar donde nace y se gesta la única respuesta posible de salvación: la de Dios, que se entrega a los hombres de manera totalmente gratuita, sin reservas ni pretensiones”.
“La Virgen y el Niño”, de Rogier van der Weyden (1399-1464), pintor neerlandés. (Cortesía del Huntington Art Museum)
Este tema hace que la exposición “La Sagrada Familia en el hogar”, que se presenta en el Getty Center hasta el 10 de enero de 2027, resulte especialmente oportuna.
Organizada para celebrar la adquisición de La Sagrada Familia, una obra maestra del pintor neerlandés Gerard David, la muestra reúne pinturas y manuscritos iluminados del norte de Europa, realizados entre aproximadamente 1400 y 1530, procedentes del Getty Museum y de colecciones locales.
Las obras seleccionadas permiten apreciar la pintura recién adquirida en el contexto más amplio del arte de finales de la Edad Media y comienzos del Renacimiento, y destacan la renovada importancia que adquirió san José después de la Edad Media.
Hasta el siglo XV, san José ocupaba un lugar secundario en el arte. Rara vez aparecía incluso en escenas fundamentales de la vida de la Sagrada Familia. Cuando se lo representaba, solía aparecer como un anciano protector, más que como esposo de María. Esto se debía a la influencia de los evangelios apócrifos, que destacaban su avanzada edad para explicar su matrimonio casto con María. Así, José quedaba relegado al papel de mero espectador en la historia de la salvación.
La exposición “La Sagrada Familia en el hogar” refleja esta primera etapa de la representación artística del santo a través de varias pinturas y miniaturas.
Por ejemplo, en una miniatura medieval de la Adoración de los Reyes Magos, María aparece acompañada únicamente por mujeres de su séquito.
Otra de las obras destacadas de la muestra es La Sagrada Familia, de Jan Gossaert, en la que José, representado como un anciano, mira desconcertado a la Virgen María.
Las representaciones de la Virgen y el Niño de Rogier van der Weyden y Dieric Bouts son antecedentes importantes de la obra de David. En ellas, María abraza tiernamente a su hijo con una naturalidad que acerca las figuras sagradas al espectador. En la versión de van der Weyden, el niño, movido por la curiosidad, abre el broche de un libro de las Escrituras, un detalle que recuerda que él dará cumplimiento a toda la Escritura. Sin embargo, José sigue ausente en estas pinturas.
A comienzos del siglo XV, la obra del teólogo y místico francés Jean Gerson tuvo un papel decisivo en el cambio de percepción sobre san José e influyó profundamente en las representaciones posteriores de la Sagrada Familia.
Gerson rechazó la imagen que presentaban los evangelios apócrifos y afirmó que el matrimonio de María y José había sido una unión verdadera. Al destacar la vida cotidiana de la Sagrada Familia, presentó a José como modelo de esposo amoroso de María y padre atento de Jesús.
En la exposición del Getty, esta nueva atención al papel de José se refleja en una serie de miniaturas del siglo XV que representan la huida a Egipto. José ya aparece participando en la obra redentora de su hijo, al protegerlo a él y a María.
Como señaló León XIV en diciembre pasado, “Al obedecer la voz del Señor y poner a salvo a su esposa y a su hijo, José revela todo el significado redentor de su gesto. En Egipto, el amor familiar, al que el Señor ha confiado su presencia en el mundo, crece y se fortalece para llevar luz al mundo entero”.
El amor familiar que se vivía en la Sagrada Familia es la presencia de Dios en el mundo, una presencia discreta, más fuerte que los ejércitos y el poder político, pero que pasa inadvertida para los poderosos y los sabios.
Como escribió el gran novelista J. R. R. Tolkien: “Las ruedas del mundo a menudo giran [...] gracias a quienes parecen desconocidos y débiles, por la vida secreta que hay en la creación y por esa parte que solo Uno puede conocer plenamente”.
“La Sagrada Familia”, de Gerard David (1455-1523), pintor neerlandés. (Museo J. Paul Getty)
La pintura de David refleja estos cambios teológicos. La Virgen y el Niño se abrazan con ternura, mientras José sostiene cerca de ellos un cuenco de madera con comida para el pequeño: una sopa de leche y dos manzanas cocidas.
El artista sitúa a la Sagrada Familia en primer plano, creando la impresión de que comparte la misma habitación con quienes contemplan la obra. Los detalles realistas la presentan como una familia de verdad, inmersa en las sencillas tareas y preocupaciones de la vida cotidiana.
La Virgen viste ropas propias de la época del pintor, y los edificios del fondo también corresponden a su tiempo. Estos detalles expresan que la Encarnación sigue haciéndose presente hoy.
Jesús sostiene una manzana, un recordatorio de que no es un niño cualquiera: está destinado a reconciliar a la humanidad con Dios después de la caída de Adán. Es el nuevo Adán, el primogénito de una humanidad nueva.
Al combinar lo cotidiano con lo sobrenatural, la pintura transmite el profundo asombro que suscita la Encarnación: Dios se hizo un niño como cualquier otro y, al hacerlo, dio una dimensión sobrenatural hasta a las tareas más humildes de la crianza.
“En cada hijo, en cada esposo o esposa, Dios nos confía a su Hijo, a su Madre, como hizo con san José”, dijo León XIV en un discurso de septiembre pasado. Lo hace, añadió el Papa, “para que, junto a ellos, seamos fundamento, fermento y testimonio del amor de Dios entre los hombres”.
Las familias participan en la historia de la salvación a través de sus rutinas cotidianas, incluso las más monótonas. Pintores renacentistas como Gerard David plasmaron esta idea en sus obras, y la exposición del Getty ofrece una oportunidad excepcional para apreciar su enfoque innovador.